Valeria y Carla dormían abrazadas en el centro de la cama, sus cuerpos encajando de forma natural bajo las sábanas desordenadas. La habitación estaba sumida en una penumbra tranquila, impregnada de ese aroma inconfundible que deja la cercanía compartida: piel cálida, calma, intimidad. El aire parecía denso, como si aún guardara el eco de la noche.
A través de las cortinas entreabiertas, la primera luz del amanecer comenzaba a filtrarse lentamente, tiñendo el dormitorio de tonos dorados y suaves. La ciudad despertaba poco a poco, pero allí dentro el tiempo parecía suspendido.
Un golpe seco en la puerta rompió el silencio.
Antes de que ninguna pudiera reaccionar, la puerta se abrió lo justo para que Marc asomara la cabeza. Al verlas, se quedó congelado un segundo, incómodo.
—Lo siento, hermanita... no sabía que tenías compañía —dijo, cerrando de inmediato con una mezcla de sorpresa y pudor.
Valeria emitió un gruñido apenas audible, aún atrapado entre el sueño y su habitual mal humor matutino. Se giró instintivamente en la cama, buscando el cuerpo de Carla, su calor, su presencia. Pero su mano solo encontró las sábanas frías.
Frunció el ceño y abrió los ojos con desgana.
Carla estaba de pie frente al espejo, vistiéndose con calma. La luz suave del amanecer delineaba su silueta, envolviéndola en un halo casi irreal. Valeria se quedó observándola unos segundos, en silencio, con esa mezcla de ternura y deseo que ya empezaba a resultarle peligrosa.
Se incorporó despacio y caminó hacia ella, aún somnolienta. Sin decir nada, deslizó los dedos por su espalda desnuda con un gesto lento y familiar, apoyando la frente un instante entre sus omóplatos. Su voz, baja y ronca por el sueño, rompió el silencio cuando se inclinó hacia su oído:
— ¿Te vas ya...?
No había reproche, solo una súplica suave, cargada de intimidad.
—Tengo ganas de ti.
Carla sonrió y dejó caer la prenda que estaba a punto de ponerse. Sin decir una palabra, se tumbó en la cama y dejó que las manos de Valeria exploraran su cuerpo, encendiendo de nuevo la pasión de la noche anterior. Sus bocas se buscaron, se devoraron, hasta que el deseo las consumió por completo. Lo hicieron con urgencia, con hambre, hasta que ninguna pudo más y se rindieron al placer, perdiéndose la una en la otra.
Valeria se fue recuperando poco a poco. Cuando alzó la mirada, sus ojos se encontraron con los de Carla, y en ellos vio reflejado su propio deseo. Sonrió levemente y, sin pensarlo, la besó con ternura, dejando en ese beso todo lo que Carla le había hecho sentir.
Permanecieron abrazadas en la cama, disfrutando del calor mutuo, sin necesidad de palabras.
Valeria tenía la barbilla apoyada en el hombro de Carla, respirando despacio, como si quisiera memorizar ese instante. No quería que se fuera. No todavía. Quería alargar el tiempo, estirarlo entre sus cuerpos entrelazados.
— ¿Qué tienes que hacer hoy? —preguntó al fin, con un tono aparentemente casual, aunque en el fondo escondía una súplica.
Carla giró un poco la cabeza para mirarla.
—Tengo que ir a casa a cambiarme. Entro de tarde en el restaurante —respondió con suavidad.
Valeria frunció los labios, pensativa, y tras unos segundos añadió:
—Puedes quedarte a comer con mi familia.
Carla dudó un instante. La idea la intimidaba un poco: conocer a los padres de Valeria, sentarse a su mesa, formar parte aunque fuera por unas horas de su vida cotidiana. Pero al ver la expresión de Valeria, esa mezcla de ilusión y nervios, sonrió y asintió.
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A través de nuestra mirada.
FanfictionDetrás de cada mirada, cada silencio y cada decisión existe una historia que merece ser sentida. Dos mujeres. Dos mundos distintos. Un encuentro capaz de cambiar la forma en que ambas entendían su propia vida. A través de nuestra mirada es una histo...
