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《Chocolate》
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Honeydukes estaba repleto de alumnos desde tercero hasta el último año. Los Merodeadores salieron con gran escándalo de Las Tres Escobas y se dirigieron a la tienda de dulces. Su amigo Remus Lupin no podía resistirse a las barras de chocolate que vendían allí.
—Amigo, hay mucha gente. ¿Crees que aún haya? —preguntó James.
—Sí, Cornamenta, vamos —respondió Remus, tirando de sus amigos hacia la tienda. Sirius, como de costumbre, se desvió para coquetear con alguna chica, mientras que James y Peter se quedaron admirando las secciones de bromas mágicas.
Remus divisó la caja de chocolates al fondo. Era la última. Con esfuerzo logró abrirse paso entre la multitud y, justo cuando iba a tomarla, otra mano se adelantó, sujetando el otro extremo de la caja.
Estaba a punto de reclamar, pero las palabras murieron en su garganta al ver que quien sostenía la caja era una chica de Ravenclaw: Arwen Lovegood, la prefecta con la que compartía rondas los sábados. Arwen era famosa en Hogwarts por su belleza y por el rumor de que muchos chicos suspiraban por ella… incluido Remus.
Su corazón dio un vuelco al recordarla. En el tren, Arwen lo había defendido de unos Slytherin mayores que se burlaban de las cicatrices en su rostro. Desde entonces, no podía evitar mirarla cada vez que participaba en Pociones o disfrutaba de las fresas en la cena.
Miró la caja, luego a ella, y supo lo que debía hacer.
—Tómala, Arwen —dijo con una sonrisa tímida, soltando la caja.
Ella le devolvió una sonrisa cálida.
—Gracias, Remus. Sé cuánto te gusta el chocolate. Es muy lindo de tu parte. —Antes de irse a pagar, se inclinó y dejó un beso en su mejilla. Lupin se quedó inmóvil, con el rostro rojo como un tomate.
Las semanas pasaron, pero Remus no podía dejar de mirarla cada vez que pasaba por los pasillos.
Una tarde, mientras estudiaba Encantamientos en la biblioteca, se dio cuenta de que estaba casi vacía, salvo por algunos alumnos dispersos. Encontró el libro que buscaba en los últimos estantes y, al regresar a su mesa, vio algo inesperado: una barra de chocolate.
Era la misma que no pudo comprar aquel día en Hogsmeade. Miró a su alrededor, pero nadie parecía haberse movido de su lugar. Tomó la barra y una pequeña nota cayó al suelo: