Parte 17

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Bueno sí. A niña bonita se le han escapado los enanitos para el bosque. Lo sabe. Lo asume. Pide perdón.

¿Lo siente de verdad?

No, no siente arrepentimiento.

Ni siquiera al intentar lanzar al bastardo por el acantilado, acto que hizo aplicar más fuerza en ella.

Los viejos son débiles y están espantados.

Se sienten culpables. ¿Qué hicieron mal? ¿En qué fallaron? Y la verdad es que en nada. La niña venía así de fábrica.

El bastado solo ha sacado la verdad en ella. Ha causado un quiebre en lo que piensa y lo que actúa. Se ha sacado un disfraz.

Lo que la lleva directo a un centro de salud mental. Directo a pastillas, terapias y vigilancia las 24 horas.

Dicen que la psicopatía no tiene ninguna cura. Solo unos ungüentos para la calma. Unos paños fríos, pero nunca más será libre.

Es un peligro para la sociedad.
No para ella misma, para los otros.

Al quitarse el disfraz siente un alivio. No siente culpa. No siente tristeza. No siente nada.

Sin embargo, tiene momentos en que algo la angustia muy dentro suyo.

Por ahora el patio del centro de salud mental es una nueva fuente de mentes inferiores que organizar y utilizar.

Es un nuevo desafío y una nueva pizarra en blanco que manchar.

Muchos ya la aman y adoran.

Es extraño para ella, pero en algunos momentos, pequeños instantes, extraña al bastardo.

Sí, extraña a Kas. Piensa que extraña hacerle mal o causarle dolor o quizás el reto de tenerlo en el castillo, pero la verdad es que extraña de alguna manera rara su compañía.

Los encuentros en los pasillos.
Los encuentros en la escalera.
La mirada desafiante.

Es inteligente y es un desafío, no como esas mentes inferiores, drogadas y desquiciadas. Como esos simios con ropa.

——

—Quiero verlo —le dice a la abuela. Siempre le trae cosas tontas. No la conoce en nada. Es solo una viejita que da pena—. Quiero ver a Kas.

—No sé si él quiera verte.

—Lo hará. Solo dile.

Después le habla de una serie de cosas que no tienen ninguna importancia para ella. Del abuelo borracho. De la escuela con sus tontos compañeros descerebrados.

¿Para qué la escucha?
Ya no hay disfraz.

—No me importa —le dice—. Trae al bastardo o no vengas.

—Hija...

—No soy tu maldita hija. Eres aburrida y vieja. Trae al bastardo o no vengas.

Se hubiera ganado una cachetada. Ojalá se la hubiera dado. En vez de eso María se va. La mira como a un monstruo.

Y eso es bajo el disfraz de niña bonita. Un indescriptible e indestructible monstruo.

—-

—Sabía que vendrías —saluda a Kas. Están en el patio—. Esto se ha revertido, seguro te parece muy irónico.

Niña BonitaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora