Capítulo 27: Recuerdos

48 7 2
                                        

Llegaron a Heênim tras un día de viaje por el bosque. Las luces acogedoras de las casas de piedra y madera aparecieron ante ellas en la negrura de la noche, y Astrid no pudo reprimir un suspiro de alivio: no había sucedido nada.

Bajó de Atrea y la acarició en señal de agradecimiento. Luego, la loba se separó de ella y se internó en la maleza. El rumor de sus patas desapareció en pocos segundos.

- Bueno...Pues vamos allá- susurró Astrid para infundirse ánimos.

Tomó el camino principal, en el que vió a algunos guardias patrullando por las calles. Sin embargo, sus pasos no se dirigían a una de las muchas casitas de la aldea, ni a la posada ni al hogar de algún conocido. Iba a su refugio, el lugar en el que dormía y comía cuando, años atrás, visitaba el poblado con regularidad.

Caminó unos minutos, hasta que llegó a la zona más vieja de la aldea. Allí las casas eran pequeñas, frías y estaban abandonadas en su gran mayoría. Los tejados de madera estaban húmedos y semi podridos, y las paredes estaban tapizadas de enredaderas. Astrid no se sintió reconfortada al caminar entre las viejas construcciones.

Y por fin llegó a su destino: una de las muchas chozas abandonadas. Era pequeña, con el tejado oscuro lleno de agujeros y las ventanas cerradas con postigos. La puerta estaba situada en la pared frontal, y estaba cubierta de hiedra. A la norteña le costó encontrar el pomo y liberar las bisagras de las plantas.

Logró abrir la puerta y entrar en la vivienda. Nada más traspasar el umbral, le llegó un fuerte olor a moho y a cerrado.

- Puaj- murmuró, y fue a retirar los postigos de las ventanas para que hubiera algo de ventilación.

Esta tarea le llevó un rato. Acumuló las tablas de madera húmeda a un lado de la casa, formando una pila que después usaría para encender la chimenea (cuando los tablones estuvieran secos, claro). También comprobó que los cristales de las ventanas estaban rayados, sucios e incluso rotos.

- Genial- se dijo, siendo sarcástica a más no poder-. Ahora sólo falta que no funcionen las piedras dritë y que no tenga luz.

Corrió a decir "¡dentro luces!" y confirmar su teoría: las piedras dritë estaban rotas, como tantas otras cosas en aquella cabaña. Gruñendo como un perro rabioso, rebuscó en los cajones de la cocina, hasta encontrar una anticuada lámpara de gas. La encendió, y por fin pudo ver con claridad la estancia en la que se encontraba.

Tenía forma cuadrada, con las paredes hechas de fría piedra gris. En el lado izquierdo se encontraba la cocina, apenas una encimera y un fregadero llenos de polvo. Sobre el granito de la encimera había varios platos y vasos acumulados, todos ellos con telarañas y porquerías variadas. Una ventana pequeñita, con un cristal roto, se situaba encima de la encimera.

En el lado derecho apenas si había una cajonera ruinosa, con una lámpara de pantalla blanca puesta encima, y una chimenea de piedra ennegrecida por el humo se situaba a su lado. El mueble era de color oscuro, con manchas de humedad y algo de moho.

Al alumbrar el techo, Astrid vio demasiadas telarañas juntas para contarlas. Ciudad araña, resumiendo. No tuvo valor ni ganas de enfocar el suelo.

- Si esto es la planta baja, casi que no quiero ver la planta de arriba.

Pese a haber dicho aquello, subió las escaleras polvorientas hasta hallarse en la buhardilla, de techo inclinado. Faltaban varias tablas de madera en el tejado, por lo que se veía el cielo negro y las estrellas a lo lejos.

En el suelo, había un colchón con varias mantas apiladas. A su lado, una libreta y un bolígrafo polvorientos, depositados encima de algo de ropa doblada. Todo estaba cubierto de mugre y polvo.

La Llamada del BosqueHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora