VII. Maradona se entera

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"MARADONA SE ENTERA"



 Mascherano lo llamó para hablar a solas, justo detrás del gimnasio, bajo un árbol tupido que apenas dejaba traspasar la luz en finos rayos anaranjados.

—¿De qué quería' hablar? —le preguntó entonces.

Javi lo inspeccionó antes de hablar, como si tuviera que pensárselo antes de revelarle un secreto. Después preguntó, con una voz ondulada en la duda, como si ni él mismo pudiera creer lo que decía:

—¿Vos...? ¿Vos sos omega, Leo?

Su rostro perdió el color en un chasquido de dedos.

—¿Por qué preguntás eso? —Trató de sonar extrañado, pero sonó al susurro de una presa acorralada.

Mascherano se llevó la mano al bolsillo y sacó una tableta de pastillas, tendiéndosela en la mano.

—Por esto —dijo—. Tu locker estaba mal cerrado y se cayeron al piso.

Su corazón tuvo un espasmo doloroso. Le empezó a latir de forma dolorosa, mientras su respiración levantaba su pecho suave pero visiblemente. Le estaba faltando el aire.

La voz de Javi interrumpió su ataque de pánico:

—¿De verdad sos omega, boludo...?

No contestó. Se quedó viendo las pastillas en su mano.

—¡Leo!

—No le digas a nadie —murmuró antes de darse la vuelta.

Mascherano lo tomó por la muñeca.

—¡Pará, pará, pará! ¿Quién más sabe de esto?

Una voz grave, áspera, los paralizó:

—¡Eh!

Mascherano lo soltó con una mueca extraña, clavando los ojos en su mano, terriblemente temblorosa. Ambos miraron en dirección de la voz, y vieron a Maradona acercándose. Se plantó frente a ellos y les dirigió alternativamente una severa mirada.

—¿Qué pasa acá? —Sus ojos se posaron en la tableta que aún sostenía Leo—. ¿Qué mierda es eso?

Ni uno ni otro dijo nada. El gesto del DT se engraveció y se dirigió a Leo:

—Dámelo —ordenó.

Al joven crack le temblaron los labios.

—No... no e' lo que parece... —tartamudeó.

—¡Te digo que me lo des!

Y Lionel le entregó las pastillas con una mano que se agitaba visiblemente. Diego tomó la tableta. La leyó y levantó la vista hacia él, estupefacto.

—¿Qué hacés vos con esto? ¿De dónde lo sacaste?

No hubo respuesta. Leo tenía la palidez de un muerto, los ojos brillando de terror.

—¡Decime, Leo! ¿Es...?

Se interrumpió a sí mismo como si lo hubieran electrocutado.

—¿...Son tuyos?

Entonces el chico, que estaba temblando de pies a cabeza, posó los ojos en el suelo y asintió. Se hizo un silencio terrible, mientras la sorpresa en el rostro de Diego Maradona iba desdibujándose paulatinamente, transformándose en algo parecido a la ira.

𝐀𝐂𝐄𝐏𝐓𝐀 𝐋𝐎 𝐐𝐔𝐄 𝐒𝐎𝐒Donde viven las historias. Descúbrelo ahora