Capítulo 13

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Cloe y Otis caminaron por el pasillo mientras el murmullo de los estudiantes se deshacía en una cacofonía de voces, charolas y pasos rápidos. Cloe tenía el estómago encogido, como si llevara una piedra en lugar de desayuno. El plan parecía sólido... hasta que vio la mesa.

Allí estaba Samuel, apoyado en su mano con aire despreocupado y sonrisa ligera, hablando con Víctor, que como siempre, tenía la mirada afilada y el humor colgando de un hilo.

—Mira, ahí está tu dios griego comiendo como mortal —murmuró Otis con un guiño.

—No es un dios griego... —musitó Cloe, aunque sus mejillas ya empezaban a arder.

—Vamos, no te me eches para atrás —dijo Otis tomándola de la mano—. Ya estamos aquí. Si nos devuelven con rechazos, al menos nos vamos con estilo.

Se acercaron a la mesa. Samuel levantó la vista y les dedicó una sonrisa tranquila. Víctor, en cambio, entrecerró los ojos como si acabara de ver una mosca en su postre.

—Hola, Samuel... y tú te llamabas Víctor, ¿cierto? Si no me falla la memoria —dijo Otis con amabilidad forzada.

—No te falla la memoria... pero sí el sentido común. Acá estábamos comiendo tranquilos, sin interrupciones teatrales —respondió Víctor, con un tono que podía cortar acero.

—¿Qué? —Otis fingió indignación, aunque el veneno le resbalaba—. Solo veníamos a saludar.

—Claro, porque saludar incluye invadir espacios ajenos —replicó Víctor sin apartar la mirada.

Cloe tragó saliva.

—Samuel... ¿puedo hablar contigo en privado, por favor?

Samuel alzó una ceja, curioso.

—Claro, linda —dijo mientras se levantaba—. Víctor, relájate.

—No prometo nada —murmuró Víctor antes de clavar la mirada en Otis.

—Horita vengo, Otis —dijo Cloe, con una sonrisa nerviosa.

—Suerte... o lo que sea que necesites —le susurró Otis, y luego se giró hacia Víctor.

El ambiente entre ellos era pura electricidad.

—¿Y tú? ¿A dónde crees que vas con esa actitud? —preguntó Otis, cruzándose de brazos.

—Lejos de tu presencia, si el universo es amable —respondió Víctor, con una sonrisa torcida y los ojos cargados de desprecio.

—Te falta amabilidad, ¿lo sabías?

—Y a ti educación, modales, y posiblemente buen gusto —soltó Víctor con veneno suave—. Pero supongo que todos venimos rotos de fábrica.

—Qué poético... me sorprendes.

—Es fácil, con audiencias tan básicas.

Víctor se puso de pie con la calma de un cazador antes del zarpazo y salió de la cafetería con paso firme, dejándolos envueltos en una tensión que aún ardía en el aire.

Otis lo siguió con la mirada, frunciendo el ceño.

—Ese chico necesita un abrazo... o una patada. No sé cuál primero.

Mientras tanto, Samuel y Cloe se alejaban hacia un pasillo menos concurrido. Ella caminaba en silencio, mordiéndose el labio. Él solo la miraba de reojo, esperando el golpe.

—¿Entonces? —dijo Samuel finalmente, con tono tranquilo—. ¿Qué era tan urgente, princesa?

Cloe tragó saliva. El momento había llegado... y no tenía idea de cómo decirlo sin parecer una completa lunática.

Tu mayor admiradoraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora