Capítulo 28

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Ambas se sintieron más ligeras cuando despertaron el sábado por la mañana. Despojarse de sus pensamientos más íntimos, oscuros y casi vergonzosos las había acercado más como pareja y también había hecho que sus miedos fueran menos problemáticos. De cualquier manera, que ese embarazo afectara su relación, Emma y Regina iban a hacerlo juntas. La rubia estaba aliviada y agradecida de que Regina hubiera aceptado su confesión y esta, estaba agradecida de que la rubia le confiara una verdad tan oscura.

—¿Qué planes tienes? – preguntó Emma mientras ponía una taza de café frente a Regina que estaba sentada en la sala de estar.

—Ninguno – dijo, levantando la vista del periódico mientras Emma se sentaba a su lado en el sofá – ¿Tú y Henry tienen algún plan?

—Henry está a punto de ir en bicicleta a los Zimmer para pasar el día y pienso que me está evitando.

—¿Todavía no te ha hablado de él y Ava?

—No – se rió – Piensa que no tengo ni idea, aunque insisten en besarse detrás de los cobertizos para bicicletas. Killian los atrapó dos veces solo esta semana.

—Es dulce – se rió Regina – Amor adolescente.

—Entonces, ¿qué quieres hacer? Asumo que no quieres besarme detrás de los cobertizos para bicicletas.

—¿Tienes un cobertizo para bicicletas?

—No, pero tengo un garaje. Es como el equivalente adulto – señaló Emma.

Regina volvió a reírse — Aunque estoy segura de que disfrutaría besarte todo el día en tu garaje, creo que tal vez deberíamos hacer otra cosa.

—¿Quieres pasar el día en mi cama? – preguntó la rubia, moviendo las cejas.

Regina sonrió con sus ojos oscureciéndose ligeramente.

—¡Henry! ¿Cuándo te vas? – gritó Emma.

—Tan pronto como haya encontrado mis zapatillas – Llegó la respuesta desde algún lugar de arriba.

—¿Seguro que no necesitas que te lleve? Está lloviendo.

—Siempre está lloviendo.

—Tiene razón – indicó – No hay mucho cambio desde marzo.

—No – estuvo de acuerdo Emma, mirando por la ventana hacia la calle húmeda y gris – Lo cual es otra razón más por la que deberíamos pasar todo el día en la cama.

—No tienes que persuadirme, cariño. Ya estoy planeando lo que te voy a hacer primero.

La garganta de Emma se secó.

—Henry ¿Necesitas ayuda para encontrar tus zapatillas?

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Tan pronto como la puerta se cerró de golpe detrás de Henry, las dos mujeres subieron las escaleras, riendo incontrolablemente mientras cruzaban la puerta de Emma y aterrizaban en la cama, Regina sentada a horcajadas sobre su novia, que jadeaba y le sonreía ampliamente.

—Eres insaciable – murmuró Regina mientras Emma comenzaba a tirar de su camisa.

—Solo cuando se trata de ti – expresó antes de colocar su boca en un punto dulce en el cuello de la morena y lamer la piel sensible allí.

Regina se estremeció ante la sensación mientras sus propios dedos buscaban a tientas para quitarle a Emma la camiseta sin mangas que separaba el cuerpo del suyo. Al lograrlo obligó a la mujer a detener su asalto en su cuello, aunque a juzgar por la pálida marca roja que ya estaba floreciendo, probablemente fue algo bueno. En cambio, la rubia hizo rodar a Regina sobre su espalda y comenzó a desabotonar la seda, observando cómo la tela se abría para exponer la piel bronceada debajo. Su estómago aún estaba plano, sin señales de vida creciendo dentro de él. Bajó y con sus labios presionó un suave beso justo encima del ombligo de la otra mujer.

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