21- Preparativos

387 8 3
                                        

Valeria sigue mirando la pared en silencio unos segundos más. No sonríe de inmediato. Está sorprendida de verdad. Luego se gira hacia Carla.

—Me has dejado descolocada... —admite—. ¿La pared del amor? ¿Todo esto son frases nuestras, cosas que nos decimos?

Carla se apoya en el marco de la puerta. No está especialmente orgullosa ni avergonzada, simplemente honesta.

—Sí. La llamé así porque no sabía cómo llamarla de otra manera. —Suspira—. Estaba hecha un lío. Tenía celos de tu ex, miedos, inseguridades... necesitaba gestionar todo eso sin explotar ni pagarlo contigo.

Se acerca un poco más a la pared.

—Cuando lo escribía, luego lo releía. Miraba hacia atrás. Recordaba momentos concretos contigo. Y me di cuenta de algo: para saber a dónde quiero ir contigo, tengo que tener claro lo que ya hemos vivido. Y también lo que me gustaría seguir viviendo. —La mira—. Al final, una relación es eso: sumar. Si empieza a restar, algo falla.

Valeria no responde al momento. La observa con atención, como si estuviera recolocando una imagen interna de Carla.

—Eso no te lo ha dictado nadie —dice al fin—. Eso lo has pensado tú sola. —Sonríe—. Y, sinceramente, me gustas más así. Con dudas, pero haciéndote cargo de ellas.

La abraza. No es un abrazo perfecto ni de película. Es fuerte, largo, necesario. Valeria no puede evitar que se le humedezcan los ojos. No es solo felicidad; es alivio, cansancio acumulado, emoción contenida.

No hablan mucho más esa noche.

Se besan, se buscan, se reconcilian a su manera. No hace falta describirlo: es más una necesidad de cercanía que una explosión romántica. Acaban durmiéndose rendidas, agotadas, con la sensación de haber soltado algo pesado.

Al día siguiente amanece despejado. El sol entra sin pedir permiso por la ventana de la habitación de Carla, iluminando el desorden habitual: ropa en una silla, una taza olvidada, la pared llena de frases.

Carla se despierta primero. Está desnuda y, al girarse, ve a Valeria a su lado. Duerme profundamente, hecha un ovillo, chupándose el dedo como si fuera una costumbre inconsciente. Carla sonríe sin hacer ruido. Le gusta verla así, sin personajes, sin trabajo, sin mundo.

Sabe que Valeria tiene muy mal despertar. Mejor no tentar a la suerte.

Se lLeticianta despacio, se pone una camiseta vieja y sale de la habitación. En la cocina empieza a preparar el desayuno con calma. El ruido suave de la cafetera, el pan tostándose, la luz entrando poco a poco.

No piensa en promesas ni en finales felices.

Piensa que, por ahora, están ahí.
Y eso, siendo realistas, ya es bastante.

Sara se lLeticianta y se dirige a la cocina todavía medio dormida. Se apoya en el marco de la puerta y ve a Carla moviéndose con cuidado entre la cafetera y la tostadora. Le basta una mirada para entenderlo todo.

—Carla... —dice, entre divertida y directa—. Tienes una cara... ¿has tenido noche loca o qué?

Carla resopla, sin mirarla.

—No exactamente. No he bajado de las nubes.

—No hace falta que me lo cuentes —responde Sara—. Se te nota desde la entrada. ¿Arreglasteis las cosas?

—En parte, sí —contesta Carla—. No está todo perfecto, pero... estamos mejor. Voy a acabar el desayuno.

La mañana sigue su curso con calma. Carla va con cuidado, midiendo gestos y tiempos. Sabe que Valeria tiene mal despertar, así que entra en la habitación despacio, la va despertando con besos y pequeñas carantoñas, sin brusquedad. Valeria gruñe un poco al principio, molesta por la luz y el ruido, pero cuando abre los ojos y ve la bandeja del desayuno, se le afloja el gesto.

A través de nuestra mirada.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora