Capítulo 37.

5.8K 224 5
                                        

—María José...

—No. —No quería darle la oportunidad de responderme—. Quiero que sepas que estoy comprometida con la persona de mis sueños, la mujer perfecta. Es todo lo que puedo desear mucho más de lo que Richard puede llegar a ser. Y a pesar de que tenía que apartarme de Richard para encontrarla, no me merecía perderlo de esa forma, que me lo arrebatara mi mejor amiga.

—Lo siento.

—Sofia, arruinaste mi vida. Y no fue cosa de una vez, estuvo ocurriendo durante meses. ¡A mis espaldas! ¿Cómo podías vivir entonces contigo misma? ¿Cómo podías estar conmigo y sonreírme sabiendo que después... ? —No podía mirarla sin enfadarme, y de repente, noté que me temblaba la mano de forma espasmódica—. Pasabas el tiempo conmigo sin sentir ni un maldito remordimiento, fingiendo que no estaba pasando nada. Pero durante todo ese tiempo ¡tú lo sabías! Sabías lo que pasaba y no me dijiste...
Antes de que pudiera arrearle la bofetada del siglo, sentí que alguien me agarraba la muñeca desde atrás y me sujetaba el brazo.
Daniela.

Vi que Amanda entrecerraba los ojos, como si todavía esperara que mi mano impactara con su mejilla, y luego me volví para enfrentarme a Daniela.
Arqueó una ceja y me miró. La expresión de su cara era de confusión, incertidumbre, decepción.

—Vete de aquí, María José. —Me limpió una lágrima de la cara—. Ahora.

Ni siquiera me molesté en volver a mirar a Sofia. Quería recordar la cara que tenía hacía unos segundos durante el resto de mi vida.
«Zorra cobarde».

Salí y fui al cuarto de baño de señoras que había al lado. Frustrada, me incliné sobre el lavabo para lavarme la cara con agua.

—En serio, no tenía intención de empujarte...
—Richard se aclaró la garganta, sobresaltándome, y me obligué a darme la vuelta.

—Richard, mantente lo más alejado posible de mí. No estoy de humor para más mierda, y ya me has causado suficientes problemas. Vete a consolar a tu esposa. —Di un paso hacia él, pero me agarró por el codo y me apretó contra la pared.

—Escúchame... —Tenía los ojos llenos de lágrimas—. No esperaba que vinieras a verla, pero te lo agradezco. Me da igual que la perdones... o no, creo que haber venido significa mucho para ella... Y para mí.

—Necesitas ayuda profesional... —Traté de alejarme, pero él me retuvo contra la puerta.

—Para que lo sepas, María José, lo que teníamos ella y yo solo era lujuria. Con el tiempo se transformó en amor, pero...

—Sinceramente, me importa una mierda lo que concierne a ustedes. No sé cómo decírtelo ya, pero ojalá pudieras... —Le miré los brazos y luego la puerta —. Suéltame para que pueda irme.

—No hasta que me escuches.

Suspiré. Si no hubiera tenido las piernas tan rígidas, habría intentado liberarme y correr hacia la puerta, pero sabía que no habría podido escapar de él.

—Richard... —Suspiré de nuevo para resultar más enfática—. En esta ciudad hay sacerdotes por todas partes, y están dispuestos a escuchar tus problemas de forma gratuita. Búscate uno, porque yo no tengo tiempo.

—Me gustaría tener otra oportunidad contigo, María José.

La tierra se abrió bajo mis pies y perdí la capacidad de hablar. Estaba impactada, volada, disgustada.

—Ya me has oído... —Acercó la cara a la mía—. Otra oportunidad para ti y para mí. Sería todo tan fácil... Lo sé porque siempre fue así. Cuando te perdí, me sentí vacío —continuó—. No tenía ni idea de que ibas a recogerlo todo y largarte como lo hiciste. Es decir, que te dijera que siempre había sentido algo por Sofia no quería decir que hubiera dejado de sentirlo por ti. Solo era... un punto difícil de mi vida. Pensé que al menos hablaríamos del divorcio, pero tú... Lo presentaste al día siguiente. No lo esperaba...

MI JEFA OTRA VEZ | PT2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora