Capítulo 12

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Samuel salió de la práctica con el sudor pegado al cuello y el cansancio anidado en los hombros. El cielo comenzaba a pintarse de tonos naranjas, como si el día ya quisiera rendirse. Subió al carro con lentitud, apoyó la cabeza en el respaldo y exhaló hondo antes de encender el motor.

Mientras esperaba en el semáforo, sacó su teléfono. Marcó a Selene.

Una vez. Nada.
Dos veces. Tampoco.

Frunció el ceño. No era raro que ella no contestara, pero había algo en el silencio del otro lado que no le gustaba. Apenas el semáforo cambió a verde, pisó el acelerador y condujo directo a casa, con los dedos tamborileando inquietos sobre el volante.

Cuando llegó, estacionó de golpe. Ni se molestó en cerrar bien la puerta del coche.

Entró a la casa con pasos decididos, subió las escaleras de dos en dos y se plantó frente al cuarto de Selene. Tocó, primero suave. Luego un poco más fuerte.

—¿Sely? —nada.

Giró la perilla y entró. La habitación estaba en penumbra, el aire quieto. Y ahí estaba ella: tendida sobre la cama, con la respiración serena y los labios apenas entreabiertos, como una estatua de mármol dormida.

Samuel se acercó con cuidado. Se agachó a su lado y tocó suavemente su hombro.

—Sely... —murmuró, casi en un suspiro.

—¿Qué? —respondió ella, con la voz pastosa del sueño.

—Despierta, dormilona. Me asustaste.

—Déjame dormir —dijo dándose la vuelta, cubriéndose con la sabana hasta la mitad del rostro.

Samuel sonrió con ternura y, sin insistir, se inclinó para darle un beso en la frente.

—Está bien... pero no me vuelvas a asustar así, ¿sí? —susurró, más para él que para ella.

Se levantó con cuidado, caminando hacia la puerta sin hacer ruido. Cerró con delicadeza, como si no quisiera despertar ni al aire.

Pero no había dado tres pasos hacia su cuarto cuando escuchó su nombre, como una pequeña flecha que venía detrás.

—Samuel.

Él se detuvo. Respiró hondo, cerró los ojos un segundo antes de responder.

—Mande, madre. Si no te importa, me quiero duchar. Vengo empapado y cansado.

—Claro... ve a bañarte —dijo Irene con una voz cargada de buenas intenciones.

Él no respondió. Solo caminó hacia su habitación, cerró la puerta con firmeza, y la dejó sola en el pasillo.

Irene se quedó ahí unos segundos. Algo en el tono de su hijo siempre le recordaba que ya no era un niño. Y que el cariño, con él, venía con condiciones.

Sacudiéndose la tristeza de los hombros, fue a ver a Selene. Entró y la encontró aún dormida. Le colocó con cuidado la cobija sobre las piernas y le acarició el cabello un instante. No dijo nada. Salió sin hacer ruido, bajó las escaleras y se encaminó a la cocina.

Ahí, el sonido de la lavadora terminó de llamar su atención. Se dirigió al cuarto de lavado, sacó la ropa de Selene y la metió a la secadora, cuidando especialmente su saco y su corbata. Al ver la blusa blanca colgada aparte, sonrió con complicidad: sabía que su hija odiaba que esa prenda tocara la máquina.

De vuelta en la cocina, sacó su plato del refrigerador, lo metió al microondas y se sentó a terminar la comida. No sabía bien a qué sabía... pero sabía a hogar.

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