Capitulo 7

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Yoongi intentó comportarse con valentía y aparentar normalidad en la cena de esa noche, pero no lo logró. Ni Nam ni Jimin mencio­naron la visita de Kang o el embargo del rancho, aunque era en lo que todos estaban pensando. Al final, el joven ya no pudo aguantarlo más; dejó la comida intacta en el plato, se levantó de la silla y salió de la cocina.

Jimin se dispuso a seguirlo, pero Nam le asió el brazo.

—Déjalo en paz. Ya no puedes hacer nada. Nadie puede. Y des­pués de que te vayas estará solo, únicamente yo seguiré a su lado. —Clavó su penetrante mirada en Jimin—. Porque te marcharás, ¿verdad? En ese caso, será mejor que lo hagas enseguida, antes de que el señorito Yoongi te coja demasiado cariño.

Jimin observó a Nam con los ojos entrecerrados. ¿Por qué se sentía como un canalla?

—Creo que seguiré mi camino, sí; pero todavía no es el mo­mento. Aún tengo un asunto pendiente.

—Ese asunto no será el señorito Yoongi, ¿verdad? Será mejor que no se trate de lo que estoy pensando.

—¿Y si fuera así? —le desafió Jimin—. Estamos casados y ya tiene edad para tomar sus propias decisiones. —Aunque acostarse con Yoongi no era a lo que se refería Jimin cuando dijo que tenían un asunto pendiente, las palabras de Nam habían dado en el blanco.

—No te enfades, Park. Sé que el señorito Yoongi es mayor, pero ha estado muy protegido durante toda su vida.

Jimin emitió un bufido de burla.

—No me tomes el pelo. ¿Me estás hablando del mismo doncel que me amenazó para que me casara con él? Me habría mar­chado hace mucho tiempo si no me hubiera visto involucrado en sus problemas.

—Te salvó la vida —le recordó Nam.

—Soy consciente de ello. ¿Por qué crees que estoy todavía aquí? Unas palabras dichas ante un cura no me retendrían si no sintiera que le debo la vida. Eres un buen hombre, Nam. Yoongi no podría tener mejor protector. Bueno... —se desperezó y bostezó—, creo que me iré a dormir.

Aunque era temprano, Jimin tenía planes. Esa noche iba a vol­ver a forzar la cerradura del despacho de Kang para intentar robar la hipoteca.

Con los ojos ardiendo por las lágrimas no derramadas, Yoongi miró la oscuridad exterior a través de la ventana de su dormitorio. Sus tierras, las tierras en las que había nacido, las que su padre se había esforzado tanto en trabajar para él, estaban perdidas. Aquellas exuberantes praderas, los fértiles valles, los arroyuelos saltarines que desembocaban en los ríos que cruzaban las majestuosas mon­tañas que casi rozaban el cielo... Santo Dios, amaba aquel lugar y en él estaba su hogar.

Pensó en Jimin inconscientemente —aunque lo cierto era que él jamás estaba demasiado lejos de sus pensamientos—, y se pre­guntó si se sentiría aliviado al ver que sus problemas estaban a punto de terminar. Ahora podría marcharse sin sentirse culpable. Había sido su marido el tiempo suficiente como para frustrar los planes que Kang tenía para él y no podía pedirle más. Le dejaría ir como le había prometido desde el principio. Jimin tenía sus propios asuntos que resolver.

Había llegado a conocerle lo suficiente como para darse cuenta de que jamás pertenecería a nadie. Que hubiera dejado em­barazada, o no, a Chaerin era un asunto distinto; si se guiaba por la manera en que había intentado convencerlo a él, Jimin era completamente capaz de planear y llevar a cabo una seducción. Esperaba que todo le saliera bien incluso aunque hubiera preferido que se quedara allí.

De repente, su mirada cayó sobre el camisón que le había re­galado. Lo había doblado y dejado encima del taquillón, donde lo podía admirar desde lejos. Se acercó y lo rozó con cuidado, pre­guntándose cómo le quedaría. Ardía en deseos de probárselo, in­cluso aunque nadie lo viera. Necesitaba consuelo y, por razones que no podía comprender, sabía que aquella prenda se lo propor­cionaría. Pensar que Jimin la había elegido y comprado para él hizo que se le volvieran a llenar los ojos de lágrimas.

Un amor extrañoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora