Capítulo O8

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Enid estaba nerviosa, y no entendía el porqué. Merlina ya había estado en su casa antes, aunque, en ese momento, se sentía diferente. Love estaba pasando la tarde en casa de su amiga Lily, así que estaba sola a la espera de que la alfa llegara para acabar el trabajo.

Mentiría si dijera que aquellas magdalenas recién horneadas descansaban sobre la mesa de centro por casualidad. Le encantó ver como Merlina disfrutaba de sus galletas, y quería que probara otra de sus especialidades.

Cuando el timbre sonó, salió disparada hacia la puerta, tropezando con uno de los juguetes de su hermana pequeña por el camino. Antes de abrir, se detuvo frente al espejo de la entrada intentando organizar su cabello y revisando el poco maquillaje aplicado. Se dio por vencida justo antes de que el timbre volviera a sonar.

La mayor estaba tan imponente como siempre, con unos sueltos jeans negros y una playera del mismo color, siempre fiel a sus botas de combate. Le dedicó una suave sonrisa que le aceleró el corazón, y que Enid devolvió con una mucho más grande y brillante.

—Pase.

Se hizo a un lado, permitiendo que la alfa entrara a su casa. Al hacerlo, una fuerte oleada de olor a bosque la hizo suspirar. Debía comprar supresores pronto.

—Love está celebrando el cumpleaños de una amiguita en su casa, así que estamos solas.

—Mejor.

La pelinegra habló sin pensar y, al ver los ojos abiertos como platos de la omega, se apresuró a arreglarlo.

—Quiero decir, así podremos trabajar más tranquilas.

Maldijo mentalmente. Merlina Addams era una persona que alardeaba de tener siempre el control de las situaciones, pero todo eso se iba al traste cuando estaba con Enid y sus irresistibles ojitos brillantes. Se sentía tímida y torpe, y ella nunca fue ninguna de esas dos cosas.

El filtro cerebro-boca de Merlina desaparecía cuando estaba junto a la pelicorto, y lo último que quería era espantarla. Lo que ella no sabía era que, quizá y solo quizá, aquella matización había decepcionado a Sinclair.

Las chicas entraron al salón donde, al igual que el día anterior, les esperaba una mesa llena de libros. Enid no tardó en adoptar su postura estudiosa y responsable, y se concentró en el trabajo, mientras que las palabras "Estamos solas" se repetían en la cabeza de la alfa como en un viejo gramófono estropeado impidiéndole centrarse.

Enid llevaba una camisa blanca, con el último botón despasado, y unos shorts de jean descoloridos; y Merlina solo podía pensar en lo que le gustaría barrer todas las hojas de la mesa con su brazo y tumbar a Enid sobre ella, arrancarle la camisa esparciendo los botones por toda la estancia y amasar esos pechos que a pesar de no ser los más grandes, para ella eran más que perfectos.

—Merlina, ¿estás bien?

La preocupada voz de Enid la llevó de vuelta al mundo real.

—Claro, ¿por qué lo dices? —respondió haciéndose la desentendida.

—Estaba gruñendo.

—¿Gruñendo?

—Sí, ¿en qué pensaba?

Merlina se lamentó, ¿por qué no podía mantener el control en presencia de la omega? ¿Por qué tenía que dejar que sus instintos animales la dominaran? Era patética.

—En nada, no te preocupes, Niddie.

Y volvió a maldecir, esta vez, en voz alta.

—Mierda.

Enid creía no haber oído bien.

—¿Acabas de... Acabas de llamarme Niddie? —preguntó entre asombrada y divertida.

—¿No?

—¡Sí lo ha hecho! —exclamó risueña.

Realmente, Merlina era una idiota.

—Yo... Yo lo siento. Ha sido sin querer, no quería hacerte sentir incómoda. Antes estaba pensando en ti, y así es como me refiero a ti en mi...

Mierda.

Ella se calló, Enid se calló, en aquel momento sentía como si todo el maldito vecindario se hubiera callado. No estaba acostumbrada a hablar con personas que no fueran Divina, y con ella no tenía que cuidar sus palabras. Definitivamente, con Enid debía empezar a hacerlo si no quería seguir cavando su propia tumba.

Cuando la miró, la omega estaba sonrojada hasta las orejas, y había apartado la mirada avergonzada. Merlina no comprendía cómo podía ser tan adorable, y ella tan imbécil.

—Lo siento, Enid. Soy una idiota, no quería molestarte y...

—Niddie está bien —interrumpió, muy avergonzada.

—¿Cómo?

—Puedes llamarme Niddie si quieres.

Merlina sonrió, preguntándose qué había hecho ella para merecer estar hablando con una dulzura como Enid. Debió ser algo muy bueno.

—Entonces te llamaré Niddie... Si tú me llamas Mer.

Enid ladeó la cabeza y frunció el ceño con confusión.

—¿Mer? —preguntó, como si aquello fuera algo inconcebible.

—Sí, Mer.

Enid pareció pensarlo por un momento antes de asentir sonriente.

—Esto nos convierte en amigas, ¿verdad?

La alfa no sabía qué decir, la omega parecía tan ilusionada. Aquella chica, definitivamente, era de otro mundo. Ella solo tenía una amiga y Enid parecía llevarse bien con todo el instituto. A ella nadie le hablaba, nadie se le acercaba, pero la chica de sus sueños, la chica de la que estaba perdidamente enamorada, quería ser su amiga. Aquello era mucho más de lo que podía pedir.

—Claro, somos amigas.

—¡Genial!

La rubia dio una palmada y un pequeño salto en su sitio, antes de abrazarla. Un contacto rápido y breve, algo que había sido tan natural como el respirar para Enid pero que había dejado a Merlina pegada a la silla.

—Lo siento, a veces soy demasiado cariñosa —se disculpó al darse cuenta de la parálisis de la contraria.

Era verdad, a ella le gustaba abrazar a sus amigos, y Merlina Addams era uno de ellos. No importaba que pensara que era una alfa tremendamente hermosa, ni que su corazón se acelerase con su presencia, ni que, al abrazarla, hubiera sentido como si un millón de mariposas revolotearan en su interior.

—No, no importa. Será mejor que acabemos el trabajo de una vez —respondió, sintiéndose avergonzada por primera vez en toda su vida.

Solo rezaba porque sus mejillas no estuvieran tan rojas como las sentía.

Las dos chicas terminaron el trabajo en un tiempo récord, a decir verdad. Pero es que Enid Sinclair era una de las personas más inteligentes y trabajadoras que Merlina había conocido jamás. Lo bueno, era que había perdido el miedo a no volver a hablarle más una vez terminada la tarea. Al fin y al cabo, ahora eran amigas.

Intocable | WenclairDonde viven las historias. Descúbrelo ahora