La mañana se filtraba tenue por las cortinas del dormitorio cuando Emanuel abrió los ojos. El lado de la cama donde dormía Irene estaba frío, vacío. Se incorporó lentamente, frotándose los ojos con las palmas, y por un momento pensó que tal vez ella estaba en el baño... o quizá en la cocina, como solía hacer cuando no podía dormir.
No la buscó. Sabía que si ella quería hablar, estaría allí, esperándolo. Así que simplemente se metió a la regadera. El agua tibia no logró borrar del todo la sensación de incomodidad en su pecho. La cena del día anterior seguía palpitando en su memoria como una herida reciente.
Diez minutos después, ya vestido y con el saco al brazo, salió del cuarto. Por costumbre, revisó las habitaciones de Selene y Samuel. Ambas estaban vacías. Ordenadas. Silenciosas. Cerró sus puertas con cuidado, como quien cierra un capítulo que aún duele.
Los pasos lo llevaron a la cocina. El suave sonido de platos y cubiertos lo guió hasta ella. Y ahí estaba: Irene, de espaldas, moviéndose con calma mientras acomodaba el desayuno en la encimera. La luz matutina le daba un brillo dorado al cabello. Emanuel se detuvo un segundo solo para mirarla. Su refugio. Su culpa. Su fe.
—Déjame ayudarte —dijo, rompiendo el silencio con voz baja, alargada por el cansancio.
Se acercó y le quitó los platos con suavidad, como si fueran frágiles, no de cerámica, sino de lo que era: gestos pequeños que construyen un puente roto.
—¿En la barra o en la mesa? —preguntó.
—Amor, sabes que no me gusta comer en la barra —respondió Irene con una leve sonrisa, esa que parecía colgar de hilos finos que él no quería romper.
—Antes no decías eso... —susurró mientras le besaba la frente.
—Antes, sí. Ahora, la mesa me parece más apropiada —respondió con tono neutro, sentándose en una silla cercana a la cabecera.
Emanuel colocó los platos sobre la mesa y se sentó a su lado. El aroma del café recién hecho llenaba la estancia, pero no lograba disipar la tensión ligera que colgaba entre ambos como un hilo invisible.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Irene, tomando su taza con ambas manos.
Él parpadeó, sorprendido.
—Pensé que no me ibas a preguntar nada —confesó, con una sonrisa tímida, algo triste.
—Quería... darte tu espacio. Pero también saber si estás bien —respondió ella, empezando a comer sin apuro.
—No lo sé —dijo él, mirando el plato más que comiendo—. Me siento... como si hubiera salido de una tormenta, pero sin saber si aún estoy bajo la lluvia.
Hubo un silencio breve. Irene dejó el tenedor, tomó su mano y la apretó.
—¿Crees que quieran venir a cenar esta noche? ¿O siquiera... volver a hablarme? —preguntó Emanuel, su voz teñida de inseguridad.
—Sí —afirmó ella con firmeza, apretándole la mano un poco más—. Pero no cuando tú lo decidas. Cuando ellos estén listos. Solo... no dejes de intentarlo, Emanuel. No vuelvas a desaparecer.
Él asintió, bajando la mirada.
—Los extraño —murmuró—. Y sé que lo tengo que merecer. Pero solo quiero... quiero volver a verlos sonreír sin que me eviten la mirada. Quiero que si alguien los hiere, vengan a contármelo. Que si se enamoran... aunque esa parte me duela —sonrió, casi avergonzado—... que vengan y me lo digan.
—Ellos van a volver a ti. Pero tienes que estar dispuesto a ganártelos sin exigencias —dijo Irene suavemente.
—Lo intentaré. No sé cómo, pero lo haré. Si es con silencios, con esperas, con lo que sea. Hasta si tengo que tragarme el orgullo cada día. Lo haré.
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Tu mayor admiradora
Novela JuvenilEn los últimos días de preparatoria, Cloe buscaba una sombra del pasado... a su salvadora. Desde aquella tarde, su mundo se había vuelto oscuridad; ya no podía ver, solo imaginar los destellos de quien una vez la sostuvo entre el caos. Sabía de ella...
