Han pasado ya unos días desde el último mensaje que Carla recibió de Valeria. Días largos, espesos. Aunque el enfado sigue ahí, mezclado con unos celos que no sabe muy bien cómo gestionar, Carla se mueve en ese estado extraño en el que todo molesta. Está irritable, cansada, enfadada con el mundo entero sin una razón concreta... o quizá con demasiadas.
Sigue con su rutina como puede: trabajo, casa, silencios. Se refugia en gestos automáticos, en no pensar demasiado. Pero, como siempre, acaba cayendo en la tentación de abrir Instagram.
Y entonces lo ve.
Una foto nueva de Valeria. Con Ángel.
El corazón le da un vuelco violento. La imagen se le clava como una espina. Sonríen. Están cerca. No importa si es profesional, si es trabajo, si racionalmente sabe que no hay nada más: los celos le muerden por dentro sin pedir permiso. El estómago se le encoge y una oleada de rabia y tristeza la atraviesa de golpe.
—Genial... —murmura para sí, dejando el móvil sobre la mesa como si quemara.
Es diciembre. Las luces de Navidad ya decoran las calles de Barcelona, los escaparates brillan y la gente camina cargada de bolsas y planes. Valeria siempre ha amado estas fechas: estar con los suyos, con su familia, con sus amigos.
Mientras tanto, Valeria sigue en Japón.
Los días allí son intensos, casi vertiginosos. Eventos, sesiones de fotos, compromisos que se encadenan sin apenas dejar espacio para respirar. Todo lo que implica ser creadora de contenido en una agenda internacional: sonrisas, prisas, focos, perfección constante.
Pero incluso en medio de ese ritmo agotador, Valeria piensa en Carla. Siempre.
Sabe que siguen distanciadas, que el silencio pesa, que Carla necesita tiempo. Ella no está enfadada; al contrario, la espera con paciencia, con la certeza de que lo que sienten merece ser cuidado. No quiere presionar, pero tampoco desaparecer.
Así que, una noche, cuando por fin se queda sola en la habitación del hotel, con la ciudad iluminada al otro lado de la ventana, coge el móvil. Se sienta en la cama, respira hondo y decide escribirle. Porque, incluso en la distancia y en el desacuerdo, Valeria nunca deja de elegirla.
«Mi bebé, te echo de menos. Te mando una cosita para que reflexiones un poco:
"La vida no se mide por el número de respiraciones que tenemos, sino por los sitios y momentos que nos quitan la respiración."
Y te puedo asegurar que, desde que te conozco y somos pareja, he tenido más de uno de esos momentos contigo. Sigamos sumando momentos».
El móvil de Carla vuelve a sonar en Barcelona. No necesita mirar la pantalla para saber quién es. Lo deja boca abajo sobre la mesa y sigue a lo suyo, aunque por dentro esté todo menos tranquila. El cabreo sigue ahí, espeso, mezclado con celos y cansancio. De esos enfados que no se pasan rápido.
Respira hondo. Sabe que así no va a ninguna parte. Decide hacer algo distinto y marca el número de su mejor amiga.
— ¿Sara? —pregunta Carla nada más escuchar la señal.
—Dime... —responde al otro lado—. Estoy en la cocina.
—Tía... necesito tu ayuda.
— ¿Para cocinar? —se ríe—. No me jodas, si eres una crack.
—No. Es lo de Valeria. Estoy muy enfadada. Muy celosa. Acaba de subir una foto con su ex a Instagram y estoy que echo humo por las orejas.
Hay un pequeño silencio antes de que Sara responda. No de esos incómodos, sino de los que indican que va a hablar en serio.
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A través de nuestra mirada.
Fan-FictionDetrás de cada mirada, cada silencio y cada decisión existe una historia que merece ser sentida. Dos mujeres. Dos mundos distintos. Un encuentro capaz de cambiar la forma en que ambas entendían su propia vida. A través de nuestra mirada es una histo...
