XIV

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El ambiente caldeado, con cuerpos moviéndose al ritmo de la música, resultaba asfixiante.

Antón le dio otro sorbo a su bebida. Las luces parpadeantes y el olor a alcohol y sudor se mezclaban con el estruendo de la música. Dos chicas a su lado bailaban y se besaban con una vulgaridad incómoda de presenciar. Parecía que fuesen a desvestirse allí mismo.

Nunca tomaba para emborracharse. Le gustaba sensación libertad que le daba estar pasado de copas, pero jamás perdía el control. Sin embargo, esa noche una molestia que no podía sacudirse le impedía disfrutar del alcohol. Todo por culpa de ella.

Carolinne.

Pensar en su nombre le provocaba una incomodidad visceral. Recordó la noche anterior: su cuerpo desnudo bajo el suyo, la piel cálida y la mirada vacía. Luego, cuando terminaban de estar juntos... El silencio. Lo volvía loco.

¿Hasta dónde llegaría por cumplir su objetivo? Podría destruirse a sí misma y a todo lo que tocara. Y él... él solo había sido otro obstáculo que ella había decidido saltar.

¿Pero entonces por qué no podía dejar de pensarla?

Sacó un cigarro y lo encendió. El humo caliente llenó sus pulmones mientras intentaba deshacerse de esa imagen. Se llevó una mano a la nuca y presionó la tensión que se acumulaba allí. Podría tener a cualquier chica que quisiera, ¿por qué ella se había metido bajo su piel de esa manera?

Notó que una rubia de ojos verdes lo observaba desde la pista. La conocía. Le sonrió apenas, y la chica comenzó a caminar hacia él. La recordó vagamente: un encuentro fugaz en un baño de fiesta, el sonido de sus gemidos contra la encimera.

—¿Aburrido? —preguntó ella, con una sonrisa ladeada.

—Un poco menos ahora —respondió Antón.

Ni siquiera recordaba su nombre. Pero no hacía falta.

—¿Quieres repetir lo de la última vez? —susurró, deslizando los dedos por su pecho.

Antón la tomó por la cintura y se inclinó hacia su oído. Era tan fácil.

—¿Dónde podríamos estar solos?

Ella no necesitó más para tenderle una mano y hacerle un gesto. Subieron las escaleras, esquivando parejas acaloradas hasta llegar a una puerta al final del pasillo. Alessa sacó una llave del bolsillo y la abrió.

Esbozó una sonrisa traviesa mientras lo invitaba a pasar.

La muy zorra se lo tenía planeado.

—Anne es una buena amiga —comentó, como leyéndole la mente.

Antón cerró tras ellos. Apenas tuvo tiempo de girarse antes de que la chica se abalanzara sobre él.

—Sin besos —indicó él, apartándola.

Ella frunció el ceño, pero luego sonrió y lo empujó hacia la cama. Se montó a horcajadas sobre él y comenzó a desabotonarle la camisa. Su mirada ardía de deseo mientras sus manos recorrían su pecho y bajaban hasta el cinturón. Antón soltó el aire, intentando concentrarse en las sensaciones.

Alessa. Ese era el nombre de la chica.

La miró desde arriba. Los labios de ella trazaban un camino de besos hasta detenerse en el borde de su pantalón. Desabrochó su cinturón y bajó la tela con los dientes. Sus manos comenzaron a moverse, ágiles, por debajo de la ropa.

Antón cerró los ojos. Por un momento, la tensión de su cuerpo comenzó a disiparse y se concentró en un solo punto, donde la chica tocaba. Podía sentir sus palpitaciones bajo el tacto de ella.

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