Selene estaba concentrada en la última fórmula que su maestra había dejado en la pizarra. El lápiz giraba entre sus dedos con ansiedad contenida, mientras sus ojos recorrían una y otra vez los números como si fueran un laberinto imposible. Pero ella no era de las que se rendían. Nunca lo fue. Y no pensaba comenzar ahora.
Murmuró algo apenas audible, hizo una anotación, corrigió un símbolo... y entonces lo vio claro. El resultado encajaba como una última pieza olvidada. Sonrió para sí misma, orgullosa, ese tipo de sonrisa pequeña pero poderosa que no necesita testigos para ser real.
El aula estaba tranquila, salvo por el zumbido de un par de conversaciones lejanas y el tenue tic-tac del reloj. Selene terminó de repasar sus tareas y se recostó apenas en su asiento, esperando con calma que llegara el almuerzo. Planeaba comer y perderse entre las páginas de su libro... claro, si su hermano lo permitía. Porque si Samuel aparecía, lo más probable es que le robara la paz, como solía hacer. Aunque... a veces no le molestaba tanto como decía.
El timbre rompió la calma como un disparo. En segundos, el aula se convirtió en estampida. Mochilas colgadas a medias, pupitres arrastrados, risas y gritos que se mezclaban como si todos hubieran estado presos durante horas.
Pero Selene no se dejó llevar por el caos. Con movimientos tranquilos, metió sus cosas en la mochila. Cuando cerró el cierre, escuchó tres golpes suaves en la puerta. Alzó la vista. Ahí estaba Samuel, recargado en el marco con su típica pose relajada.
—¿Ya guardaste todo? —preguntó con media sonrisa.
—Sabes que sí.
—Solo estaba confirmando. No quería que vinieras con cara de "me hiciste esperar".
—Ya tengo hambre, vamos —dijo ella pasando junto a él.
—No te preocupes, Víctor se quedó apartando mesa. Y sí, nos adelantamos a comprar tu comida.
Selene lo miró de reojo con sospecha.
—Dime que no me compraron pizza, por favor —pidió con expresión suplicante.
—Conociendo a Víctor, lo dudo. Ese loco sabe hasta cuántos segundos parpadeas en clase. Ya ni yo sé tantas cosas de ti.
—Si lo dices así suena como un acosador profesional.
—Para mí, lo es. Sabes que tiene un crush contigo, ¿no?
Selene suspiró con resignación.
—Sí... pero sabes también que no saldría con alguien menor. Menos si es tu amigo. Ese fue el trato.
Samuel asintió, aunque en su rostro se notaba cierto fastidio. No dijo nada más. Solo caminaron juntos hacia la cafetería.
Cuando llegaron, el olor a comida los envolvió. En el centro del comedor, como si los hubiera invocado, Víctor les saludó agitando la mano con exageración. Tenía una sonrisa amplia, de esas que parecen fijas en la cara y que muchos considerarían encantadora... excepto Samuel.
—¡Qué bueno que llegan! No quería que se enfriara tu comida, Selene —dijo Víctor, poniéndose de pie para correrle la silla con una amabilidad casi teatral.
—Gracias, Víctor —respondió ella, sentándose mientras acomodaba su mochila—. Por lo que entendí... ¿fuiste tú quien me compró la comida?
—Sí —asintió él con orgullo—. Tu hermano estaba a punto de pedirte pollo con arroz —añadió con un gesto dramático de desaprobación—. Y como sé que no te gusta, me ofrecí voluntario. Toma.
Le extendió un plato con un croissant tostado, relleno de lechuga crujiente, jamón, queso fundido y huevos revueltos aún humeantes.
—Vaya... gracias. No tenías que molestarte —dijo Selene, sorprendida por el gesto mientras tomaba el plato.
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Tu mayor admiradora
Fiksi RemajaEn los últimos días de preparatoria, Cloe buscaba una sombra del pasado... a su salvadora. Desde aquella tarde, su mundo se había vuelto oscuridad; ya no podía ver, solo imaginar los destellos de quien una vez la sostuvo entre el caos. Sabía de ella...
