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Había pasado más de un año desde la primera vez que Carolinne comenzó a asistir al club de teatro. Por ese entonces, Antón estaba de viaje.

Todos los días, sin falta, Verónica llamaba a la dirección de la escuela y decía que su hijo estaba enfermo. Al menos tenía la decencia de recordarlo, porque de otra forma, podría haberse ganado una multa por faltas injustificadas.

Para ese momento, la chica nueva de ojos llamativos causó una buena impresión general. Sonreía mucho e intentaba dar lo mejor de sí en cada ejercicio.

Mientras tanto, Antón estaba en Suiza, quedándose en la casa de campo del novio de su madre.

Cómo le jodía la vida ese imbécil.

Aunque ella decía que lo amaba, Antón sabía que con algo de dinero su madre amaría a cualquiera.

Regresó una semana después de que comenzaran los ensayos.

El inicio del año escolar traía consigo caras nuevas en el club, pero aquella chica le llamó la atención.

Se relacionaba con todos como si los conociera de siempre.

Se quedó mirándola un rato. Debía ser guapa.

Daba igual. Había conocido demasiadas mujeres agraciadas.

Para él, la belleza iba mucho más allá de lo físico. Y eso lo aburría.

—¿También le estás mirando el culo a la cría nueva? —bufó Elizabeth—. Es la comidilla de la semana. Nunca espero nada de nadie en este lugar y, aun así, logran decepcionarme cada vez a un nuevo nivel.

Antón alzó una ceja y se cruzó de brazos.

—Sabes que no es eso —dijo, con calma—. Solo me causa curiosidad cómo la tratan todos... parece que siempre hubiera estado aquí.

—Es solo porque es guapa y sabe aprovecharse. —Elizabeth se encogió de hombros—. Espero que no te sumes a la banda de subnormales que le están alimentando el ego.

Antón se echó a reír.

—También me alegra verte, guapa. Me hacías falta —replicó con tono mordaz—. ¿Estás celosa? Vaya sorpresa, y yo que pensé que eras la reina del hielo.

—¿Celosa? ¡Como si...! —Elizabeth compuso una mueca de hastío. Luego suspiró—. Sí, sí, yo también te extrañaba. Al final, ninguno de estos subnormales me entretiene. Al menos no como lo haces tú...

Antón ladeó una sonrisa en respuesta.

Él era la única persona en el club, y probablemente en el mundo entero, a la que Elizabeth no consideraba inferior.

Ella, con su porte aristocrático y sus miradas por encima del hombro, podía apabullar hasta al más íntegro de espíritu.

—No podía soportar más Suiza —murmuró Antón, observándola de perfil. Pensó que su nariz era demasiado puntiaguda en ese ángulo.

—Pensé que odiabas vivir aquí.

Asintió.

Ambos compartían un mutuo entendimiento de sentirse asfixiados en aquel pueblo de mediocres e incompetentes.

Aún en silencio, volvió a fijar su vista en el grupo.

Carolinne estaba practicando lo que debía ser una coreografía de alguna escena. Su cabello negro ondulaba con sensualidad en medio del baile.

—¿Cómo dijiste que se llama?

—¿Ah?

—La nueva —repitió Antón—. ¿Cuál es su nombre?

SuyaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora