Capítulo 7

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Selene despertó temprano, aún con el eco de la noche anterior resonando en su mente. No podía evitar repasar cada palabra, cada gesto... pero sabía que pensar demasiado no le haría bien. Así que se obligó a moverse.

Entró al baño y se dio una ducha rápida, dejando que el agua tibia la despejara un poco. Al salir, envuelta en la toalla, caminó directo a su armario. Abrió las puertas con un suspiro y revisó su uniforme con cuidado: la blusa blanca, la falda oscura, todo en orden. No tenía tiempo para crisis internas.

Se puso la ropa interior, luego aplicó crema en brazos y piernas, esperando unos segundos para que la piel absorbiera bien antes de ponerse el bloqueador solar. Una rutina pulida con precisión, una forma de recuperar algo de control.

Después se colocó la blusa blanca y una licra negra bajo la falda, como siempre hacía. Salió del armario con pasos silenciosos y tomó sus calcetas, los zapatos, la corbata y el saco. Se sentó frente al escritorio para ponerse talco en los pies antes de colocarse los zapatos.

Con todo listo, se colgó la mochila del hombro, tomó su saco y la corbata, y salió de su cuarto. Escuchó ruido proveniente del cuarto de su hermano, pero no quiso interrumpir. Bajó las escaleras directo a la cocina.

Abrió el refrigerador y sacó un par de huevos y tiras de tocino. Mientras encendía la estufa, oyó pasos bajando por las escaleras.

—Sabía que eras tú —dijo Samuel desde el pasillo, su voz algo ronca por el sueño.

—¿Vas a desayunar aquí o prefieres en la escuela? —preguntó ella, sin girarse.

—Si mi preciosa hermana me cocina, ni lo dudo.

Selene apenas sonrió mientras batía los huevos.

—Entonces pásame dos más, por favor.

Samuel obedeció en silencio. Abrió el refrigerador, tomó los huevos y se los extendió con una ceja levantada.

—Tus deseos son órdenes.

—Gracias —respondió mientras los agregaba a la sartén. Pronto, el aroma a tocino llenó la cocina.

Cuando todo estuvo listo, sirvió dos platos. Le extendió uno a su hermano con gesto serio.

—Toma, siéntate ya.

—Gracias, mi hermosa chef favorita —dijo Samuel mientras se acomodaba frente a la barra.

Ambos desayunaron sin necesidad de muchas palabras. No era silencio incómodo; era de esos silencios suaves, donde la presencia del otro bastaba.

Al terminar, subieron juntos a cepillarse los dientes. Selene se arregló con rapidez: unas gotas de perfume en las muñecas y en el cuello, un poco de rímel, bálsamo en los labios, y el saco puesto con cuidado para no arrugarlo. Una última mirada al espejo, solo para asegurarse de que no se le notaba el cansancio de los días previos.

Cuando bajó las escaleras, Samuel ya la esperaba en la sala, con la mochila colgada y los audífonos alrededor del cuello.

—¿Lista? —preguntó él, echándole un vistazo.

—Más que nunca —dijo Selene, respirando hondo.

Y sin más, salieron juntos rumbo a la escuela. Aunque no todo estaba en calma, al menos sabían que se tenían el uno al otro.

Sin despedirse de sus padres, Selene y Samuel se subieron al MG GT rojo. Samuel se acomodó al volante, el motor rugió suavemente, y sin decir palabra, emprendieron el camino a la escuela. El trayecto duró unos cuarenta minutos, pero el silencio entre ellos fue más denso que el tráfico matutino. Selene miraba por la ventana, abrazando sus pensamientos, mientras Samuel mantenía la vista fija en la carretera, con el ceño apenas fruncido.

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