Hoy es jueves. El fin de semana asoma todavía lejos, pero lo bastante cerca como para que Valeria sienta esa inquietud punzante en el estómago.
Sentada frente al escritorio, relee por tercera vez la entrada que acaba de redactar. —No está mal —murmura.
Desliza el cursor sobre una frase, cambia dos palabras y vuelve a leerla en voz alta. Una conocida marca de bebidas les ha propuesto un reto por su aniversario: escoger una década —los cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta o noventa— y reinterpretarla desde un ángulo personal. Valeria no dudó un segundo. Los cincuenta. Vestidos de vuelo ciñendo la cintura, labios rojos, delineados afilados, ondas perfectas... Hay algo en esa estética que siempre la ha fascinado: una elegancia sofisticada que jamás debería haber desaparecido.
Se aparta un mechón de pelo y observa una de las fotografías. —Esta.
La arrastra al borrador. Hoy no hay vestidos de vuelo ni labios rojos. Lleva el pelo suelto, una camiseta sencilla y vaqueros. Cómoda. Vulnerable. Sin su armadura habitual.
Está a punto de pulsar «Publicar» cuando el móvil vibra sobre la madera. La pantalla ilumina la penumbra con un nombre: Carla.
A Valeria se le acelera el pulso. Una sonrisa involuntaria y traicionera le arruga los labios. —Joder... —susurra.
Deja pasar dos segundos. Tres. Siente la tentación de responder al instante, pero aguanta, como si contestar demasiado rápido pudiera delatar todo lo que lleva tiempo callando. Finalmente desliza el dedo.
—Hola.
—Hola —responde Carla
—. ¿Te pillo ocupada? Valeria contempla el botón de «Publicar», suspendido en la pantalla.
—Depende.
—Eso suena peligroso.
—Terminaba una cosa del blog.
—Te pillo ocupada, entonces.
—He dicho que depende. No que molestes.
Un silencio espeso se filtra por la línea. A Valeria se le corta un segundo la respiración hasta que escucha la voz de Carla al otro lado.
— ¿Qué tal el día?
—Largo. ¿El tuyo?
—También. He tenido uno de esos clientes que cambian de opinión diecisiete veces y luego te preguntan por qué tardas. Carla suelta una risa contenida.
—Maravilloso.
—Lo mejor es cuando dicen: «Confío totalmente en ti» y cinco minutos después quieren rehacerlo todo.
—Me suena.
Hablan de trabajo, de horarios imposibles y anécdotas cotidianas. Pero el tono entre ellas no es meramente trivial: hay una corriente subterránea en cada pausa, en cada tono de voz. Valeria pierde la noción del tiempo. Cuando mira hacia la ventana, la luz del atardecer ha desaparecido. Enciende la lámpara del escritorio y se acomoda en la silla, aferrando el teléfono con más fuerza de la necesaria.
La conversación deriva hacia viajes y refugios. —Yo soy de un pueblo de Girona —dice Carla. — ¿De Girona capital?
—No. Cerca de la Costa Brava.
Valeria se incorpora. —Espera... ¿Costa Brava?
— ¿Lo conoces?
—Me suena, pero no he estado.
—Es pequeño. Casas de piedra, calles estrechas...
—Carla se detiene. El aire al otro lado de la línea parece cambiar
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A través de nuestra mirada.
Fiksi PenggemarDetrás de cada mirada, cada silencio y cada decisión existe una historia que merece ser sentida. Dos mujeres. Dos mundos distintos. Un encuentro capaz de cambiar la forma en que ambas entendían su propia vida. A través de nuestra mirada es una histo...
