Parte senza titolo 17

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Cuando Irene supo, meses atrás, que sus padres la enviaban a estudiar a un internado británico, enseguida imaginó un lugar frío y lluvioso, con grandes nevadas en invierno. Había metido en su maleta un anorak de esquí y unas gruesas botas impermeables forradas. Los había utilizado alguna vez, sobre todo durante las primeras semanas, pero lo cierto era que los inviernos de Cornualles no eran tan fríos como se temía, y rara vez nevaba. Llovía bastante, eso sí, y muchos días amanecían brumosos, pero el frío era soportable, incluso para una chica mediterránea como ella. Por esta razón le pareció curioso que el cartel de la Winter Break, la esperada fiesta de entrada del invierno en Saint Roberts, tuviera como motivo la nieve. Su lema era poco imaginativo: «¡Entra en calor!». Los alumnos del último curso encargados de la organización no se habían exprimido precisamente las meninges, pensó. Los pósteres colgaban por todas partes desde hacía una semana para presentar a la mascota de la fiesta: un enorme muñeco de nieve que habían bautizado como Snowy y que iba a presidir el baile desde lo alto del escenario. En su honor, todos los asistentes debían acudir vestidos con alguna prenda de color blanco, requisito imprescindible para que el comité de festejos los dejara entrar. La Winter Break se celebraba en el gimnasio de la escuela, convertido por unas horas en discoteca móvil. Martha le había explicado que la fiesta tenía pocos años de solera. Había empezado como la reunión clandestina de un puñado de alumnos mayores que se reunían para beber y bailar en el aparcamiento de los profesores. Al enterarse la dirección del colegio, habían decidido que, ya que las ganas de diversión de los chicos no aflojarían, al menos iban a canalizarlas para tenerlos algo más controlados. Desde entonces se permitía que los cursos más elevados se encargaran de organizar todos los detalles. Por una vez, los profesores hacían la vista gorda y desaparecían rápido de la fiesta para que los chicos se divirtieran a sus anchas. Los organizadores tenían la misión de velar por el orden y la seguridad de la fiesta. En todos los años que llevaba celebrándose, nunca se había producido ningún incidente importante, exceptuando algún que otro baño nocturno en el estanque de las carpas mutantes. Irene pasó toda la tarde encerrada en su habitación con Martha, que estaba excitadísima; se había probado al menos cinco conjuntos diferentes, pero era incapaz de decidirse por uno. Ella le había aconsejado uno al azar, compuesto por una falda corta, negra, y una camiseta ajustada con la leyenda Let The Hamsters Free. Llevaba el dibujo de una jaula con la rueda de plástico que normalmente sirve de gimnasio a esos animales. Por su parte, Irene se puso el conjunto que había comprado en Blessthatdress especialmente para aquel día: pantalones negros ajustados con un ligero toque ochentero y un top de seda, negro también, con transparencias en las mangas. El corte de las dos prendas era especial, como todo lo que había comprado en la tienda vintage, y parecía hecho a su medida. Dibujó una dramática raya negra sobre sus espesas pestañas y, por una vez, se pintó lo labios de un rojo electrizante.Su aspecto era sensual y cómodo a la vez, perfecto para una noche de marcha, aunque ella dudaba que aguantara más de un par de horas en la fiesta. Por la información que le había llegado hasta el momento, la Winter Break tenía pinta de ser el típico baile con cerveza barata y música cutre enlatada. Cuando entró en el gimnasio, que estaba a oscuras excepto por la luz que proyectaban unos potentes focos colgados del techo, se dio cuenta de que no había acertado con sus suposiciones. La Winter Break no tenía nada de típico. La gente vestía, como ya le había advertido Martha, con sus mejores galas. Le costó reconocer a alguno de sus compañeros porque no estaba acostumbrada a verlos con su ropa «de guerra». Había muchas faldas cortas, muchos tejanos ajustados, muchos tops sin mangas, gomina a montones y tacones, muchos tacones. En el ambiente flotaba un aroma letal, mezcla de los fuertes perfumes que se habían puesto algunas chicas y del pastel de zanahoria con canela con el que la cocina, siguiendo una tradición de la que nadie recordaba el origen, había obsequiado a los asistentes. Lo primero que llamó su atención fue que, a diferencia de las pocas discotecas de Barcelona que había pisado, donde todos los chicos vestían igual —vaqueros y camisas lisas ellos, vaqueros y tops provocativos ellas—, los ingleses tenían looks de lo más variopinto. Había algunos chicos con el clásico pantalón vaquero, pero llevaban americanas combinadas con camisetas de lemas divertidos. Otros habían optado por pantalones anchos arremangados y sombreros de fieltro, camisetas con la bandera jamaicana, camisas de cuadros, cadenas, pulseras metálicas… Algunas chicas llevaban falda, casi todas corta; otras muchas se habían puesto jeans, y unas pocas, vestidos. Todas, sin excepción, habían sacado del armario lo más provocativo que tenían y se pavoneaban por la pista con una cerveza en la mano, moviendo las caderas al ritmo de una música bastante aceptable. Pese a lo que prometía el cartel, los alumnos mayores se habían esmerado con la ambientación del gimnasio, que estaba irreconocible. Había luces de colores, un potente equipo de sonido, un alumno mayor pinchando con pose de DJ profesional y un generoso surtido de bebida y snacks. Del techo colgaban unas vistosas bolas de nieve cubiertas de purpurina que lanzaban destellos hipnóticos al ser heridas por los focos. En el centro de la pista, elevado sobre una especie de tarima, habían puesto a Snowy, el simpático muñeco de nieve que guiñaba un ojo y levantaba el pulgar, deseando a los alumnos un frío y divertido invierno. Irene se alegró de haberse esmerado con el maquillaje y la ropa para no desentonar. La música era pegadiza y los pies se le iban solos siguiendo el ritmo. Se había sentado a observar el ambiente en una de las sillas de tijera que rodeaban la pista, pero en seguida llegó Martha con dos cervezas en la mano y cara de pocos amigos. —¡Tendrá morro! ¿Pues no se ha presentado en la fiesta con otra pava? —¿A quién te refieres? —A quién va a ser, ¡a Josh! Míralo, ¡ahí va! Con su nuevo bomboncito cogido de la mano. ¡Es increíble! El becario de la biblioteca caminaba hacia la pista de baile con una desconocida muy guapa. —Pero, ¿estabais saliendo? —Irene se perdía entre las idas y venidas amorosas de su compañera. —No… exactamente. Hace una semana que no me coge el teléfono. ¡Y ahora, esto! Los hombrespiensan con el rabo, créeme. Una vez han conseguido lo que quieren de ti, te desprecian y se pasean con otra delante de tus narices. ¡Será desgraciado! —No es por llevarte la contraria, pero tú te fuiste en el coche de Mark el otro día. —¡Eso es diferente! —¿Por qué? —Yo ya sabía que él me estaba dejando, pero él no sabía que yo lo sabía, ¡ésa es la diferencia! ¿Entiendes? —No mucho, la verdad, pero cuentas con todo mi apoyo —se apresuró a declarar. —Además, Mark tiene la libido de un pescado con gelatina como los que sirven en el Dog & Bone. El otro día me hizo recordar por qué lo dejé. Me empleé a fondo con él, ¡si hasta le metí la mano dentro de la bragueta mientras conducía! Pero a la hora de la verdad… Lo que yo te diga, igualito que una anguila: frío y resbaladizo. Además, no soporto a los tíos que no saben besar. Mark te mete la lengua hasta el fondo y te llena la boca de saliva: ¡es asqueroso! Afortunadamente, la conversación se interrumpió con la entrada triunfal de Heather en el baile. Era evidente que la rubia ya llevaba encima algo más que un par de cervezas, porque le costaba caminar en línea recta. Poco antes de llegar a las sillas tropezó con sus propios pies y cayó, con tan poca fortuna que la falda de vuelo que llevaba se le subió hasta la cintura y obsequió a los presentes con una buena panorámica de su ropa interior. Martha rio e Irene se levantó para ayudarla a levantarse. —¿Estás bien? —Sí, eso creo. No debería haberme bebido ese último cubata, pero Jared insistió tanto… Ay, Irene, no hagas caso a los chicos, todos quieren lo mismo. Luego se olvidan de ti. Dicho esto, se echó a llorar desconsoladamente. Martha aprovechó para desaparecer de escena. Irene trataba de encontrar las palabras adecuadas para que Heather se calmara. Le limpió los churretones de maquillaje con un pañuelo de papel y le retiró el pelo de los ojos. —Oh, Irene, ¡eres tan buena! Me gusta la gente buena. Yo soy buena también, ¿sabes? —Claro que sí, Heather. —¿Te caigo bien? —Sí, mucho. Heather volvió a sollozar e Irene decidió que era el momento de llevársela a su habitación a dormir la mona. Por suerte apareció Rosalinde, su compañera de cuarto, que la arrastró hasta el lavabo para refrescarla y hacerle beber café. En ese momento, Martha, que había contemplado la escena desde lejos, decidió reaparecer. —Venga, forastera, ¡es hora de bailar! Las dos corrieron hasta la pista, e Irene, que ya estaba harta de escuchar declaraciones catastróficas acerca de los chicos, se dejó llevar por la música. El DJ estaba pinchando un tema funk muy rítmico que habría hecho levantarse a un muerto. Martha echó en la cerveza un buen chorro de whisky. Llevaba escondida en el bolso una de esas botellitas de minibar de hotel. Irene probó el combinado en su propio vaso. Sabía fatal, pero la bebida se le subió a la cabeza y pronto se encontró riendo y bailando como una loca junto a la inglesa, que agitaba los brazos arriba y abajo y giraba como si fuera una peonza. Cuando se mareaba, empezaba a describir diagonales como si fuera una gogó encima de la barra de una discoteca. Tras veinte minutos de baile frenético, agradecieron que empezaran a sonar las canciones lentas pararecuperar un poco de aliento. Acababan de desplomarse en sus sillas cuando apareció Liam. Estaba tan guapo que cortaba la respiración, con su delicado cabello rubio detrás de las orejas y una camisa blanquísima de marca. Martha dio un respingo al verlo, pero Irene ni se inmutó. —Hola, Irene. Estás muy guapa con ese nuevo peinado. —Gracias —dijo ella secamente. —¿Te apetece que bailemos? —preguntó con su voz más seductora. —No, mejor no. Prefiero descansar. —¿Estás segura? —Completamente. —Entonces bailaré con Martha —anunció. La aludida la miró pidiéndole permiso con los ojos. Irene se encogió de hombros. Le importaba bien poco lo que hiciera Liam, y si Martha quería bailar con él, era libre de hacerlo. La pareja de baile no se alejó demasiado. Su amiga la miraba con los ojos muy abiertos y trataba de disculparse sin hablar, poniendo cara de mártir. Luego se daba la vuelta siguiendo el ritmo de la música, abrazada a Liam, y era él quien la observaba; apretaba los labios con la misma rabia que Irene ya le había visto en el Dog & Bone, cuando Peter lo puso en su sitio. Irene empezó a sentirse incómoda con tanta miradita. Justo cuando pensaba en marcharse de la fiesta, Josh se plantó ante ella con una de sus reverencias teatrales. —¡Ratita! —¡Josh! Vaya, ¡estás muy guapo! —dijo, aliviada de que la distrajera de aquella situación violenta. El bibliotecario se había vestido igual que la noche de la fiesta clandestina en su habitación, con una camiseta blanca de algodón y su media melena lisa y bien peinada. Ella se fijo en su nariz pequeña y perfecta bajo sus ojos dulces de oso pardo, que normalmente pasaban desapercibidos tras las gruesas gafas de pasta. —Tú sí que estás impresionante. ¿Qué te has hecho? —la cogió por los hombros y la hizo girar sobre sí misma, boquiabierto. —Poca cosa, sólo un corte de pelo. —¡Guau! O quizá debería decir ¡miau!, ratita —declaró mientras le acariciaba el cabello con el dorso de la mano. —¿Dónde está tu chica? —preguntó Irene. —Decidió que se aburría y me ha dejado plantado. —Vaya, lo siento. —Yo no, así podemos charlar de nuestras cosas —dijo con tono de confidencia mientras acercaba su silla—. ¿Qué estás leyendo esta semana? ¿Sigues con tus novelones románticos? —Estoy con Ana. Karenina. —En ese caso estás disculpada. Tolstoi era un verdadero genio, y un idealista. —Fundó una especie de escuela libertaria para los pobres, ¿verdad? Pero al final se la cerraron. —Sí. Era de los que quisieron cambiar el mundo. Fue el precursor de la no violencia, y sus ideas inspiraron a Gandhi y a Martin Luther King, aunque también hizo algunas cosas extravagantes. Era hijo de una princesa y de un conde, pero terminó trabajando de zapatero un montón de horas al día, comiendolechuga y durmiendo sobre un colchón en el suelo. Con ochenta años se escapó de su casa, porque su mujer no entendía que quisiera vivir como un monje. —Todos tenemos una historia, ¿verdad? —añadió Irene, que no había atendido demasiado a la lección de Josh. —Seguro. El bibliotecario la miró de repente como si la viera por primera vez. Sin poder resistir el impulso, volvió a acariciarle el cabello. —¿Y cuál es la tuya, Josh? —preguntó Irene con curiosidad, mientras le aguantaba la mirada sin apartarse de la caricia. —La mía es… una historia larga y aburrida. Seguro que la tuya es mucho más interesante, forastera. Venga, vamos a bailar y me la cuentas. Josh la tomó por la cintura y la condujo hacia el centro de la pista. Irene se sentía bien con él. Era una de las personas con las que más hablaba en Saint Roberts. Aunque en realidad no lo conocía demasiado, le caía simpático. Además, era emocionante tratarlo fuera de su hábitat natural, la biblioteca. Mientras la abrazaba, ella percibió su olor, un suave aroma a champú y a ropa recién lavada. Le gustaban los chicos que olían a limpio y nada más. Al girar hacia las sillas se acordó de Martha y de Liam, que seguían bailando muy juntos cerca de allí. Su compañera de cuarto llevaba rato observándolos y la miraba como si quisiera asesinarla. Irene trató de ignorarlos, pero su amiga estaba dispuesta a montar un numerito para recuperar la atención de Josh y, de paso, molestarla a ella. Sin previo aviso, agarró a Liam por el cuello y se puso a besarlo salvajemente. Heather, que había logrado reintegrarse a la fiesta, agarró a Irene del brazo y le espetó: —¿Es que no vas a darle dos bofetadas a esa sucia robanovios? Irene no dijo nada. No sabía si se debía al whisky con cerveza que había tomado o a aquella situación violenta, pero empezaba a sentir náuseas. —Me parece que ese par no va a dejarnos tranquilos en toda la noche —susurró Josh—. —¿Quieres que salgamos de aquí y vayamos a un sitio más relajado? —¿Como cuál? —Los organizadores de la fiesta hemos montado un pequeño chill out en el piso de arriba. Es sólo para VIPs. El bibliotecario la tomó de la mano y la sacó del gimnasio con agilidad. Todavía mareada, Irene lo siguió sin rechistar por las escaleras. Al llegar al piso superior, donde no había estado nunca porque ya nadie lo utilizaba, Josh se detuvo y sacó una llave del bolsillo. Una puerta desvencijada chirrió al abrirse. Sobre ella colgaba un viejo cartel en el que se leía: LABORATORIO DE QUÍMICA

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