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Hipo quería huir

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Hipo quería huir.

Quería salir corriendo, correr sin voltear atrás. Pero Elsa le había dejado en claro que "Temperance" (un nombre muy extraño, no sabía de dónde lo había sacado) lo tomaría como una invitación a jugar y se le echaría encima. No estaba segura de cuánto pesaba, pero no creía que la espalda del castaño pudiera soportarlo.

La pequeña criatura aún no sabía medir su fuerza e Hipo no estaba en condiciones de convivir con una furia luminosa de ese modo. No todavía.

—He aprendido tantas cosas, Hipo. Te sorprenderías lo complejos que son los dragones —susurró la rubia, queriendo abrir paso a una conversación amistosa.

Chocó sus caderas con las del chico, pero éste se encontraba ensimismado en sus pensamientos.

—Supongo que sí... —fue lo único que se le salió de la boca. 

La ojiazul pudo sentir su incomodidad, y bajó la mirada, pensando en qué hacer.

No puedes retenerlo por más tiempo.

—Sé... —comenzó, apenas agarrando valor—. Sé que no quieres estar aquí. Y también sé que lo que hago te parece mal... Así que, si quieres irte, y quieres delatarme, está bien. Yo... No voy a oponerme, ni odiarte, ni nada de eso —finalizó Elsa.

Lo que decía era verdad. Lo que sentía era genuino, claro que tenía miedo de las consecuencias que sus acciones habían provocado. Pero no quería ser la persona que le obligara a él a  elegir entre ella y la aldea. Porque su deber como futuro jefe de Berk era protegerlos por encima de todo, incluso de sus sentimientos.

Tal y como debía haber hecho su padre.

Hiccup se sorprendió ante sus palabras. Tanto fue su sorpresa que se giró a verla, pensando que quizás estaba gastándole una broma. 

—¿Qué? —susurró, todavía procesando lo que sucedía.

—Puedes irte, no te preocupes por nosotras. Y si decides acompañarnos de nuevo, mañana estaremos aquí a la misma hora, esperando por ti —intentó sonreírle, pero sólo le salió una mueca de pena y dolor.

El castaño no sabía qué hacer. Por unos breves segundos titubeó su andar, tropezando con sus pies. Poco después estabilizó su equilibrio, terminando por marcharse de ahí.

Y cuando lo vio lo suficientemente lejos de ella como para no escucharla, se permitió llorar.

Porque muy en el fondo, sabía que era su fin.

¡Idiota!

[...]

Sus manos temblaban mucho, podía escuchar los latidos despavoridos de su corazón atrás de las orejas, que estaban calientes por el llanto continuo que había tenido la noche anterior.

Touching the stars | PARTE IHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora