La guerra con los dragones al fin había acabado, Elsa sintió que ya respiraba con tranquilidad. Estoico el Vasto, el jefe de la tribu, había prometido que ya jamás serían perturbados por esas bestias salvajes, que de ahora en adelante sólo habría pa...
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En una pequeña sala de juntas, el jefe de la tribu, Agdar y Elsa, se encontraban reunidos. La platinada se encontraba sentada frente a una mesa, con las manos esposadas sobre la madera, su padre estaba de pie detrás de ella. Y Estoico reposaba sobre una silla más grande, dándole la cara a los dos presentes.
Hoy sería el día en que sabría qué harían con ella a partir de ahora. Y, con todo su corazón, esperaba que no fuera el destierro, su padre no podría soportar semejante situación de nuevo.
El vikingo, con una expresión calmada y lenta, formuló la oración: —Hemos dictaminado tu sentencia en conjunto con mis subordinados, todos llegamos a una misma conclusión –se inclinó hacia enfrente, recargó su peso en sus codos sobre la mesa, entrelazó las manos y apoyó su mentón en ellas, observando fijamente a Elsa, intentando descifrar qué es lo que había dentro de esa cabeza–. Puedes liberarte de toda obligación, si nos dices cómo domaste a la furia luminosa.
La platinada cerró los ojos con fuerza, frunciendo el entrecejo.
—¿Qué le hace pensar que logré domar al dragón? —esquivó la sugerencia con una pregunta.
Al abrir los ojos, se topó de lleno con la mirada penetrante de Estoico, el cual no se aligeraba aún cuando mantenía una sonrisa ladeada.
—¿Cuánto tiempo lo tuviste a tu disposición, Elsa? —volvió a preguntar, porque Estoico no se daría por vencido, debía conseguir esa información a toda cosa.
La supervivencia de Berk dependía completamente de eso.
—Creo que dos meses —susurró, viéndose atrapada en la pasiva agresividad que el jefe emanaba y del que todavía no se percataba.
—¿Y en todo ese tiempo jamás creó algún problema del tamaño de tu casa? —alzó la ceja, dándole énfasis a lo absurdo que sonaba.
A donde quiera que iban, los dragones dejaban su marca de presencia. ¿La furia luminosa sería diferente?
—Nunca los causó. De haberlo hecho mi padre me habría delatado hace mucho tiempo —contestó Elsa, rascándose la mejilla.
Agdar apretó la mandíbula. Ella solía hacer esocuando se sentía acorralada.
—¿Puedes entender lo poco creíble que es eso? –la joven asintió, abrumada con las preguntas capciosas–. ¿Entonces estás mintiéndome, Elsa?
Las emociones estaban escalando a algo más intranquilo.
—¿Qué? ¡No! Nunca representó un peligro para mí ni para nadie. Jamás me ví en la necesidad de domarla, desde el principio conectamos —quiso explicarse, pero el jefe no se lo permitió.
—¿Conectaron? –repitió Estoico, soltando una risa gutural–. ¿Como un perro de caza conecta con su amo?
—¡No había jerarquía entre nosotras! —la ojiazul se estaba viendo atocigada con el interrogatorio.
—Entonces es hembra –la ojiazul se mordió los labios, reprimiendo las ganas que tenía de llorar–. Esto es peor de lo que imaginé. ¿Por cuánto más ibas a dejarla aquí? ¿Hasta que llegara la época de apareamiento?
Esto no va por buen camino, pensaba Agdar.
—¿Cuál apareamiento? Si apenas es una cría de dragón —señaló, consternada.
—Las dragonas hembras logran ser ubicadas por los machos de su misma especie. La furia luminosa sigue este patrón, ¿pero sabes cuál es la diferencia? Que no solo los furias pueden olfatearlas, también los de otras especies. Eso las pone en total desventaja.
Se levantó de su asiento, y comenzó a caminar en vueltas, observando el comportamiento corporal de la chica.
—¿Sabes por qué este tipo de dragón no tiene una esperanza de vida larga? ¿Sabes por qué no hay muchos ejemplares? –Elsa negó torpemente con la cabeza, genuinamente no lo sabía–. Porque los machos las cazan, ellos saben que si esta especie logra superar la edad mínima, podrán dominar su propia jauría y esto en contra de la voluntad de los que la conforman. ¿Qué pasará si el alfa está en las manos equivocadas? El mundo tal y como lo conocemos, fácilmente podría caer. ¿Entiendes la importancia de esto, Elsa?
La rubia finalmente explotó de rabia.
—¡Los dragones son más que escalas y jerarquías! ¡Son seres pensantes, con sentimientos! Son sumamente inteligentes, ellos entienden lo que dices, tanto de lo que sale de tu boca como lo que dice tu cuerpo, pueden leerte como si fueras un libro –dijo, palmeando su pecho con desespero–. ¡Yo no domé a la furia, y si no me cree no es mi problema! ¿Cuál es la urgencia de saber cómo controlarlos? ¿Qué es lo que está pasando y por qué lo está ocultando? —chilló, golpeando la mesa con ambas manos hechas puño.
—Ya basta, Elsa —sentenció su padre con tono autoritario.
No podía permitirle este tipo de desplantes, y menos si iban dirigidos al jefe de la isla.
Pronto la platinada cayó en cuenta sobre su error, más no dijo nada. Era demasiado tarde.
—Bien. Si eso es lo que quieres, lo respetaré. Serán tres años sin libertad, los demás querían desterrarte, pero le tuvimos piedad a tu padre y a tus acciones pasadas. No abuses más de nuestra confianza. Buenas noches —se levantó con actitud indiferente, y salió de la habitación.
Elsa gritó, brincando de la silla y volteando la mesa por la frustración.
—Ya tranquilízate —Agdar la tomó de los hombros y la obligó a sentarse de nuevo.
—¡Lo he arruinado todo! —se le quebró la voz, comenzando a llorar.
—No es tu culpa. Esto lo ha hecho a propósito —susurró su padre. Se sacó un pañuelo del bolsillo y limpió la cara de su hija con suavidad.
—¿Eh?
—No has dormido bien, no te has duchado y tampoco has comido a tus horas ni a las cantidades correctas. Estás sola y encerrada en completa oscuridad, tu cordura depende de un hilo. Es por ello que te ha interrogado, así sería más fácil para él sacarte información y más difícil para ti reaccionar de forma calmada —le explicó, frotando la tela contra las mejillas de la chica. Cuando terminó, también aprovechó la oportunidad para cepillarle el cabello con sus dedos y desatar los nudos que se habían formado.
La joven pareció entenderlo, y su respiración se reguló.
—No entiendo su insistencia. No entiendo nada —gruñó, pero esta vez no hizo pataleta.
—Debes mantenerte serena, Elsa. Tu vida y tu futuro dependen de eso. Todo se resolverá, ya verás. Si realmente están en problemas, no tendrán otra opción que liberarte —murmuró su padre, tejiéndole dos trenzas que abarcaban toda su melena.
—Lo... Lo intentaré...
—Esa es mi chica.
La puerta crujió al abrirse, anunciándole a los dos que el tiempo en la sala había terminado.
—Vendré a visitarte, si es que me lo permiten. No te desesperes, ¿entendido? —antes de que pudieran llevársela, la abrazó con fuerza, deseando transmitirle toda la calma posible.