—No esperaba encontrarte en este lugar —dijo la voz con una suavidad cuidadosamente calculada.
Selene levantó la mirada, ya sabiendo de quién se trataba. Deimos. Siempre llegaba como si el universo le debiera una entrada triunfal.
—Curioso, yo tampoco esperaba verte —respondió ella, sin cambiar el tono ni el gesto. Su rostro era una máscara de serenidad y hielo.
Deimos le ofreció una sonrisa amplia, esa que usaba con todo lo que respiraba, y se inclinó sutilmente hacia la mesa. Justo cuando iba a sentarse frente a ella, un cuerpo se le adelantó con precisión quirúrgica.
—Qué sorpresa encontrarte por aquí, Deimos —dijo Samuel, clavándole una mirada seca mientras tomaba asiento frente a su hermana.
Deimos se tensó un poco, pero no perdió la sonrisa. Se notaba que estaba acostumbrado a la resistencia. Su mirada volvió a Selene, como si Samuel no estuviera ahí.
—Me alegra verlos a ambos... aunque, en especial a ti, Selene —dijo con tono encantador.
—Estábamos disfrutando la vista con un buen helado. Nada del otro mundo —respondió ella, cruzando las piernas con elegancia, sin corresponder a la sonrisa ni a la insinuación. Hablaba con la frialdad de una brisa que pasa sin detenerse.
—No quiero interrumpir —replicó Deimos, aunque su presencia ya lo había hecho—. Solo venía de paso. Tengo una exposición en la universidad, pero al verte... no podía irme sin saludar.
Sin pedir permiso, tomó la mano de Selene con delicadeza y le estampó un beso en la palma. Fue rápido, preciso... y completamente innecesario.
Samuel soltó un suspiro seco y rodó los ojos, masticando el impulso de romperle la mano ahí mismo.
Selene retiró la suya sin prisa, como si quitara un papel que le habían dejado encima. Luego tomó una servilleta con calma y se limpió la palma, sin perder la compostura.
—Espero que te vaya bien en tu exposición, Deimos —dijo con voz neutral, sin sombra de emoción.
—Gracias. Y ojalá podamos vernos en otro momento, más tranquilos —dijo él, ignorando por completo a Samuel. Luego, con una última sonrisa, dio media vuelta y se marchó junto a un par de compañeros que lo esperaban a lo lejos.
Samuel, en cuanto vio que se alejaba, resopló con fuerza.
—Detestable —murmuró mientras le entregaba el helado a su hermana.
Selene lo recibió, lo dejó sobre la mesa un momento, y sacó un pequeño frasco de gel antibacterial de su mochila. Se limpió las manos con lentitud, asegurándose de no dejar rastro.
—Sam, deberías trabajar en tus expresiones faciales. Pareces a punto de lanzar un cuchillo —comentó sin mirarlo.
—Y tú deberías ponerle un alto más claro. No me gusta cómo te ve ese idiota.
—Lo ignoro con tanta clase que debería cobrarle —dijo, sonriendo apenas—. Además, me conoces, Samuel. Si quisiera que alguien se acercara, no lo haría con alguien como Deimos.
—Un día me vas a dar la razón —replicó él, sin dejar su tono serio.
—Y ese día te invitaré otro helado —respondió ella, dándole una cucharada al suyo—. Hasta entonces, relájate. Estoy bien.
Samuel guardó silencio, sacó su teléfono y empezó a revisarlo, mientras en su mirada aún quedaba un rastro de vigilancia que no pensaba bajar. No mientras existieran tipos como Deimos rondando a su hermana.
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Tu mayor admiradora
Novela JuvenilEn los últimos días de preparatoria, Cloe buscaba una sombra del pasado... a su salvadora. Desde aquella tarde, su mundo se había vuelto oscuridad; ya no podía ver, solo imaginar los destellos de quien una vez la sostuvo entre el caos. Sabía de ella...
