3 - Primer beso

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Valeria está tumbada en su cama, hundida entre las suaves sábanas que aún conservan el olor limpio de casa. La habitación permanece en penumbra; solo la luz cálida de la lámpara sobre la mesita de noche rompe la oscuridad, dejando sombras suaves deslizándose por las paredes blancas.

Frente a ella, el cabecero metálico de la cama dibuja curvas finas sobre la pared. Las sábanas están revueltas alrededor de sus piernas y uno de los cojines ha quedado medio vencido a un lado, como si se hubiera dejado caer sobre el colchón sin pensar. A la izquierda, varias baldas blancas recorren la pared llenas de zapatos colocados en fila: botines negros, tacones, botas altas. Algunos perfectamente alineados; otros ligeramente girados, como abandonados con prisa al volver.

Al otro lado del cuarto, la estantería blanca guarda pequeños fragmentos de su vida: revistas de moda abiertas por páginas distintas, fotografías enmarcadas, libros apilados, flores secándose lentamente en un pequeño jarrón y ropa doblada a medias. Sobre la silla, junto a la cama, descansa la chaqueta que llevaba esa noche, lanzada sin cuidado al llegar.

Todo está en silencio. Solo se escucha el leve zumbido de la lámpara y su respiración rompiendo la quietud.

El cansancio la invade de pies a cabeza. El cuerpo le pesa después de un día interminable entre vuelos, sesiones de fotos, prisas y el evento. Debería estar dormida desde hace rato. Pero no puede. Tiene los ojos cerrados, aunque sigue despierta.

Su mente se niega a apagarse.

Se mueve inquieta, da vueltas en la cama, cambia de postura una y otra vez. Mira al techo, contando grietas invisibles, intentando ordenar pensamientos que no quieren obedecer. Hay algo que no la deja conciliar el sueño.

Una imagen se repite, insistente, como una escena que se niega a desaparecer: la sonrisa de Carla. Apenas fue un gesto fugaz, casi irónico, con ese punto desafiante que parecía decir: *«no te acerques demasiado»*. Y, aun así, la dejó completamente enganchada.

— ¿Qué me está pasando? —murmura en voz baja, rompiendo el silencio.

Nunca nadie le había provocado tanta curiosidad en tan poco tiempo. Y mucho menos una mujer. Esa certeza la descoloca todavía más.

Cierra los ojos con fuerza, intentando pensar en otra cosa. En el trabajo. En los viajes. En cualquier cosa que no sea Carla. Pero su rostro vuelve una y otra vez, como si se hubiera instalado cómodamente en algún rincón de su cabeza.

Suspira, derrotada.

—Tengo muchas ganas de verla otra vez... —admite para sí misma, casi avergonzada.

Entonces llega la realidad, fría y clara. No sabe nada de ella. Ni su número de teléfono. Ni si volverán a coincidir. Solo sabe que algo se ha movido dentro de ella. Algo nuevo, inesperado y ligeramente inquietante.

Valeria se gira de lado, abrazando la almohada, mientras la luz de la lámpara sigue dibujando sombras en la habitación. Esa noche, aunque el cuerpo descansa, su corazón permanece despierto.

***

Carla se despierta en su cama, envuelta en las sábanas revueltas, con el cuerpo todavía pesado y la mente a medio camino entre el sueño y la vigilia. La luz del mediodía se cuela por la ventana, filtrada por las cortinas mal corridas, dibujando franjas claras sobre la pared. Parpadea un par de veces, convencida de que aún es temprano. Tal vez las diez, como mucho las once.

Coge el móvil de la mesilla y frunce el ceño. Las dos de la tarde.

—Joder... —murmura.

Se queda unos segundos mirando la pantalla, desubicada, como si hubiera perdido por completo la noción del tiempo. Normalmente, Sara ya la habría llamado para comer, como hace siempre. Pero el piso está en silencio. No se oye ni el ruido de la cocina, ni voces, ni música.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora