Capítulo 6

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Todos se preguntarán ¿Qué le habrá pasado al padre de Selene?

Irene lo miró, con esa mezcla de nostalgia y ternura que solo las esposas que han visto caer y levantarse a un hombre pueden comprender. No dijo nada, pero sus ojos decían todo.

Emanuel se reclinó ligeramente hacia sus hijos. Su voz cambió. Ya no era la del padre exigente, sino la del hombre que había sido niño una vez y que aún arrastraba heridas antiguas.

—Verán... mi padre era un hombre duro. De esos que creen que si un hijo quiere ser fuerte, tiene que tragarse el dolor. Nunca me felicitaba. Decía que si alguna vez lo hacía, sería porque hice algo mal y estaba corrigiéndome. Así crecí... pensando que el amor se demostraba con disciplina, no con abrazos.

Guardó silencio unos segundos, tragando un recuerdo amargo.

—Cuando tu madre me dijo que estaba embarazada por primera vez... me sentí feliz, sí. Pero también tuve miedo. Un miedo brutal. No de ser papá... sino de convertirme en el mismo padre que me crió.

Miró a Selene, con una dulzura que pocas veces dejaba ver.

—Cuando naciste, Selene, lloré. Lloré de verdad. Prometí que iba a ser diferente. Te compré todo lo que pude, te llené de regalos, de libros, de clases... creí que si te daba todas las herramientas, serías invencible. Pero no entendí que también necesitabas que estuviera ahí. No solo como proveedor, sino como un padre presente.

Selene lo escuchaba con el corazón latiendo en la garganta. Samuel apenas podía sostenerle la mirada.

—Luego llegó Samuel —continuó Emanuel, con una sonrisa breve—. Y fue otra luz. Ustedes eran inseparables. Pero con el tiempo... empecé a exigirme tanto ser un buen padre, que terminé exigiéndoles lo mismo a ustedes. Te llené de cursos, Selene. De expectativas. Tú nunca dijiste que no, siempre seguiste adelante, y yo pensé que todo iba bien... pero te estaba agotando.

—Yo solo quería que te sintieras orgulloso de mí —dijo ella, con un hilo de voz.

Emanuel bajó la mirada, dolido por la verdad.

—Siempre lo estuve. Solo que no supe cómo decirlo. Creí que exigir era una forma de amar. Pero me equivoqué. Y tú, Samuel —lo miró—, tú también lo sufriste. Siempre con tu carácter fuerte, con esa rebeldía que no entendía, pero que ahora respeto. Amabas el básquetbol, y yo lo veía como una distracción. No vi que era tu manera de sostenerte.

—A veces parecía que nunca era suficiente —dijo Samuel, sin dureza, pero con sinceridad—. Pero te estoy escuchando, viejo.

Emanuel se frotó el rostro, dejando escapar el peso de los años.

—No quiero justificarme. Solo quiero que sepan que lo siento. Por exigirles tanto, por no estar del todo, por repetir patrones que juré no repetir. Y sobre todo... por no haberlos abrazado más. Porque los amo. Más de lo que alguna vez fui capaz de decir.

Irene le tomó la mano en silencio, como si pudiera calmar la tormenta solo con el tacto. Selene bajó la cabeza. Samuel, rígido como una estatua, mantenía el ceño fruncido, pero no dijo nada.

—No quiero abrazos —murmuró Emanuel—. Ni palabras bonitas. No vine a pedir perdón... solo a contarles la verdad. Lo debía desde hace años.

—Lo lamento tanto... —dijo Selene en voz baja. Trató de sonreírle, pero solo logró una mueca triste que se quebró al nacer.

Irene se removió incómoda. El silencio era un cristal a punto de romperse.

—¿No van a decir nada más? —preguntó ella, intentando mantener la calma.

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