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Se escabulló con cuidado hasta llegar a las escaleras, incluso se quitó los zapatos para provocar el menor ruido posible, y con la punta de los pies, comenzó a subir de escalón en escalón

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Se escabulló con cuidado hasta llegar a las escaleras, incluso se quitó los zapatos para provocar el menor ruido posible, y con la punta de los pies, comenzó a subir de escalón en escalón.

Su cabello estaba lleno de ramitas con hojas, sus brazos tenían leves rasguños y su piel desprendía olor a sudor y tierra mojada. 

Cuando llegó a su habitación, se quitó la canasta de la espalda, dejándola sobre la cama, de ahí la pequeña reptil salió y se acurrucó encima de las almohadas. Realmente había acabado con sus energías en esa tarde llena de juegos y diversión. 

Elsa, por otro lado, buscó ropa en sus cajones, cuando obtuvo el conjunto perfecto, volvió a bajar para poder dirigirse al baño. 

El ambiente se sentía de alguna forma pesada, las piernas le temblaban y las cosquillas bajo su vientre aún eran intensas. Se sacó las prendas con cuidado, porque tenía zonas sensibles al dolor.

Tomó una gran bocanada de aire para darse ánimos, y con las pocas energías que le quedaban, hizo todo lo posible por darse un baño. El agua estaba fría, pero le era tolerable. 

Mientras se aseaba, no podía evitar pensar en lo que había ocurrido, se llevó los dedos a sus labios, y los recorrió lentamente con la yema, trayendo consigo los recuerdos de aquel apasionado contacto.

Encontró moretones por su cuello y sus clavículas. Suspiró. Ahora tendría que ocultarlas de su padre.

Fuera de ello, para ella había sido una experiencia tan placentera como embriagante. Hipo se encargó completamente de hacerla sentir bien.

De recordar la forma en que él jadeaba sobre su oído lo hermosa que era, mientras la penetraba una y otra vez. Tan tortuosamente lento que la obligaba a rogarle por más.

Se ruborizó ante la vergüenza de encontrarse rememorando el instante en que la hizo tocar las estrellas. Palmeó sus mejillas para despabilar esos sentimientos que empezaban a acumularse.

Ya no sólo era un secreto el que los mantenía juntos, ahora eran dos. Y no le preocupaba en absoluto, no por ahora. Sólo quería disfrutar de esa adictiva sensación que había probado esa noche. 

Cuando terminó de cambiarse, tomó sus cosas y regresó a su habitación con rapidez. Había vuelto muy tarde y debía levantarse temprano para limpiar. 

[...]

Se había dado cuenta que la furia luminosa aleteaba cuando sentía venir la brisa, buscando la forma de acomodar sus alas para despegar. Pero le faltaba el elemento clave: el impulso. Y Elsa no sabía cómo enseñarle.

—Debemos mostrarle la forma en la que los dragones vuelan —comentó la rubia, sentándose sobre la tierra mientras observaba los intentos de la dragona.

—¿Y cómo planeas hacer eso? No es que supiéramos volar —respondió el castaño, que devoraba una pierna de pollo asado justo alado de ella.

—¿No hay manera de que otro dragón le pueda enseñar? —preguntó Elsa, quien torcía la boca en una mueca de preocupación.

Touching the stars | PARTE IHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora