Capítulo 23: Tortura

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Mucho antes de que Kashia consiguiera el Rubí de la Lágrima del Hada, en la Fortaleza Oscura habían celebrado una asamblea, que terminó con Nurcuam gritando a sus servidores:

- ¿A qué esperamos? ¡Venga, preparad la sala de torturas! ¡Tenemos que recibir a un viejo amigo!

Sus soldados se pusieron rápidamente manos a la obra. Le dijeron a un joven soldado que bajara a las mazmorras y recorriera el larguísimo pasillo bajo tierra de la zona de torturas, hasta que hallara una sala desocupada y urgiera a los especialistas de ésta a preparar la mejor tortura disponible.

- ¿Para quién es?- preguntó el máximo responsable de la única sala vacía que había en todo el pasillo. Era un hombre llamado Hugieron, de unos cuarenta años. Estaba bastante gordo; la papada y la enorme barriga dejaban claro que no corría muy a menudo, al contrario que los soldados y la gendarmería.

- No lo tengo muy claro- le contestó el soldado-. Creo que para un tal Lorsan... o Logan, no sé...- murmuró con aire distraído.

- Pues siempre es mejor saberlo- repuso con tono de sabihondo Hugieron. Se acercó al fondo de la sala, cogió algo que colgaba de la chimenea y volvió donde estaba el joven soldado.

El soldado lo miró con incredulidad. Hugieron había cogido una olla negra, de metal, y estaba zampándose una sopa de pollo con una cuchara de madera. Tras eructar escandalosamente, Hugieron se propuso conseguir más información.

- Bueno, pues si no sabes su nombre, al menos me podrás pasar algo de información acerca de sus puntos débiles, ¿no? Hay que tener en cuenta que cuanto más se sabe, más se puede obtener...

Hugieron estaba en mitad de su discurso, con la cuchara apuntando al soldado, cuando se paró de repente y centró su atención en la puerta de hierro. Las bisagras chirriaron y un hombre entró en la estancia.

Se trataba de Alan, uno de los hermanos mayores de Lorcan. Era el moreno guaperas de ojos azules que no dudaba ni un momento en ser cruel al máximo.

En aquel momento estaba muy serio. Fruncía el ceño, con expresión que, más que de preocupación, era de enfado. Apretaba los puños con fuerza, y en el derecho llevaba un papel estrujado.

Ignoró al soldado y se dirigió directamente a Hugieron, que lo miraba con una mezcla de sorpresa y respeto en los ojos. Alan le lanzó el papel de malas maneras y gruñó:

- Ahí tienes la información que querías. No pierdas tiempo y léela ya. Venga, rápido. No tengo todo el día.

Hugieron se quedó mirando a Alan con expresión estúpida. Parpadeó como si fuera un besugo y cogió el papel. Se lo acercó a la cara y leyó con rapidez lo que había escrito. Conforme iba leyendo, su cara cambiaba y se iluminaba de la maldad que le producía conocer a su próxima víctima.

- ¿Y bien? ¿Ya está?- inquirió Alan con mucha prisa, al parecer. Con el pie derecho daba golpes al suelo, denotando impaciencia y aburrimiento.

- Sí, sí. Vaya... ¿Conque tu hermano, eh?- fue lo que se le ocurrió decir.

- Anda, y ahora te das cuenta- dijo Alan fríamente. Le arrebató el papel de malos modos y se lo guardó en un bolsillo-. Nuestro señor va a venir a presenciar la tortura. Yo que tú me lo preparaba un poco... A no ser que quieras formar parte del servicio de esclavos, claro.

- Por supuestísimo, por supuesto- farfulló Hugieron. Agarró la olla, ya vacía, y la cuchara de madera, y dejó ambos objetos en un rincón cercano a la chimenea.

- Apresúrate, por lo que más quieras- lo amenazó Alan. Se cruzó de brazos y se apoyó en la pared, dejándole claro a Hugieron que vigilaba todos sus movimientos.

La Llamada del BosqueHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora