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—Lo siento mucho, Hipo —susurró Patapez, palmeando la espalda del muchacho con suavidad

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—Lo siento mucho, Hipo —susurró Patapez, palmeando la espalda del muchacho con suavidad. Quien se encontraba acostado sobre la cama dándoles la espalda.

—Nadie lo habría imaginado, ni siquiera yo que soy tan perspicaz —comentó Patán, apuntándose a sí mismo con su dedo pulgar.

—Bueno, ya es una carga menos, las chicas así siempre traen problemas —dijo Brutacio, quien casi inmediatamente recibió una patada proveniente de su hermana.

—Diablos, tú no sabes cerrar la boca —se quejó la gemela.

—Ay cállate, que tampoco eres tan discreta que digamos, sin contar que tú y As...—Brutilda se apresuró a obstruir la boca de su hermano para que no pudiera decir ni una palabra.

Astrid entró a tiempo a la habitación del castaño, cruzó sus brazos y gritó: —Muy bien, todos afuera. Hipo necesita su espacio y ustedes no están ayudando en nada —señaló hacia la salida.

Uno por uno fue marchándose sin refutar. Si algo sabían es que Astrid conocía más a Hipo que ellos, así que ella tenía la razón respecto a él.

¿Verdad?...

La rubia cerró la puerta para brindarles mayor privacidad, caminó con lentitud hasta donde se hallaba recostado el ojiverde, y se sentó en una orilla de la cama.

Respiró de forma ruidosa, pensando en lo que diría a continuación: —Intenté decírtelo, intenté hacerte saber que había algo extraño en ella. Pero tú nunca me escuchas. Si realmente quieres ser un gran jefe, debes endurecer tus sentimientos y pensar en lo correcto o nada bueno saldrá de eso —acercó la mano con la intención de acariciar su melena castaña en forma de consuelo, pero ésta fue sorprendida cuando él se giró bruscamente, interrupiendo el contacto con un manotazo.

La vikinga abrió la boca con indignación.

—¿Lo correcto? –repitió Hipo, con una mirada cargada de odio y desprecio. Extrañamente dolorosa para Astrid, quien siempre estuvo acostumbrada a recibir una cálida sonrisa de su parte–. ¿Para quién crees que hiciste lo correcto? ¿Para el pueblo, o para mi padre? Si a ambos ya los tienes comiendo de la palma de tu mano. ¿O eso ya no era suficiente para ti?

—¡¿Disculpa?! ¿Qué estás intentando decirme, ah? —reprochó Astrid poniéndose de pie, completamente colérica.

—¿Crees que no me he dado cuenta de lo que has hecho estos últimos años?

Pronto Astrid se sintió vulnerable ante la idea de Hipo sabiendo su secreto. Aquel que con tanto esfuerzo había contenido en la caja fuerte que representaba a su corazón.

—¿D-de qué estás hablando? —preguntó, viéndose incapaz de hablar sin tartamudear.

—Siempre supe lo que hacías cuando una chica parecía interesarse en mí –sentenció, levantándose por fin de la cama. La rubia trastabilló–. Las asustabas con tu actitud grosera disfrazada de disciplina. Siempre te encargabas de hacerlas sentir insuficientes para el puesto de jefa consorte.

Touching the stars | PARTE IHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora