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Advertencia: Ninguna
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《Promesas》
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Rosaline Weasley era la oveja negra de la familia.
¿La razón?
Ser una serpiente.
No haber sido clasificada en Gryffindor.
Para la familia Weasley fue difícil aceptar que su primogénita terminara en Slytherin. Aunque con el tiempo todo se normalizó, Ron seguía resentido: soñaba con pasar sus años en Hogwarts junto a su melliza.
El segundo año fue más duro para Rosaline. Ginny fue atrapada por Tom Riddle, y, en medio de la angustia, Rosaline comenzó a enamorarse de Draco Malfoy.
Era complicado de explicar, pero Draco había estado allí, ayudándola con su preocupación por Ginny y regalándole una manzana cada mañana desde aquel día.
¿Cómo no iba a quererlo, o al menos sentir algo por él?
Aunque... ¿cómo podría él fijarse en ella de esa manera? Tenían una amistad sincera, tan bonita que las ilusiones de Rosaline crecían cada día.
Para el cuarto año, llegó el Torneo de los Tres Magos y la inesperada participación de Harry. La preocupación de Rosaline por el mejor amigo de su hermano era genuina. Harry también veía en ella algo distinto: Rosaline no era como los demás Slytherin, y eso le agradaba.
El baile de Navidad fue un caos para todos: confusión, corazones rotos y nuevos amores. Rosaline tenía la ilusión de que Draco la invitaría, pero su mundo se derrumbó al saber que iría con Pansy Parkinson. Desanimada y sin ganas de asistir, Harry apareció como un rayo de luz, ofreciéndose a ser su pareja.
La sorpresa fue general. Gryffindor y Slytherin, juntos en el baile. Pero lo más inesperado ocurrió en el Gran Comedor, cuando Harry, valiente como siempre, robó un beso a Rosaline frente a todos.
Frente a una mirada gris.
Eran dos corazones rotos.
Y uno comenzaría a sanar con la ayuda de otro amor.
La amistad entre Rosaline y Draco continuó, pero su relación con Harry floreció, fuerte como un roble.
Años después, en el presente...
La guerra había terminado. Rosaline y Harry Potter llevaban a sus hijos al tren que una vez cambió sus vidas. Era el primer año de Albus en Hogwarts, y Rosaline notaba los nervios de su hijo.
Mientras Harry y Albus charlaban, Rosaline se encargaba de que James no olvidara su baúl. Fue entonces cuando vio una mirada que no había cruzado en años.
Draco Malfoy, junto a su esposa e hijos, estaba allí. Sus facciones habían cambiado, pero sus ojos y cabello eran inconfundibles. Ambos recordaron su última conversación.
FLASHBACK
En los escombros de la Torre de Astronomía, Rosaline y Draco se sentaron en silencio. Ella estaba orgullosa de su amigo; había elegido su propio camino, lejos de la sombra de su padre.
—¿Puedo decirte un secreto, Draco? Espero que no te enfades.
—Nada de lo que digas podría enfadarme, Rose.
Rosaline suspiró.
—Fuiste mi primer amor, Malfoy.
Él la miró sorprendido. ¿Todo este tiempo? ¿Qué habría pasado si él hubiera sido valiente?
—Tú también lo fuiste, Rosaline. Y lo serás siempre. Me alegra que alguno de los dos haya tenido el valor de decirlo, aunque no en el momento correcto.
Tomó su mano con delicadeza y dejó un beso en su palma.
—Mereces ser feliz, Manzanita, aunque sea con ese cuatro ojos de Potter.
Rosaline rió ante el apodo de Harry y el cariño en las palabras de Draco.
—Tú también mereces ser feliz, Huroncito.
—Eso fue un golpe bajo, Miriam.
—¡No me llames Miriam, rubio oxigenado!
Las risas llenaron el aire, mientras se prometían una cosa:
—Seremos felices.
FIN DEL FLASHBACK
Draco le dedicó una sonrisa y un leve asentimiento antes de volverse hacia su hijo, Scorpius.
Cuando el tren se puso en marcha, Harry besó a Rosaline, y ella comprendió que aquella promesa se había cumplido.
Ambos eran felices.
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