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Marga agrega el piloncillo a la olla mientras Diego revuelve despacio. Toda la cocina huele a canela, azúcar y café.

—Vaya, todavía recuerdas las cantidades exactas—dice Diego con una sonrisa, viéndola trocear la canela antes de agregarla al café.

—Esta receta siguió siendo parte de mi vida mucho tiempo después de que me fui de Rosaviva. Solía prepararlo todas las mañanas, a Miguel le gustaba mucho.

Diego aprieta los labios. Marga nota su incomodidad y decide cambiar de tema rápidamente:

—Me he adaptado más rápido de lo que creí. Ya conocí a algunas empleadas mientras estuve en la caja registradora.

—Sonia y Cande se morían por conocerte. Les hablé mucho de ti.

—Son muy lindas, me recuerdan a Elvira y Abril cuando las tres trabajamos aquí—Marga tapa la olla—. No pude evitar sentirme vieja a su lado, ellas apenas y tienen dieciocho años.

Diego ríe.

—Oh, vamos, estás en tu mejor momento. Aún faltan muchos años para que seas vieja.

La mujer esboza una leve sonrisa.

—A veces olvido eso.

El par de amigos abandona la cocina y se dispone a acomodar varias piezas de pan en los mostradores. Marga quisiera contarle lo que sucedió esta mañana durante el paseo y también que notó muy rara a Isidra cuando fue al club de lectura. Ella padecía los mismos síntomas que Abril pocos días antes de su muerte. No podía ser casualidad: todo fue obra del cambiaformas. YMarga está segura de que es la siguiente.

Eres el único que me creería, piensa Marga. ¿Por qué no puedo decírtelo? ¿Por qué me duele el pecho al solo pensarlo?

—Eh...Diego...

El hombre deja una charola vacía junto a la caja registradora y voltea a verla.

—¿Sí?

Creo que voy a morir pronto. No quiero morir. Ayúdame.

—¿Puedo...puedo ayudarte con las entregas de mañana?

—De hecho te iba a pedir que me ayudaras con las de hoy. Salgo a repartir en un rato.

—Me refería a empacar los pedidos.

Diego se ruboriza hasta la raíz de los cabellos.

—Oh. Claro, perdón, te malinterpreté. No tienes que acompañarme si no lo deseas.

—Puedo hacerlo con mucho gusto si la carga es muy pesada.

—No lo es, pero quisiera tener algo de compañía para variar.

Marga acepta, enternecida. A los pocos minutos Sonia y Cande salen de la trastienda con varias cajitas de galletas y amagos de sonrisas en el rostro. En cuanto Diego se va a preparar la camioneta, se acercan a Marga para llenarla de preguntas:

—¿Estás saliendo con él? ¿Desde cuando?

—¿Se enviaban cartas cuando estabas fuera?

Marga niega con la cabeza.

—Solo somos buenos amigos.

—Quizá eso pienses tú, pero está claro que él no te mira como una simple amiga.

Suenan igual que mi madre, piensa la mujer, divertida y fastidiada a partes iguales.

Durante las siguientes dos horas Marga y Diego recorren la ciudad entregando los más de cincuenta pedidos del día. Marga mira a su amigo de vez en cuando, tratando de reunir valor para poder decirle que el cambiaformas está cerca, pero fracasa en cada intento. Hay una parte de ella que quiere verlo más de cerca, aunque sabe que le costará la vida. Eso la sorprende, pues nunca ha sido alguien temerario. ¿Por qué no hace algo antes de que sea demasiado tarde? Quizá ese demonio la hechizó desde la primera vez que la miró a los ojos.

FelidaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora