Capitulo I

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Intentar neutralizar los recuerdos, no es para nada una tarea fácil, todo lo contrario, difícil y dolorosa.
Y pensar que solo han pasado seis días desde que huí de allí, de él; no lo puedo creer.

—Todo se me hace tan extraño.—
Miro el despertador: las tres y media, es de noche, una noche lúgubre y vacía.—Para mí, ya todo está vacío.

Mudarme de nuevo a California, después de tanto tiempo, ha sido uno de los pasos más importantes que he echo en mucho tiempo.
Mi madre como siempre me recibió con los brazos abiertos. Aún no he podido contarle la verdad; y no lo haré. Cuanto menos sepa, mucho mejor, no quiero hacerla preocupar.

Suena mi teléfono.—De nuevo en oculto.—Exhalo.—No lo pienso coger. No quiero escucharte, no quiero oírte decir de nuevo: Te quiero, se que és mentira.

«Y tanto que és mentira.»

Intento levantarme, aún con la melodía sonando. No le hago caso, es lo mejor, tanto para mí como para él.
Miro por la ventana, veo a una pareja discutiendo. Sonrío. Yo también solía ponerme así antes.

Primer mes.
—¿Pero es qué no lo ves, verdad?—Pregunto algo confundida. Me dirijo hacía la habitación, situada en el ala este de la universidad.

—No Anna, no lo veo.—Dice agarrándome del brazo.—Espera un momento, no vayas tan rápido.

¡Te he dicho miles de veces que no me llames Anna!—Grito furiosa.

Agarra mi rostro y sella mis labios. No me dio tiempo ni a cerrar mis ojos, que ya lo tengo totalmente abrazado a mi. Intento separarlo, podrían pillarnos, pero se resiste y me aprieta más a él.

I-an me ha-ces d-da-ño.— Vocalizo lo mejor que puedo. Quiero que me suelte, no quiero que el hombre de seguridad nos vea juntos.
Cuando consigo separarnos lo miro callada. Me sonríe.

Sigo cabreada contigo.—Pataleo.—No me gusta que coquetees con otras mujeres. Entrecierro mis ojos, advirtiéndole.

Tú eres mi única mujer.

Siempre me decía eso y caía rendida a sus pies.
Veo de nuevo a la pareja. Esta vez se están besando, con ternura. Suspiro.
Decido abrirla para que la brisa fresca dé en mi rostro, pero antes mi reflejo me llama la atención.

«Santa María, Jesús y José, ¿cuanto has adelgazado en estos meses?»

—¿De verdad esta soy yo?— Pregunto en voz alta, con intención de recibir respuesta. Acarició el vidrió desmoronándome por dentro.

No sé cuanto tiempo pasa, pero sigo aquí parada mirándome. Mis ojeras son notables, mis párpados son ahora caídos, sin vida y que decir de mi cuerpo, parezco una muerta en vida.

«No sé como has conseguido sobrevivir a todo eso»

Suena de nuevo el teléfono y vuelvo a la realidad. Decido correr las cortinas, no tengo ganas de verme.
Me siento en el colchón y lo agarro. Esta vez ahí solamente un mensaje de texto.

—Lo leeré mañana.— Yazco en mi cama, mirando al techo. Así hasta que caigo totalmente rendida.

Una luz hace que mis caídos ojos se abran con cuidado. Un viento cálido entra por mi cuarto moviendo las moradas cortinas.
Estiro mi cuerpo y bostezo. La puerta se abre.

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