Capítulo 11

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Antes de que pudiera soltar la última palabra de burla, Samuel giró el volante y estacionó el MG GT en la cochera con un suspiro. El motor se apagó, pero entre ellos aún zumbaba la electricidad sutil de la conversación.

Ninguno dijo nada mientras bajaban del auto. La tarde ya se había teñido con tonos anaranjados que caían sobre la entrada de la casa como una cortina de terciopelo suave. Selene caminó al lado de su hermano, en silencio, aunque con esa ligera curvatura en los labios que no era sonrisa, pero tampoco indiferencia.

La puerta principal se abrió con un clic y un leve rechinido familiar. Entraron. No había música ni voces, solo el olor a café recién hecho que aún flotaba en el aire. El ambiente estaba tibio y en calma... demasiado, para el gusto de Samuel.

—Voy a cambiarme —murmuró él, subiendo las escaleras sin siquiera quitarse los tenis.

—Yo también —respondió Selene, y su voz quedó suspendida por un momento en la casa como una nota baja de piano antes de desvanecerse.

Cada uno tomó su camino sin mirarse.

Selene entró a su habitación, cerrando la puerta con cuidado. Dejó la mochila sobre la silla junto a su escritorio y se quedó unos segundos observándola, como si esa carga escolar también pesara sobre su mente. Luego caminó hacia su clóset, abriendo las puertas con precisión, casi como un ritual.

 Aunque nadie lo supiera, ella funcionaba mejor cuando todo en su rutina tenía un orden... hasta su caos.

Mientras tanto, desde su cuarto, Samuel encendía la música, tiraba su mochila en la cama y mascullaba por lo bajo algo sobre Charles, los entrenamientos y lo molesto que era todo a veces.

Y aunque sus puertas estaban cerradas, ambos sabían que el otro estaba allí.

En la misma casa. En su mundo paralelo compartido.

Mientras Samuel encendía la música en su habitación, lanzaba su mochila a la cama y mascullaba frustrado por el cambio de planes en el entrenamiento, en el cuarto de al lado Selene deslizaba los dedos por su clóset con una calma casi meticulosa

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Mientras Samuel encendía la música en su habitación, lanzaba su mochila a la cama y mascullaba frustrado por el cambio de planes en el entrenamiento, en el cuarto de al lado Selene deslizaba los dedos por su clóset con una calma casi meticulosa. Sacó su conjunto preferido: unos shorts cómodos color verde hoja y una playera amplia a juego, suave como la brisa de una mañana sin responsabilidades. Los dejó doblados a un lado de su cama, junto a sus tenis blancos recién lavados.

Después caminó hacia su baño, abriendo la puerta como si cruzara a otro mundo. Cerró con seguro. La rutina comenzaba.

Giró la llave de la tina y el agua comenzó a caer con un sonido sereno, llenándola poco a poco mientras vapor suave se elevaba, impregnando el aire con una humedad reconfortante. Se quitó el saco y la corbata con movimientos pausados, colgándolos con cuidado. Luego la blusa, la falda, las medias. Uno a uno, cada pedazo del día caía al suelo como hojas secas desprendiéndose del cuerpo.

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