14 Cumpleaños II

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Valeria iba de camino al hotel, sentada en la parte trasera del taxi, observando cómo las luces de la ciudad se deslizaban por la ventanilla como destellos borrosos. Barcelona seguía despierta: semáforos en ámbar, gente caminando deprisa, risas que se colaban desde alguna terraza abierta. Pero ella estaba en otro lugar, con el corazón acelerado y la cabeza llena de preguntas.

Sostenía la tarjeta del Hotel entre los dedos, dándole vueltas distraídamente, todavía intentando asimilar que su madre estuviera implicada en todo aquello. Fue entonces cuando notó algo más: un pequeño rectángulo de papel, doblado con cuidado, asomaba por detrás de la tarjeta.

Frunció ligeramente el ceño.

— ¿Y esto...? —murmuró para sí.

Con curiosidad, desplegó la nota y leyó despacio:

"Esto fue idea de tu madre, pero lo que va a pasar no. Vete al hotel y acuérdate de cómo se llamaba el evento. Díselo a la recepcionista: ella te dará cuatro llaves de distintas habitaciones y un papel. Solo léelo y piensa bien."

Al llegar al hotel, Valeria se acercó a la recepción.

—Hola, buenas noches. ¿Qué desea? —preguntó la recepcionista.

—Jäger —respondió Valeria.

La recepcionista le sonrió y le entregó cuatro llaves con los números 60, 10, 15 y 72, junto a una pequeña nota:

"Muy bien, vas progresando. Ahora tienes que ir a la floristería del hotel y decir: «Rosas para mí». Esas rosas traerán una nota. Léela. Un beso."

Fue a la floristería y pronunció la frase. Le entregaron un ramo de seis rosas con un pequeño sobre que indicaba que el primer número de la habitación correspondía a la cantidad de besos que se dieron el primer día. Descartó de inmediato las llaves 10 y 15, pues recordaba haber dado más. Tras dudar unos segundos, miró el ramo: eran exactamente seis rosas. La habitación era la 60.

Dejó las demás llaves en recepción y subió en el ascensor hacia la planta indicada. Al abrir la puerta de la suite, se quedó inmóvil.

El silencio, la luz suave, el aroma delicado... todo parecía pensado al milímetro. Frente a ella, una amplia cama de matrimonio ocupaba el centro de la estancia, vestida con sábanas blancas impolutas y pétalos de rosas esparcidos. Avanzó despacio y se asomó al baño, donde la esperaba un jacuzzi amplio rodeado de velas. Siguió hasta la terraza, donde el sonido del mar y la vista de la playa iluminada por la luna la envolvieron por completo.

—Esto es... increíble —susurró.

De pronto, sintió unas manos cubrirle los ojos.

—No mires —dijo una voz conocida, suave y juguetona.

Valeria sonrió de inmediato. Al girarse, se encontró con Carla, quien la miraba con esa mezcla de nervios y ternura que siempre lograba desarmarla. Valeria no dijo nada: simplemente la besó con gratitud.

— ¿Te ha gustado? —preguntó Carla en voz baja.

—Me ha encantado —respondió sin dudar.

Entraron de nuevo a la habitación. Valeria le tomó la mano a Carla, la guio con suavidad hacia el espacio del baño y, apoyándola contra la pared, la besó con decisión y deseo contenido.

—No sabes las ganas que tenía de besarte —confesó Valeria, aún agitada.

—Te aseguro que no más que yo —respondió Carla.

El ambiente se volvió más intenso, pero Carla se detuvo despacio y se sentó en el borde del jacuzzi, respirando hondo.

—Valeria... necesito decirte algo antes.

Valeria frunció el ceño, inquieta.

—No me asustes, por favor. Dime.

Carla levantó la mirada; sus ojos brillaban.

—Siento algo por ti que nunca me había pasado. No se parece a lo que sentí en otras relaciones. Contigo no todo es euforia; es una especie de sacudida constante que me descoloca. Creo que me estoy enamorando, y eso me da miedo. No encaja con la idea que tenía del amor ni con los esquemas que llevaba años construyendo. Necesito saber si estás aquí de verdad. No desde la ilusión, sino desde la elección.

Valeria la escuchó en silencio, impactada por su honestidad. Se acercó despacio, le levantó el rostro y la besó con serenidad.

—Lo que estás diciendo... es exactamente lo que me pasa a mí —dijo Valeria—. No siento seguridad, siento movimiento. No siento certezas, siento ganas de quedarme. Y eso también me asusta.

Carla la miró, sorprendida. Sacó una pequeña caja sin teatralidad y la sostuvo entre sus manos:

—Entonces... no te pido promesas ni finales felices. Solo quiero saber si quieres elegir esto conmigo. Sin garantías. ¿Quieres ser mi persona elegida?

—Sí —respondió Valeria.

Carla abrió la caja. Dentro había dos anillos sencillos de oro blanco con una inscripción grabada: "Always and forever".

Hicieron el amor de una forma nueva para ambas: sin prisas, sin expectativas, permitiéndose sentir en libertad. Al terminar, permanecieron desnudas sobre la cama, acariciándose distraídamente mientras sus respiraciones se acompasaban en el silencio de la noche.

A la mañana siguiente, Carla se deslizó fuera de la cama para no despertar a Valeria. Se envolvió en una sábana improvisada y salió a la terraza. Encendió un cigarrillo mientras observaba el amanecer sobre el mar de Barcelona, sintiéndose en paz.

Sintió unos brazos rodearla por detrás.

— ¿Te han dicho alguna vez lo preciosa que eres? —susurró Valeria, con la voz aún cargada de sueño.

Valeria miró el anillo en su mano, tocándolo con un gesto inconsciente. Carla se giró despacio y le tendió un sobre que tenía preparado.

—Quiero que lo leas cuando quieras —dijo.

Valeria abrió la carta. El texto decía:

"¿Cómo sabes que es amor? ¿Qué nos está pasando?

Cuando amas, el corazón te lo dice. Puedes ver a esa persona diez veces al día y, cada vez, el corazón late con la misma intensidad que la primera. El amor es una construcción continua basada en cimientos firmes: respeto, cariño y confianza mutua."

A Valeria se le humedecieron los ojos de felicidad. Besó a Carla con dulzura:

—Qué guapa eres...

—No soy para tanto —sonrió Carla.

—Sí lo eres. La belleza está en los ojos de quien te mira y te besa.

Carla miró el reloj y comentó entre risas:

—Nos tendremos que ir ya...

—Solo si queremos. Me encanta estar aquí —dijo Valeria abrazándola—. Ven, vamos a hacernos una foto.

 Ven, vamos a hacernos una foto

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