Capítulo 29.

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POCHÉ

Me senté en el Starbucks, presumiendo de bronceado con un vestido de color gris claro que las chicas me habían elegido el último día de viaje. Era corto, tenía un profundo escote en V y se adaptaba perfectamente a mis curvas. Era el tipo de modelito que le encantaría a Daniela, o, por lo menos eso esperaba que hiciera cuando me viera esa noche, en la cita que teníamos.

El día que me recogió en la pista de aterrizaje, me había dicho que quería llevarme a un lugar especial. Me había dejado recordatorios en forma de notas en el armario, en el bolso e incluso en el coche:

«Esta noche tendrás la mejor cita que hayas tenido nunca».

«No..., no he cerrado de nuevo el Golden Gate..., pero si quieres que lo haga solo tienes que decirlo...».

«Estoy deseando verte después, pues esa es siempre la mejor parte del día».

—¿Señorita Garzón? —Mi importante cliente se aclaró la garganta, arrancándome de mi ensimismamiento—. ¿Es todo o tengo que firmar algo más? —Lo siento. Le diré a mi secretaria que le envíe una copia del contrato mañana por la mañana. Lisa..., es decir..., señorita Kane, ¿alguna otra duda?

—No, en absoluto. —Se levantó—. Gracias por tomar un café conmigo..., ha sido una experiencia diferente.

Me reí para mis adentros mientras la veía salir de la cafetería.
Por culpa de mi equipo —que no había logrado apagar el aire acondicionado
durante la semana que había estado fuera—, el sistema de ventilación de la tienda se había estropeado, por lo que había tenido que reprogramar todas las citas del día fuera del despacho.

Miré la agenda para asegurarme de que no tenía ninguna otra reunión pendiente a lo largo del día, cuando, de repente, me empezó a sonar el móvil. Era Andrea.

—Hola, Andrew.

—Soy Lucia —dijo en tono burlón.

—Lucia, estás usando el móvil de Andrea, ¿cómo voy a saber que eres tú? —La imaginé encogiéndose de hombros y mirando al techo.

—A Andrea y a mí nos gustaría saber por qué no nos has invitado a tu despedida de soltera. Vamos a estar en la boda, y vamos a ser tus damas de honor, ¿recuerdas?

—Porque no pueden perder una semana de clases, y mis amigas pensaron que no era apropiado que vinieran. Y después de haber estado allí, les aseguro que esa decisión era correcta.

—Correcta... De todas formas, solo te llamo para decirte que hemos recibido tu correo electrónico. Nos encanta, y creemos que a Daniela también le encantará.

—No le han dicho nada, ¿verdad?

—No... —suspiró—. A pesar de que, por raro que parezca, hemos hablado más con ella que contigo estos últimos días.

—¿Qué? ¡No es cierto!

—Claro que es cierto. Nos llama y manda mensajes todos los días.
—¡Y nos envía regalitos todos los lunes! —gritó Andrea.

—Lo siento... —Me di cuenta de que tenían razón. En los últimos tiempos solo había estado pendientes de ellas un par de veces a la semana, pero porque pensaba que era lo que querían—. Lo haré mejor. Lo prometo. Las llamaré más a menudo.

—No, no, no... —Lucia chasqueó la lengua—. Con que nos envíes regalitos nos vale. En realidad, ahora que sacamos el tema..., Daniela incluye trescientos dólares a la semana en las cajas, además de otras cositas. Ahora que las dos sabemos que no eres millonaria pero que ganas lo suficiente para darnos doscientos dólares semanales sin inmutarte, estábamos pensando que...

MI JEFA OTRA VEZ | PT2Donde viven las historias. Descúbrelo ahora