18. Sin libertad

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Ino Yamanaka

Abro mis ojos y no reconozco dónde estoy. Iba saliendo de mi floristería, un carro parqueó junto a mí. Se bajaron un par de tipos, vuelve a bajarme un escalofrío al recordar las sensaciones que tuve al ver que se me acercaban. Sentí sus manos y... quizá sea mejor que no recuerde el resto, no quiero saber qué me hicieron, pero aquí estoy viva, no sé dónde pero viva.

Me siento lentamente, mi cabeza no sólo está confundida, también me siento mareada. Finalmente me incorporo y pongo los pies en el suelo, no llevo zapatos pero el frío del suelo se siente bien. Recorro el sitio con mis ojos y es obvio que es una habitación sencilla, sólo la cama donde desperté, más allá una silla plástica, hay una pequeña ventana por donde entra escasamente algo de luz por entre el velo de una cortina.

Me levanto cogiéndome de las paredes, avanzo lentamente hasta que llego a la puerta y ruego para que esta se abra. Increíblemente así es. Lentamente atraigo la madera hasta que alcanzo a observar por una rendija. Afuera hay mucho movimiento, jóvenes pasean de un lado a otro por el pasillo, algunas con escasas ropas, batas de dormir, otras apenas en ropa interior. Unas pasan charlando y otras caminan sin compañía. Sea lo que sea este sitio sólo hay mujeres. Sigo abriendo la puerta hasta que una se detiene y se fija en mí, ¿esto fue un error?

—Hola, tú debes ser nueva— asiento en conformidad pero sin decir nada que me delate— Ahorita no hay clientes, es mejor que aproveches para bajar a comer algo —volví a asentir, supongo que esa era la señal que esperaba que hiciera porque sin decir más siguió su camino.

La chica parecía tranquila... para estar secuestrada, o quizá yo sea la única con esa suerte.

Cierro de nuevo la puerta y miro a mi alrededor, veo mis zapatos asomándose debajo de la cama. Voy por ellos porque si voy a huir, es mejor hacerlo con algo en mis pies, ¿no?

Cuando finalmente salgo del cuarto el pasillo está casi vacío. Al final encuentro unas escaleras que me conducen solamente hacia abajo, noto por lo menos dos pisos inferiores, por suerte el mareo está desapareciendo, todo indica que puedo salir fácil de este sitio, o eso parecía hasta que llego a la puerta principal y me encuentro con dos hombres apostados en la entrada con armas. Doy la vuelta discretamente caminado por el vestíbulo, buscando otra salida, los hombres de la entrada tienen sus ojos puestos en mí hasta que siento que alguien me toma del brazo, es la misma chica que me habló antes.

—Es mejor que no lo intentes —me lleva con ella hacia un salón grande con mesas, sillas y comida. De pronto recuerdo que desde el día anterior no he probado alimentos y puedo deducir que es al menos medio día por la luz que entra por los ventanales— Nunca es buena idea provocar a los guardias, además es inútil.

La chica me lleva hasta una mesa, nos sentamos y de forma eficiente otras chicas nos traen un plato con lo que debe ser el almuerzo. Mientras nos dejan eso me fijo en ella, cabello castaño, piel blanca, ojos oscuros y una hermosa sonrisa. No debe tener más de dieciocho años.

—Soy Ayame, por cierto, ¿cómo te llamas?

—Ino, mi nombre es Ino Yamanaka. ¿Me puedes decir en dónde estamos?

—Esto es... la casa de Kushina.

—¿Casa?

Ayame enrojeció y bajó la vista a su plato—Es un sitio para que los hombres vengan a divertirse.

Tuve que pensar más de un segundo en el significado de esas palabras —¿Un prostíbulo?

—Algunas llegamos aquí porque algún pariente tenía una deuda impagable o hicieron enojar a la persona equivocada... o ambas... sé que suena horrible pero he escuchado que hay otros lugares a los que nos hubieran podido llevar y son mucho peores, al menos aquí no se permite que los clientes nos maltraten ni se sobrepasen en sus fantasías... nos dan buena comida, estadía y hay otras reglas como el uso obligatorio de preservativos.

La Voluntad de FuegoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora