La guerra con los dragones al fin había acabado, Elsa sintió que ya respiraba con tranquilidad. Estoico el Vasto, el jefe de la tribu, había prometido que ya jamás serían perturbados por esas bestias salvajes, que de ahora en adelante sólo habría pa...
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La rubia se refugiaba en las sábanas de su cama, incapaz de asomarse por la ventana.
El cuerpo le dolía por el esfuerzo que había hecho intentando escapar, y como si no fuera suficiente, el agarre que el jefe ejerció sobre ella la había lastimado un poco.
Decidió que no volvería a salir al exterior por días. Ya no quería atraer a más bestias ni ser atacada por ellas.
Su padre hablaba con Estoico en la planta baja de la casa. Después del incidente, el jefe se había tomado la molestia de ver cómo se encontraba la chica.
No la encontró en la sala, evidentemente. Pero igual permaneció un tiempo para ponerse al día con el príncipe.
—Aún no me explico la razón por la que quería matarla, porque amigo, créeme que planeaba hacerlo con esa llamarada —dijo Bocón, que se coló al viaje.
—En primera instancia creí que iba por la comida, pero ella dice que no, que lo dejó atrás para deshacerse del dragón —reiteró Agdar.
—¿Encontraste la canasta? —preguntó Estoico, con un semblante pensativo.
—Sí, en el acantilado, estaba intacto. Lo traje a casa para no desperdiciarlo —señaló con su mano izquierda a un rincón de la sala, mostrando la veracidad de sus palabras.
—Esto es peor de lo que pensaba... —susurró el jefe, lo que llamó la atención de Agdar.
—¿Qué? ¿Por qué motivo? —el castaño se atrevió a decir, fuertemente intrigado.
El par de amigos se miraron entre sí, decidiendo si contarle o no.
—¿Peligra la vida de mi hija? —le siseó, en sus rostros se notaban que era un asunto de suma discreción.
—Me temo que sí...
Ya no preguntó más, creía saber el tema. Y no era bueno.
—Evita lo más posible que vaya al acantilado y a la playa, es una zona donde fácilmente pueden lastimarla, cualquier cosa no duden en llamarme —sugirió Estoico, levantándose del sillón con intenciones de retirarse.
—Ya no es necesario que vaya a la academia, que no se preocupe por eso —mencionó Bocón, aprovechando que estaba ahí.
Después de esto, dudaba que la chica quisiera seguir lidiando con dragones, además parecía no tener la destreza necesaria para deshacerse de ellos.
No podría matarlos aunque la obligáramos, pensó el hombre de barba rubia.
Los tres caminaron a la salida, y cuando estaban a punto de irse, Agdar dijo:
—Gracias, han sido muy amables conmigo y con mi familia, incluso no siendo de aquí...
—No es nada, pertenecen a Berk ahora, y un jefe protege a los suyos, sin distinción alguna —indicó el jefe, con una sonrisa que parecía desteñir tristeza.