5- Despertar.

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El domingo avanzó despacio. Tras una semana intensa, Valeria agradecía quedarse en casa. Se había propuesto aprovechar la mañana para adelantar trabajo de su canal de YouTube.

Su habitación era luminosa y ordenada sin resultar perfecta. La luz entraba tamizada por unas cortinas claras y caía sobre el escritorio, donde convivían el portátil, una cámara, varios objetivos y un par de libretas abiertas. En la estantería se mezclaban libros de moda y fotografía con recuerdos de viajes y algunas fotos enmarcadas. Era su espacio, el lugar donde normalmente conseguía desconectar de todo.

Valeria vestía una sudadera amplia, leggings y llevaba el pelo en un moño improvisado del que escapaban algunos mechones. Sin maquillaje y con el rostro relajado, poco quedaba de la imagen cuidada que acostumbraba a mostrar ante las cámaras, y esa sencillez le gustaba. Era el plan perfecto... o debería haberlo sido.

Arrastró un clip a la línea de tiempo. Falló.

—Joder...

Retrocedió, volvió a intentarlo y cometió otro error. Dejó caer la espalda contra la silla.

—Concéntrate.

Miró la pantalla, pero no sirvió de nada: por primera vez en mucho tiempo, editar no conseguía aislarla del resto del mundo. Cogió el teléfono y abrió WhatsApp. El chat de Carla seguía ahí: su última conversación, la llamada previa, su sonrisa. Sobre todo, su sonrisa.

Valeria dejó el pulgar suspendido sobre la pantalla y entonces lo entendió. No era el beso, ni el alcohol, ni siquiera la novedad. Era Carla, y eso era lo verdaderamente inquietante. No le daba miedo haber besado a una chica; le aterraba que Carla hubiera conseguido, en apenas unos días, colarse en un lugar donde casi nunca permitía entrar a nadie: entre el trabajo, las obligaciones y esa versión de sí misma que siempre parecía tenerlo todo bajo control.

Cerró el portátil, se llevó una mano al pecho y soltó el aire lentamente. Sintió miedo y vértigo, pero también una calma inexplicable.

« ¿Qué me estás haciendo?», pensó al contemplar el nombre de Carla en la pantalla.

Más tarde entró en la cocina, recibida por el aroma del guiso antes que por su madre. Anna estaba de espaldas frente a los fogones, removiendo una cazuela con una cuchara de madera. La luz del mediodía llenaba la estancia de una claridad cálida que se reflejaba sobre los azulejos claros. Era, simplemente, el hogar.

Anna llevaba el cabello suelto y ropa cómoda. Tenía esa serenidad natural que Valeria conocía desde niña y una capacidad casi irritante para intuir que algo le ocurría antes de que abriera la boca.

—Buenos días, hija.

—Buenos días.

Anna probó el guiso.

— ¿Qué tal tu amiga?

—Bien —respondió Valeria mientras abría la nevera.

— ¿Se queda a comer?

—Se fue esta mañana.

—Ah.

Valeria cogió una botella de agua. Conocía perfectamente aquel tono.

— ¿Qué?

—Nada —dijo Anna sin dejar de remover.

—Mamá.

—He dicho «ah».

—Ya sé cómo son tus «ah».

Anna dejó la cuchara sobre la encimera y se giró con una leve sonrisa.

—Está bien. Valeria... ¿te gusta Carla?

Valeria bebió agua despacio, demasiado despacio.

— ¿Valeria?

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora