Jeff estaba en la habitación del bebé. Estaba sentado en la mecedora con Big dormido en sus brazos mientras contemplaba la pared que tenía enfrente. Estaba cubierta de fotografías de los bebés que habían nacido en la familia durante los últimos doscientos años.
Los recuerdos lo asaltaron.
Bajó la vista hacia el niño que abrazaba. Hacia la mata de pelo negro y el diminuto rostro de expresión serena. La boca de Big se movía y sonreía como si estuviera inmerso en un alegre sueño.
—¿Le estás hablando, D'Aria? —dijo en voz alta, preguntándose si la Cazadora Onírica estaría velando a su hijo, igual que él.
Le rozó la punta de la nariz. Aun dormido, el niño se giró para chuparle el dedo. Sonrió, hasta que captó el ligero olor a rosas y polvo de talco en la piel de su hijo. El olor de Barcode.
Intentó imaginarse la vida sin ella. Un día en el que ella no estuviera para alegrarlo todo. Para pasarle esas sedosas manos sobre la piel y enterrarle esos dedos largos y elegantes en el pelo.
El dolor le atravesó el corazón. Siguió mirando a su hijo sin ver nada.
«Eres un alma errante en busca de una paz que no existe. Perdido estarás hasta que descubras la verdad absoluta. No podemos huir de lo que somos. Nuestra única esperanza es asumirlo.»
Por fin entendía esas palabras.
—Esto es una gilipollez —dijo en voz baja.
No podía dejar marchar lo mejor que le había sucedido en la vida. Jeff Satur era una sola cosa en la vida.
Un bárbaro.
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Barcode estaba buscando la caja en el dormitorio de Jeff cuando escuchó que la puerta se abría tras él.
Estaba perdido en sus pensamientos cuando sintió que lo rodeaban dos poderosos brazos y le daban la vuelta para quedar frente a un hombre al que solo había visto una vez.
La noche que se conocieron.
Ese era el peligroso guerrero capaz de despedazar a un daimon solo con las manos.
Jeff le tomó la cara entre las manos y le dio un beso desesperado. Un beso que le caló hasta lo más profundo del alma y le incendió la sangre.
—Eres mío, villkat —susurró con una nota posesiva en la voz—. Para siempre.
Tiró de él con fuerza para acercarlo aún más. Pensó que iba a alzarlo en brazos. Pero no fue así. En cambio, le hundió los colmillos en el cuello.
Se quedó sin aliento al sentir el súbito ramalazo de dolor, rápidamente seguido por la sensación más erótica que jamás había experimentado.
Abrió la boca para respirar entre jadeos mientras sentía que todo le daba vueltas. Ante él veía un remolino de color, sentía los latidos de su corazón sincronizados con los de Jeff mientras el mundo se desvanecía a su alrededor. El placer lo atravesó con un orgasmo tan intenso que le arrancó un grito.