Cap. 6.- La grieta de la vida y la muerte

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Xue Meng fue el primero en levantarse y salir del lugar, siendo seguido por Mo Ran y Chu WanNing, los tres con tal cara de preocupación que fue suficiente para preocupar a todos los demás.

— ¿Qué ocurre?— preguntó alguien.
— ¡La grieta celestial se ha abierto de nuevo!— exclamó alguien más.
— ¡No puede ser! ¡No puede ser!

Poco a poco la ciudad se fue vaciando. Cuando el resto del grupo logró alcanzar a sus anfitriones, vio a Xue Meng, Mo Ran y Chu WanNing yendo de un lado a otro, combatiendo a varias criaturas demoníacas mientras trataban de evitar que se esparcieran por el lugar. No había tiempo de preguntar, los demás se unieron a la lucha en un santiamén para repeler a los demonios; sin embargo estos eran demasiados.

— Hay que sellar la grieta— dijo Xue Meng señalando hacia el cielo con su arma, una cimitarra de dragón.
— Nosotros nos encargaremos— dijo Chu WanNing.

Mo Ran se inclinó ante Shi QingXuan juntando las manos en una plegaria.

— Señor del Viento, le suplico que no deje morir a mi primo. El resto nos encargaremos de estas personas.
— Ah...— fue todo lo que atinó a decir Shi QingXuan antes de echarse a reír nerviosamente.

¿Debería tomarme eso en serio como una plegaria?

Mo Ran dio media vuelta y se fue siguiendo a Chu WanNing. Xue Meng rodó los ojos y le dijo:

— No le haga caso al idiota de mi hermano— dijo.

Por fortuna para ambos, había cosas más importantes a las cuales prestarles atención. Poco a poco se hizo patente para todos los presentes que había algo anormal en este ataque: la energía que rodeaba a los demonios extrañamente les parecía un aura divina, mientras que la grieta imposiblemente larga del cielo no podía ser sellada pese a los intentos de Mo Ran y Chu WanNing, lo que tenía desconcertados a todos. Al poco tiempo aparecieron los miembros de otras sectas para prestar su ayuda debido al nivel de la crisis. Si alguien hubiera tenido algo de tiempo para observar más atentamente, habría notado los rostros aprensivos de los miembros de estas sectas, como si la catástrofe que atravesaban ahora les recordara una peor situación que hubieran presenciado anteriormente.

Sin embargo, nadie tenía tiempo para observar nada, la prioridad era detener la invasión. La aldea de Cai Die se había quedado vacía, todos habían huido a excepción del grupo de viajeros que estaban en el restaurante, al mirar más detenidamente a este grupo Shi QingXuan no pudo evitar soltar una exclamación dándose de topes mentalmente por no haberlo notado antes. ¡Eran los dioses marciales de la corte celestial! Y junto a ellos se encontraban dos calamidades.

¿Qué hacen Hua Cheng y He Xuan aquí? ¿No tenían algo que resolver?

Todo esto se estaba volviendo muy confuso. De repente, una seda blanca rodeó a Shi QingXuan como si lo saludara antes de enfilar en dirección a las hordas de demonios que atravesaban la grieta.

— ¡Señor del Viento!— exclamó Xiè Lian corriendo hacia Shi QingXuan.
— ¡Su Alteza!— exclamó Shi QingXuan a su vez—. ¿Qué hacen sus excelencias aquí?
— Esta no es una grieta normal.
— Creo que tendrá que ser más específico.

Xiè Lian abrió la boca para decir algo, pero un rugido lo interrumpió. Durante su breve conversación habían aparecido criaturas demoníacas nunca antes vistas, con tamaños impresionantes y una resistencia increíble. Ambos dioses fruncieron el ceño al notar la energía emanada por esos seres y Shi QingXuan recordó las palabras que He Xuan le había dicho a Liu QingGe en la prisión sin nombre: "todos los Supremos comparten una firma energética"; la misma firma de energía que recorría a los seres a los que ahora se enfrentaban. Esto no podía ponerse peor, ¿o sí?

— No vamos a enfrentarnos a otro Supremo... ¿verdad?— inquirió.
— Temo que es un poco más complicado que eso— dijo Xiè Lian con expresión seria.

No era posible. ¿Qué había más complicado que un rey demonio? Shi QingXuan sacó su abanico y lo desplegó creando un remolino que arrastró a varios demonios mientras el resto de los dioses marciales se unían a la batalla. Dos barreras, una roja y una dorada, aparecieron rodeando a los nuevos invasores impidiendo su avance. Mo Ran y Chu WanNing lucían exhaustos, al igual que todos los que les rodeaban, pero ninguno podía darse el lujo de bajar la guardia.

— ¿Cómo es posible que no se haya cerrado la barrera?— preguntó uno de los combatientes al lado de Xue Meng, un joven de cabello rubio y ojos de jade.
— Mei Hanxue, cállate— dijo Xue Meng con acritud.
— Tu humor cada vez se vuelve peor, Ziming— se quejó el gemelo menor—. Te pareces más a mi amargado hermano mayor.

Xue Meng no respondió, concentrado en darle una explicación a todo esto. Si tan solo fuera una grieta normal, su maestro y su primo la habrían cerrado hace mucho tiempo pero no era el caso. ¿A qué se debía esto, entonces? No pudo evitar pensar en lo ocurrido durante la última fiesta celebrada por la malograda secta RuFeng, dónde incluso él mismo fue convertido en un peón de ajedrez Zhenglong... Xue Meng palideció al recordar cómo había terminado aquello y esperaba no llegar a ese extremo. De contrario tendrían que incendiar la aldea de Cai Die y el pandemonio sería demasiado.

De pronto, se escuchó un crujido, y todos los presentes vieron con desconcierto y horror como la grieta celestial se hacía cada vez más chica hasta convertirse en un punto pequeño y condensado, estallando en una columna que se precipitó hacia abajo y se ensanchó hasta convertirse en una puerta.

— No es posible— dijo Xue Meng buscando con la mirada a Mo Ran y Chu WanNing.

¡Eso era una Puerta de la Vida y la Muerte!

Viento celestial (3/4)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora