Cap- 10

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Senjuro se quedó allí, quieto en la oscuridad de su habitación, el corazón latiendo rápidamente. Los ruidos que había escuchado unos momentos antes seguían rondando en su mente, y un escalofrío le recorrió la espalda. Al principio pensó que quizá era solo el sonido de la casa, alguna corriente o un crujido normal. Pero algo en la suavidad de esos pasos le hizo sentir que no era así. ¿Quién más podría ser? No era el pesado caminar de su padre, Shinjuro, eso lo sabía. Estos pasos eran ligeros, casi sigilosos, como si alguien estuviera moviéndose con cautela.

Un pensamiento aterrador le cruzó la mente: ¿Y si era la esposa de mi padre? El miedo lo envolvió. Sabía que no era lo correcto pensar así, pero no pudo evitarlo. El escalofrío volvió a recorrerle la espalda, y se quedó inmóvil, sin saber si debía levantarse o no. Trató de convencerse de que todo era una ilusión, que quizás solo era su imaginación jugando malas pasadas, pero los ruidos persistieron, y su mente no pudo dejar de darle vueltas al asunto. ¿Y si realmente nos estaba espiando? La idea lo asustaba. ¿Qué haría en ese caso?

Se quedó dando vueltas en la cama, sin poder descansar, su mente atrapada en esa espiral de pensamientos. Finalmente, el agotamiento lo venció, y se quedó dormido, aunque las dudas seguían ahí, como un nudo en su estómago, mientras cerraba los ojos.

El primer rayo de sol lo despertó de golpe, colándose entre las cortinas cerradas. Era extraño porque normalmente las cortinas bloqueaban la luz completamente, pero ahora algo había cambiado. Abrió los ojos lentamente, todavía algo aturdido, y lo primero que vio fue la figura de su madrastra, mirándolo fijamente con una expresión molesta. Senjuro apenas pudo procesarlo. Sus ojos, duros y llenos de una incomodidad palpable, se encontraron con los de ella, que lo observaba con una especie de desdén. El maquillaje corrido de su rostro solo hacía que su mirada fuera aún más severa.

—¿Ahora qué quieres? —la voz de Senjuro salió más fría de lo que esperaba, cargada de una incomodidad que solo crecía con cada segundo. Sus ojos se entrecerraron, y su postura, generalmente relajada, ahora estaba tensa, como una defensa instintiva contra la presencia de la mujer.

Ella no parecía inmutarse. De hecho, su rostro se arrugó aún más, si eso era posible, mientras respondía con una voz aún más autoritaria y fría.

—Quiero que prepares el desayuno. Yo no quiero hacerlo. —Las palabras sonaban más como una orden que como una solicitud. No estaba dispuesta a escuchar ninguna objeción, lo cual hacía que Senjuro se sintiera aún más incómodo.

En lugar de decir algo más, la mujer avanzó hacia él con una rapidez que lo sorprendió, y antes de que pudiera reaccionar, lo tomó del brazo y lo jaló hacia fuera de la cama. Sus largas uñas, desgastadas por el tiempo, se enterraron fuertemente en su piel, y el dolor se sintió como una aguja clavándose. Sin embargo, la forma en que lo trataba lo hacía sentirse inútil, como si estuviera a merced de ella. La frustración le invadió, pero Senjuro trató de no reaccionar, sabiendo que las cosas nunca terminaban bien si levantaba la voz.

—¡Déjame ir! —replicó, intentando zafarse con un movimiento brusco. Estaba harto de que la mujer lo tratara como si fuera su sirviente, pero no quería gritar. No quería hacer un escándalo. A pesar de todo, trataba de mantener la calma, de no hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran.

La mujer no le prestó mucha atención, más preocupada por llevar a cabo lo que había planeado. Sus manos apretaban cada vez más fuerte, y Senjuro, aunque estaba molesto, sabía que debía ser cauteloso. Sin embargo, en un impulso de rabia y desesperación, pisó con fuerza el pie de la mujer. No lo hizo con la intención de hacerle daño, pero sí con el propósito de hacerla soltarlo. La madrastra soltó un grito de sorpresa y dolor, y finalmente, Senjuro logró apartarse de ella.

El grito resonó en toda la casa, despertando a Shinjuro y Kyojuro, quienes se levantaron rápidamente al escuchar el escándalo. Kyojuro fue el primero en llegar al cuarto, con el rostro alerta y preocupado. Al ver a Senjuro allí, claramente alterado, lo rodeó con sus brazos, protegiéndolo de inmediato. El mayor, con una mirada decidida, se interpuso entre su hermano y su madrastra.

—¿Qué está pasando aquí? —su voz era seria, autoritaria, pero también cargada de preocupación. La sonrisa traviesa que siempre tenía se desvaneció, reemplazada por un semblante mucho más serio. Kyojuro no toleraría que su hermano sufriera, y mucho menos que alguien lo lastimara de esa manera.

La madrastra, aún fingiéndose herida, gritó:

—¡Tu hermano me pisó el pie! ¡No puedo creerlo! ¡Es injusto! —su voz sonaba completamente exagerada, como si estuviera buscando llamar la atención. Incluso comenzó a dejar caer unas lágrimas falsas que, en el momento, parecían una actuación más que una reacción genuina. El maquillaje corrido solo acentuaba su teatralidad, algo que siempre le molestaba a Senjuro.

Senjuro, sin poder aguantar más, levantó la voz, y su tono, aunque firme, estaba cargado de frustración:

—¡Pero ella fue la que empezó! ¡Entró en mi habitación sin permiso y me agarró del brazo a la fuerza! —las palabras salieron rápido, como una reacción instintiva. El enojo y la incomodidad de la situación lo hacían difícil de controlar, pero lo cierto era que ya no podía quedarse callado.

La madrastra, con su actitud dramática, intentó contrarrestar su acusación, pero Senjuro ya no estaba dispuesto a escucharla. En un arrebato, y sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia ella, agarrándole la ropa  y comenzando a jalar sus cabellos despeinados aún. Definitivamente quería llegar más lejos pero Kyojuro lo impidió. 

Kyojuro, viendo la situación complicarse aún más, rápidamente intentó separar a su hermano de la mujer. Sin embargo, Senjuro, molesto y con la adrenalina al máximo, se apartó con un empujón y volvió a acercarse, desbordado por la frustración. Fue entonces cuando Shinjuro, aún adormilado, apareció en la puerta, frunciendo el ceño con una expresión mucho más seria de lo habitual.

—¡Basta! —ordenó Shinjuro, con voz grave, mientras se colocaba entre los dos. Sabía que la situación ya había pasado de ser algo trivial a algo mucho más serio. Su mirada recorrió a la madrastra y luego a Senjuro, y aunque su postura mostraba autoridad, había un dejo de cansancio en sus ojos.

Ambos estaban despeinados y respiraban con dificultad, pero sus miradas seguían fijas la una en la otra, como si la tensión nunca pudiera desvanecerse.

Kyojuro, sin dudarlo, se acercó a Senjuro y lo rodeó con su brazo, apartándolo de la situación. Miró a su padre con una seriedad inusitada en su rostro y, sin decir nada más, lo guió hacia la puerta, listo para salir y tomar un respiro.

La madrastra, sin embargo, se quedó allí, observando a los dos Rengoku mientras ellos salían de la casa. Kyojuro, manteniendo a su hermano a su lado, salió rápidamente hacia el pueblo, dejando atrás un hogar lleno de tensión. Senjuro, aunque aún molesto, comenzó a sentirse un poco más tranquilo, al menos al saber que no estaría solo en lo que vendría.

Mientras caminaban juntos, Senjuro no pudo evitar pensar que, tal vez, aquel día podría ser diferente.

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