Se despidieron de la muchacha de la boina sucia mientras se dirigían hacia la van. Sophie tomó un par de fotos para enviárselas a Max, mientras Allan intentaba sacar una diminuta piedrecilla que había logrado escurrirse en su zapato.
El cometa y el pianista caminaban hombro con hombro, llegando a sentarse juntos en la parte trasera del vehículo.
– ¿Próxima parada? —preguntó el rubio, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad en el asiento de copiloto.
– No hay mucho más por ver aquí —admitió Efel.
Y así, la pelirroja se dispuso a llevarlos en dirección a Sirri.
Sirri era el corazón de Orcinus, aunque era la más pequeña de las ciudades que componían al país, ahí descansaban las raíces de una nación casi olvidada. La cultura, las costumbres y creencias del pasado sólo ahí encontraban quiénes les rindieran tributo.
En realidad, poco se sabía de Orcinus, ya que la mayoría de sus habitantes eran los descendientes de aquellos que vinieron de todas partes del mundo, los llamados nativos eran el atisbo de una leyenda.
Sin embargo, en Sirri las leyendas parecían más certeras. Había gente que había vivido lo suficiente como para presenciar eventos casi mágicos. Se hablaba de estrellas cayendo del cielo, de mitología y premoniciones, pero sobretodo, de una criatura.
En Sirri, todas las noches había festivales o eventos culturales, la noche era el momento en que los astros brillaban y les permitían a los humanos en la Tierra, aspirar a aquello que escapaba inevitablemente de sus manos. Lo que no se podía poseer. Era ahí cuando los mayores contaban la historia de Ylisko, la diosa de la miseria y la fortuna, del destino, del cambio y la reminiscencia.
– En realidad, con todas las religiones de hoy en día, nadie habla de eso.
Tras escuchar las palabras del barman, Tempel se sintió algo decepcionado.
– Entonces. ¿A nadie le importa?
– Bueno, te lo enseñan en la escuela y luego nadie vuelve a mencionarlo.
El cometa se preguntó porqué la gente ignoraría algo tan importante sobre el lugar que llamaban hogar.
– Ylisko es sólo la representación de la materia oscura —comentó Soph, sin apartar la vista del camino.
– ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —preguntó Efel confundido.
Y la pelirroja procedió a explicar como se hablaba de la diosa durante los festivales y celebraciones. Haciendo siempre referencia a la existencia de estructura, una especie de entidad que mantiene al universo unido y no puede ser vista, pero que continua desinteresadamente dándole a la humanidad un sentido de permanencia.
– Probablemente fueron los primeros en sostener la idea de que existía la materia oscura, pero estamos hablando de una época en la que ni siquiera existía el papel higiénico —resumió— Y por eso se le dio fama divina.
– Wow... No tenía idea de que tenían tanto interés por el universo — respondió el cometa.
– ¿Ya terminó la clase de Historia? —bostezó Allan.
Efel dejó escapar una risita.
A su lado, su brazo y el de Tempel se tocaban, dentro del auto la calefacción los mantenía tibios por lo que se habían quitado los abrigos, dejando que sus pieles acariciaran inocentemente la del otro. Era suave, aunque no tenía una pizca de maldad, Efel sintió que quería tocarlo más y antes de que se diera cuenta, su mano estaba buscando la del más alto. Era cómo si pudiese leer su mente, quizá tan fuerte era la conexión que sentían ya que, sin dudarlo, Tempel tomó su mano y la apretó con cariño.
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Tempel
Novela JuvenilSobre seres fantásticos que iluminan la vida de las personas, siempre y cuando, estén dispuestas a creer que el amor existe. Efel es un joven pianista que sólo conoce la soledad y el tedio. Tempel es un cometa que apenas tiene brillo, el universo p...
