Capítulo 5

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—Otis, ya llegamos, vamos —dijo Cloe, dándole un pequeño empujón para que apurara el paso.

—Por fin... pensé que me iba a morir de hambre —se quejó Otis exagerando, frotándose el estómago.

—No seas dramático, no se tardó tanto —respondió ella con una sonrisa burlona.

—Bueno, dejemos de hablar y apurémonos para llegar a tu casa y devorar la deliciosa comida de tu hermosa madre, ¿te parece bien? —Otis le guiñó un ojo, ya pensando en la mesa.

—De acuerdo, pero sólo si prometes portarte bien con ella.

—¡Claro! —dijo Otis con voz inocente—. Ya sabes que soy el hijo favorito.

Los dos aceleraron el paso, compitiendo en una carrera improvisada hacia la casa de Cloe, porque cuando Otis no come a sus horas, su genio se vuelve legendario.

Al llegar, tocaron la puerta y fue Xenia, la madre de Cloe, quien les abrió con una sonrisa enorme y acogedora.

—¡Hija, qué bueno que llegas! Acabo de terminar de hacer la comida —dijo Xenia con voz cálida.

—Hola, mamá. Acabamos de llegar de la escuela y esta personita aquí no podía esperar ni un minuto más —señaló Cloe a Otis.

—Hola, señora Xenia. Me da mucho gusto volver a verla. ¿Sabe? Su hija ya no me invita a su casa, ¿puede creerlo? —dijo Otis con tono de broma.

—No te preocupes, Otis, eres bienvenido cuando quieras. Pero por favor, entren ya, no se queden ahí fuera —los invitó Xenia, cerrando la puerta detrás de ellos.

—¡Apúrate, Cloe! —llamó desde la cocina.

—Voy, no tengo piernas largas como tú —respondió ella mientras avanzaban.

—¿Celosa de mis hermosas piernas largas? —bromeó Otis, alzando una ceja.

—No, vamos —dijo Cloe, empujándolo con una sonrisa.

Mientras bajaban las escaleras, se toparon con Charles, el hermano mayor de Cloe, que apareció en el descansillo con esa confianza que sólo un hermano guapo puede tener.

—¿Qué tanto me miran? Ya sé que soy guapo, pero tampoco para que se me queden viendo como si fuera un trofeo —dijo Charles con aire arrogante y divertido.

—¡Cállate, Charles! —le espetó Cloe, haciendo una mueca y empujándolo levemente.

—Tranquila, hermanita, sólo soy realista —respondió Charles, guiñándoles a ambos—. Pero bueno, si están listos para la comida, no me hagan esperar, que no voy a morder... mucho.

—Ni que fueras un monstruo —dijo Otis riendo—. Aunque con esa confianza, a veces da miedo.

Cloe rodó los ojos, mientras los tres bajaban juntos a la cocina, el aroma de la comida llenando ya el aire, prometiendo un momento de calma después de un día agitado.

El olor a arroz recién hecho, guisado caliente y pan tostado les acarició el rostro apenas cruzaron hacia el comedor. Xenia ya había puesto la mesa, con servilletas dobladas con esmero, vasos brillantes y una jarra de agua de jamaica que brillaba como rubí líquido bajo la luz.

—Siéntense, siéntense —les dijo con una sonrisa—. Hoy hice algo rápido pero sabroso: arroz con pollo, tortillas calientitas y ensalada fresca.

—¡Usted es un ángel, señora Xenia! —exclamó Otis mientras se sentaba, frotándose las manos—. Esto huele a cielo puro.

—Me alegra que lo aprecies, porque no cocino así todos los días —dijo ella con un guiño, sirviendo los platos.

—Yo sí lo aprecio mamá, de verdad —agregó Cloe, tomando asiento junto a Otis.

Tu mayor admiradoraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora