Samuel subió al auto con expresión seria, y como era de esperarse, Víctor se acomodó en el asiento del copiloto sin permiso, como si fuera dueño del vehículo y del destino.
—Oye, ¿por qué estamos yendo al hospital? ¿No íbamos a tu casa? —preguntó Víctor, frunciendo el ceño.
—Querías venir a ver a mi hermana, ¿no? Pues te aguantas y vienes a donde yo vaya —respondió Samuel sin mirarlo siquiera, concentrado en el camino.
—¡Pero yo estoy sano! No me lleves a un hospital, por favor. Te juro por mi suegra que es madre de tu hermana que me tomé mis vitaminas esta mañana —soltó con teatralidad, agarrándose el pecho.
—Entonces bájate. Porque yo me voy a quedar un buen rato allí.
—¡Eres un cruel! ¿Y así me dices amigo? Pero bueno... ya sabes que soy necio. No me retracto tan fácil, así que... te acompaño. Ni modo.
—Tú sabrás —dijo Samuel, encogiéndose de hombros.
Al llegar al hospital, Samuel estacionó el auto y bajó con los deberes escolares de Selene en la mano. Víctor lo siguió de cerca, claramente incómodo, mirando de reojo cada enfermero que pasaba como si fueran fantasmas de otro mundo.
—Odio estos lugares —murmuró.
—Y sin embargo, aquí estás —le respondió Samuel con tono neutral.
Ambos caminaron por los pasillos silenciosos y se dirigieron al elevador. Justo cuando las puertas estaban por cerrarse, una figura vestida de bata blanca se asomó.
—Oh, tú debes ser el hermano de la señorita Selene, ¿cierto? —preguntó el doctor.
—Correcto. ¿Ocurre algo? —Samuel se tensó apenas.
—Nada grave, tranquilo. Solo me gustaría dejarla en observación un día más, solo para asegurarme de que no haya complicaciones.
—Eso tendrían que aprobarlo mis padres. ¿Ya los contactó?
—Estaba por hacerlo. Por ahora, si deseas verla, está en su habitación.
—Gracias, doctor. Con permiso.
Ambos subieron al elevador. El silencio era espeso. Al llegar al piso correspondiente, caminaron por el pasillo hasta la habitación marcada con el número 214. Samuel tocó suavemente la puerta.
—Adelante —respondió una voz femenina desde dentro.
Entraron. Selene estaba sentada en la cama, la vista perdida en la ventana, la luz del atardecer pintándole el rostro con un tono dorado. Al notar presencia cerca, giró el rostro y esbozó una media sonrisa al ver a su hermano.
—¿Y esa sonrisa tuya, a qué se debe? —preguntó, alzando una ceja.
—¿Acaso no puedo sonreír? —respondió Samuel, con una expresión inocente fingida.
—Claro que puedes, pero esa sonrisa tuya me dice que tramas algo.
—Qué poco me valoras. Y eso que vine cargado de tareas. Mira nomás todo esto —dijo, levantando los papeles como trofeo—. Directo desde el infierno académico.
—Gracias. Déjalas en la mesa, por favor —respondió ella con tono suave, pero cansado.
En ese momento, se oyó un carraspeo a su izquierda. Ambos giraron la cabeza.
—¿Y yo qué? ¿Un mueble con piernas? —dijo Víctor, cruzado de brazos—. ¡Hola, Selene! ¿O ya te olvidaste de mí?
Selene lo miró y soltó una risa breve, sincera.
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Tu mayor admiradora
Teen FictionEn los últimos días de preparatoria, Cloe buscaba una sombra del pasado... a su salvadora. Desde aquella tarde, su mundo se había vuelto oscuridad; ya no podía ver, solo imaginar los destellos de quien una vez la sostuvo entre el caos. Sabía de ella...
