XV

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Dentro de la calidez de la casa de mis padres me permito olvidar y volver en el tiempo. Afuera, el invierno ruge con fiereza, pero aquí adentro hay un calor que me asfixia. Me permite bajar la guardia, engañarme con la idea de que todo sigue igual. Pero en cuanto cierro los ojos, lo veo: mi madre mirándome con esos mismos ojos azules que ahora temo encontrar vacíos.

Una vez, tanto tiempo atrás, fui feliz.

Intento sacudirme el pinchazo de incomodidad que me recorre el cuerpo. Dejo mi abrigo en el perchero y recorro el recibidor como en un trance.

—¿Cómo está mamá? —pregunto.

Tomo asiento en el sofá y observo la pequeña estancia. La decoración sencilla no ha cambiado mucho, pero al menos hay un par de muebles más que antes.

—Está durmiendo, déjame ir a despertarla...

—No, no —interrumpo—. Prefiero que descanse. Igual y es mejor que me tome algo de tiempo para serenarme.

Mi padre sonríe, pero hay algo apagado en su expresión.

—Estará tan contenta de verte.

—Papá... —murmuro y, aunque sepa que no es la mejor idea, vuelvo a preguntar—: ¿Cómo está realmente mamá?

Un silencio incómodo se cierne entre nosotros y me hace predecir lo que viene a continuación. Mi padre se pasa una mano por la cara y me observa con detenimiento, como sopesando sus palabras antes de que salgan.

—Está estable —responde al fin—. Tú estuviste allí la última vez que estuvo hospitalizada. Los médicos... Bueno, no han cambiado su pronóstico. El tratamiento la ha mantenido estable, ha reaccionado bien, estamos tratando de que esté así el mayor tiempo posible.

Aprecio la honestidad de mi padre, pero su respuesta no es un consuelo, es una sentencia de tiempo. No han cambiado su pronóstico. Esas palabras retumban en mi cabeza con el eco de una cuenta regresiva. Trago saliva y asiento. La garganta me arde, pero no dejo que se note.

—Gracias por ser sincero. Quiero saber qué esperar cuando la vea.

Mi padre se inclina en mi dirección. Posa una mano sobre mi hombro y esboza una tenue sonrisa.

—Eres fuerte, Carolinne —me dice—. Soy afortunado de tener una hija como tú.

Sus palabras no resultan alentadoras para mí. Me siento mareada. Él me llama fuerte, pero la fuerza no es más que la ausencia de lágrimas. No lloro porque no sé cómo.

—Papá...

Sus ojos oscuros y cansados se encuentran con los míos. Se me revuelve el estómago y tengo que bajar la vista casi de inmediato.

—Quisiera abrazarte y decirte que todo estará bien, pero no puedo. Es mi deber como padre y... —su voz se quiebra y se ve obligado a hacer una pausa. Luego, más para sí mismo que para mí, añade—: He fallado. Lo siento tanto.

Papá me sostiene la mirada, y por un segundo veo algo que jamás había notado en él: derrota. Su mandíbula se tensa, como si odiara las palabras antes de pronunciarlas.

Nunca antes lo había visto así. Nunca antes lo había visto frágil. Y por primera vez en mucho tiempo, no sé si quiero consolarlo o si solo quiero huir.

—No es tu culpa.

Mi padre se incorpora y me estrecha en sus brazos. Cierro los ojos e intento imaginarme lejos de aquí. Mi cerebro vuelve a los recuerdos del pasado, esta vez aferrándome a ellos como a una balsa en medio de un naufragio.

Soy infeliz, no puedo negarlo. Pero aquí, en este lugar, el espejismo de la felicidad es demasiado tentador.

Quizás, si finjo lo suficiente, pueda engañarme a mí misma.

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⏰ Última actualización: Feb 28, 2025 ⏰

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