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Ese día se dejó el cabello suelto, y poco después se arrepintió

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Ese día se dejó el cabello suelto, y poco después se arrepintió.

El viento estaba furioso, las olas eran enormes y las nubes tapaban los pocos rayos de sol que Berk apenas recibía. Entendía que era invierno, pero no tenía por qué estar así.

La naturaleza sabe algo que nosotros no.

Lo único que agradecía era que hacía tanto frío, que nadie se encontraba afuera, merodeando la isla. Eso le dio oportunidad de sacar al pequeño dragón de su canasto.

Sus escamas eran tan brillantes que a veces pensaba que era una estrella. Sonrió. Más allá de la agresividad y el fuego que pensaba que habría, paz y benevolencia era con lo que se encontraba.

—Ve a correr un poco, anda —con cuidado se sacó el canasto de la espalda y lo reposó en el suelo. Quitó la tapa y esos enormes ojos azules se asomaron curiosos, observando su alrededor. No tardó mucho para que saltara por todos lados y tropezara con su propia cola. Un escenario bastante adorable.

Elsa buscó una roca y se sentó en ella, esperando pacientemente a que todas las energías de su nueva compañera se agotaran completamente. Una rutina que comenzaba a ser relajante para las dos.

—Desearía poder contarle la verdad —susurró la rubia, trenzándose el cabello.

Desde ese vergonzoso día, ninguno de los dos se atrevía a hablarle al otro, ella estaba al borde de ser descubierta y él con el bochorno en sus mejillas. Sin contar lo molesto que se encontraba su padre debido al comportamiento de Hipo.

No le gustaba mentir, y menos a las personas que les había tendido la mano. Pero si quería proteger a esa criatura tenía que hacer lo necesario para salvaguardar su integridad.

Era lo mejor para todos.

Estaba tan sumida en sus pensamientos, que no escuchó los pasos detrás de ella.

La furia luminosa vio que los arbustos se movían, y tan pronto como pudo, se interpuso entre el extraño y Elsa, que perezosamente se levantaba del lugar, creyendo que estaba intentando jugar con ella otra vez.

—Temperance, ya te dije que...—cuando terminó por girarse, un jadeo escapó de sus labios, totalmente asustada.

Era Hiccup, con una red para pescar sobre su hombro y mucha conmoción.

¿Era verdad lo que sus ojos veían?

—Es... —no le era posible terminar la oración.

Un parpadeo después, ya no estaba.

—¡Mierda! —gritó la ojiazul, entrando en pánico.

Si llega a la aldea y no logras explicarle nada, estarás perdida. Le decía la vocecita en su cabeza.

—Aquí quédate, ¡Hiccup! —y fue detrás de él.

Hipo corria a toda velocidad. El pecho le dolía muchísimo, y no sabía por qué. Lo único que quería hacer era llorar y no volverla a ver nunca más.

¿Pero por qué? ¿Por qué se sentía que iba a morir con algo tan "trivial"? ¿Por qué sentía como si fuera una enorme traición?

No había notado que la fémina ya lo había alcanzado—¡Hipo, espera! —la rubia se aferró a su brazo, y se dejó caer en el suelo, para detenerlo con su peso.

El castaño también cayó por la inercia, evitando a toda costa aplastar a la chica—¡Elsa, suéltame por favor! —le gritó, sin mirarla a los ojos y luchando para zafarse del agarre.

—¡Deja que te lo explique! —suplicó la ojiazul, desbordada por el llanto.

—¡No hay nada que explicar! ¡Ya basta!

—¡No le digas a Estoico, si lo haces, la asesinarán! —su declaración fue la gota que derramó el vaso dentro de la cabeza de Hiccup.

—¿Es lo único que te importa? —de un manotazo cortó el contacto. Y rápidamente se giró a verla, muy molesto con el hecho de que ella no pensaba en la aldea, en la comunidad a la que ambos pertenecían. Las lágrimas abandonaron sus ojos para abrirse paso a sus pecosas mejillas, rojas por las emociones—. ¡¿No en las personas que esa cosa podría matar?!

—¡Escúchame! ¡Ellos no son como creemos! ¡Son criaturas hermosas y tranquilas! —Elsa se puso de pie en un salto, temerosa de que el muchacho emprendiera otra huida. También aprovechó a limpiarse el rostro.

—¡Hace unos días una maldita pesadilla monstruosa iba a matarte! ¿O vas a decirme que también era una alma bondadosa? —escupió en ironía.

—¡Quería decírtelo pero tenía miedo, miedo de que pensaras mal, miedo de que desterraran a mi papá, él ya ha sufrido lo suficiente como para enfrentar esto!

—¿Cuánto tiempo llevas ocultándoselo a tu padre? ¡¿No pensaste en las consecuencias que esto provocaría?! —se pasó una mano por el cabello, y con furia jaló de él.

—¡Sé que esto está mal, pero no tuve el corazón de abandonarlo a su suerte! —quiso tomarlo de la mano, pero éste se apartó con brusquedad.

Cada que intentaba acercarse al castaño él se alejaba. Definitivamente su decisión lo había afectado mucho.

—Tantos días buscando al maldito huevo, y resultó que tú lo tenías. ¿Cómo tuviste el descaro de ayudarnos sabiendo que eso estaba en tu casa? —gruñó, intentando no prestarle importancia a ese sentimiento extraño que amenazaba con externarse.

Debía enfocarse en atar los cabos: el barco con un extraño líquido en su interior, el cadaver en la playa, el comportamiento raro de la pescadora meses atrás, todo.

—Deja que te muestre todo lo que he aprendido de ellos. Hipo, con esto, la guerra podría terminar... Para siempre. Ya no habría peligro, ya no habría razón para luchar. Todos podríamos ser felices —lentamente Elsa subió su mano, aterrizando en el pecho abrigado de Hipo, mientras que con su otra extremidad intentaba atrapar los dedos del chico.

Cuando sus yemas rozaron el dorso del ojiverde, éste respingó asustado.

¿Por qué estaba acariciándolo?

—Tranquilo... Ven conmigo —le susurró, sin despegar su vista de él.

No le hagas caso, debes salir de ahí. La parte cuerda de su cabeza le exigía que regresara con su padre y le contara todo lo que había descubierto de esta mujer, pero había algo que lo detenía.

Sus grandes y bellos ojos azules que hacía tanto tiempo había admirado secretamente, y que ahora lo miraban con súplica.

Elsa aprovechó ese momento de debilidad, y entrelazó sus dedos con los de Hipo, empezando a guiarlo de vuelta al bosque.

Temperance colgaba de cabeza en la rama de un árbol, con su cola sujeta en el tronco. Observaba expectante los movimientos de los adolescentes.

—Es hembra, tiene un carácter dócil y tranquilo. No te hará daño —le susurró Elsa.

—¿Cómo estás tan segura de que no va a comernos? —quiso hacerse para atrás al ver que el dragón bajaba del árbol y caminaba hacia ellos.

La rubia lo detuvo antes de que pudiera asustar al dragón.

—No lo hará, te lo prometo —le dijo, viéndolo a los ojos.

Estamos perdidos.

Touching the stars | PARTE IHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora