El fin de semana fue un suplicio de ansiedad extrema tanto para la señora como para sus sumisas, ya que el marido de Blanca se quedó los dos días en la casa, alegando mucho cansancio y su necesidad de recuperarse para encarar en buena forma ese viaje de trabajo que lo tendría durante dos semanas afuera, de una provincia a otra.
La señora debió limitarse a controlar telefónicamente a las dos perras y a darles algunas órdenes como no salir de su casa, a Claudia, e ir a trabajar el sábado sin bombacha ni corpiño, a Laura, que después desde la veterinaria fue así a la facultad. La señora había sido muy clara:
-Y te ponés ropa ajustada ¿me oíste? Quiero que se note que no llevás nada debajo. –Y ella obedeció vistiéndose con un jean ceñido y una remera que le marcaba las tetitas y la pequeña protuberancia de los pezones. Sintió vergüenza de exhibirse así, pero ni por un momento se le cruzó la idea de indisciplinarse.
En la clase sus compañeros la miraban con insistencia y fue Paola, esa chica que a ella le gustaba, quien le hizo un comentario muy directo durante el breack:
-¿Qué pasó? ¿Tenés toda la ropita interior para lavar?
Laura se puso colorada:
-No, callate. Me salió una alergia y no aguanto la bombacha ni el corpiño. –mintió.
Paola la miró irónicamente, sonrió y se fue sin agregar nada más.
El lunes por la tarde, el marido de Blanca la llamó desde su trabajo para anunciarle que debía viajar a la mañana siguiente. La señora fingió sentirse apenada, pronunció algunas frases de circunstancia y lo primero que hizo después fue convocar telefónicamente a sus dos sumisas para el martes a la tarde. Buscando en Internet había dado con un lugar donde podría hacerles colocar esos aros en las conchas, y teniendo en cuenta la hora en que Laura se iba de la veterinaria arregló presentarse con ellas a las nueve de la noche.
Era muy cerca de su casa y llevo a las dos perras caminando detrás de ella. Iban algo inquietas al no saber dónde eran conducidas, pero ninguna de las dos se atrevió a preguntar. El local estaba ubicado en una galería que cerraba sus puertas a las diez de la noche y el experto estaba esperándolas. Era un joven de unos treinta años, barbado y de cabello largo por debajo de los hombros.
-¿Pablo? –dijo Blanca y el muchacho lo confirmó con un movimiento de cabeza. Le extendió la mano sonriendo y dijo:
-Mucho gusto, señora Blanca. ¿Son éstas las chicas?
-Éstas son. –contestó la señora y al mirarlas vio con sádica complacencia que la confusión y el miedo se reflejaba en el rostro de las dos. Edgardo tenía experiencia en su oficio y estaba acostumbrado a tatuar y colocar piercings a esclavas que les eran llevadas por Amos y Amas. Se acercó a Claudia y a Laura y les dijo:
-Tranquilas, esto duele un poco, pero es un momentito y enseguida pasa. -y esas palabras, lejos de calmar a las sumisas, las preocuparon aún más. ¿Qué es lo que iban a hacerles? Pablo las precedió al gabinete oculto tras un cortinado blanco y en el que había una camilla y un armario con puerta de vidrio y varios estantes. Era tal la inquietud que ambas sentían que Claudia se atrevió a preguntar con voz temblorosa:
-Señora, por favor... ¿Qué van a hacernos?...
Blanca la miró fríamente y le dijo mordiendo las palabras:
-Cerrá la boca, bajate la pollera y la bombacha y acostate en la camilla. Y vos –le dijo a Laura señalándole una silla de cuero negro, -sentate ahí. -y la rubiecita ocupó en silencio el lugar indicado.
Pablo, que había salido del gabinete, regreso poco después con una caja forrada en terciopelo rojo que contenía aros dorados de distinto tamaño y grosor. La señora los observó detenidamente y eligió un modelo de dimensiones medias.
-¿Ponemos uno en cada labio? –le preguntó Pablo.
-La señora asintió y el joven inició su trabajo. Con una pinza apresó uno de los labios de la concha –No te muevas. –le dijo a Claudia, que temblaba con los ojos cerrados, y usando aguja y un catéter lo perforó con gesto veloz y firme. Claudia lanzó un grito y el joven retiro la aguja, introdujo el aro y repitió la operación en el otro labio. Finalmente humedeció la zona con una gasa embebida en desinfectante y dijo satisfecho mientras Claudia temblaba entre sollozos y Laura miraba con cara de susto:
-Con ésta ya terminamos, señora. ¿Seguimos con la otra?
Blanca le ordenó a la joven que abriera las piernas y luego de observar su concha durante algunos segundos dijo con una sonrisa que expresaba su profunda satisfacción:
-¡Qué bien se la ve! ¿No es cierto, querido?... Sí, sigamos con esta otra. -y tomo de un brazo a Laura acercándola a la camilla que Claudia había desocupado. Una vez acostada y con la ropa por los tobillos sintió mucho miedo y murmuró una súplica mientras mantenía los muslos apretados.
-Abrí las piernas. –le ordenó Blanca con tono duro. Laura la miró a punto de ponerse a llorar y la señora repitió la orden dándole una cachetada:
-¡¡¡Abrilas!!!
Claudia lloraba en silencio y Pablo miraba la escena sin asombro alguno, acostumbrado como estaba al trato que Amos y Amas daban allí en general a sus esclavas. Segundos después Laura era perforada entre gritos de dolor y finalmente lució en su concha, como Claudia, la marca de su dueña.
Al despedirlas Pablo le indicó a Blanca que ambas debían permanecer tres o cuatro días sin sexo vaginal y pasarse una gasita con desinfectante dos o tres veces por día.
En el trayecto de regreso, con las perras caminando detrás y quejándose cada tanto, la señora disfrutaba intensamente de lo hecho con ellas. "Son cada vez más mías" –se dijo. -"Llevan mi marca... son animales de mi propiedad." -y sus labios se abrían una y otra vez en una amplia y perversa sonrisa.
Cuando llegaron a la casa las llevó al comedor, se sentó en el sofá, las hizo arrodillar ante ellas y les dijo con voz dura:
-Ahora basta de llantitos ¿entendieron? Son mis perras y llevan mi marca. Deben sentirse orgullosas de ese honor que les concedo y quiero escucharlas diciéndomelo.
Claudia se enjugó las lágrimas pasándose una mano por la cara y dijo mirando al piso:
-Estoy... estoy orgullosa de... de llevar su marca en mi cuerpo, señora...
Y enseguida Laura murmuró:
-Me siento orgullosa de llevar su marca para siempre, señora...
La señora las miró con expresión satisfecha y les dijo:
-Muy bien, perras... ¡Muy bien!... ahora escúchenme. Mi marido viajó al interior por su trabajo y no volverá hasta dentro de dos semanas. Ustedes estarán a mi entera disposición durante las veinticuatro horas de estos quince días y se van a presentar ante mí cada vez que las convoque, y no quiero excusas. ¿Está claro?
Ambas asintieron y la señora agregó:
-Bien, ahora desnúdense y pónganse en cuatro patas. –y salió del comedor para volver enseguida con los collares, los recipientes, la bolsa de alimento para perros y su rebenque.
Ambas sumisas estaban terminando de quitarse la ropa y cuando estuvieron en cuero se pusieron en cuatro patas. La señora les colocó los collares, vertió sendas porciones de palitos en dos de los recipientes, llenó de agua los otros dos y dijo:
-Bueno, perras, a comer, vamos, y se lo tragan todo. No quiero ver ni un palito ni una sola gota de agua... ¡Vamos!
Ambas inclinaron la cabeza sobre los recipientes y empezaron a comer tomando cada palito con los dientes. Después de dos o tres bocados, Claudia se dijo que en realidad no tenían un mal sabor, y siguió comiendo e inclinándose cada tanto sobre el recipiente del agua para beber usando la lengua. A Laura le costaba más asumir la situación. Encontraba que los palitos tenían un gusto entre insulso y algo desagradable, pero se empeñó en seguir comiéndolos mientras trataba de imaginar la reacción que tendrían sus compañeros de la facultad si la vieran en tal menester. "¿Y Paola? –se preguntó. -¿Qué diría Paola?" -pero ningún pensamiento fue capaz de evitar que siguiera comiendo y bebiendo como una perra.
La señora las miraba excitada y absolutamente consciente del intenso placer que le producía dominarlas al punto de hacer con ellas lo que se le antojaba, de ir convirtiéndolas en perras con hermosas formas de mujer.
En determinado momento ambas bajaron las caderas y entonces les gritó:
-¡Bien en alto esos culos! ¡Vamos! ¡Afírmense sobre las rodillas! -y les cruzó las nalgas de un fuerte rebencazo. Así las fue corrigiendo cada vez que la posición no era la correcta, hasta que ambas sumisas terminaron con el alimento y el agua y sabiendo muy bien, a fuerza de azotes, cómo debían hacerlo de allí en más. La señora les ordenó entonces que lavaran los recipientes en la cocina, los dejaran allí con la bolsa de alimento y volvieran en cuatro patas, y dicho esto se dirigió al dormitorio. El espectáculo de ambas perras comiendo totalmente sometidas a su voluntad la había excitado y se dispuso a darles como postre una buena cogida usando sólo sus culos, ya que Pablo había indicado una abstinencia vaginal de tres días.
ESTÁS LEYENDO
La historia de Claudia.
Teen FictionMamá, ¿no sabes qué hacer conmigo? Porque la mucama sí sabe.