Especial Halloween: Segunda parte

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 El Roble encantado alzaba sus ramas semidesnudas para despedirse del sol un día más en esta larga historia. La cara tallada sobre su ancestral tronco se desperezaba para no perderse la fiesta de aquella noche, porque Halloween es uno de esos espectáculos que nadie quiere perderse. El cuervo graznó y batió sus alas con fuerza, rompiendo el tenso silencio. Amara acarició la rugosa corteza. No podía dejar de pensar que ese árbol desprendía una energía demasiado extraña, además había algo diferente que la inquietaba. El aire sopló con fuerza, arrastrando hojas secas que revolotearon alrededor de ella.  Más aves negras se unieron al cántico espeluznante del ave del pico negro. La carne se le estaba poniendo de gallina y se estaba comenzando a impacientar. No quería ni pensar en el hecho de que el diablo se hubiese rajado al final. El plantón no era una opción y se había estado preguntando cómo sería su reencuentro después de lo que había pasado el día anterior. Sacó su polvera y aprovechó para retocarse el maquillaje de su disfraz. El aire cortado le daba en los ojos produciéndola pequeñas lágrimas que se helaban y corrían la negra pintura. A veces se lamentaba de tener tan poco control de su cuerpo material. Roció con su aliento sus manos, pero el frío aumentaba, el cielo se teñía de gris oscuro y Caín no aparecía. Las ramas arañaban la atmósfera y crujían de forma estrepitosa. Una zarpa con garras afiladas como cuchillos se posaron su hombro, pero no se percató de ello hasta que fue demasiado tarde. Se abalanzaron contra ella y obligaron a besar unos labios que aprisionaban los de ella. La mentolada fragancia que la embriagó la hizo cerrar los ojos y dejarse llevar. Cuando terminaron y los volvió a abrir se topó con dos ojos felinos y unos bigotes pintados con lápiz negro. Amara no pudo reprimir la risa.

 —Así que el lindo gatito quiere jugar con su ovillo.

 —Muy graciosa, reina del Infierno.

 Amara repasó el atuendo de Caín: unas triangulares y enormes orejas peludas de color marrón con manchas negras sobresalían de su oscura cabellera.

 —Te falta el cascabel —proclamó.

 Resignado, sacó una cinta roja con un enorme cascabel incrustado y Amara se lo colocó alrededor del cuello.

 —Ahora sí que estás monísimo.

 —Tú tampoco estás nada mal.

  Caín tampoco dejó pasar ningún detalle del atuendo infernal de ella: Una diadema con pequeños cuernos rojos reposaba sobre una peluca morena, un ajustado corsé negro elevaba su busto desafiando a la gravedad y una falda de volantes rojos y negros revoloteaba traviesa con el viento. Unas medias de encaje negras cubrían sus piernas hasta por encima de la rodilla y una liga roja sugería pensamientos impuros. Un pie iba enfundado en una alta bota de cuero negro, mientras que el otro llevaba una sandalia de negras tiras y fino tacón. Sus ojos azules resaltaban más que nunca sobre su pálida piel enmarcados con la sombra negra y los labios de prostituta brillaban como una mancha de sangre en el pecho de una oveja herida. Una pesada cadena cubría su estilizado cuello y las uñas las había limado y pintado también de rojo sangre, con una letra negra en cada una, que si juntabas las diez podía leerse la frase “FUCK IN HELL”.

 Amara se ruborizó al sentirse observada con la misma intensidad con que la había mirado en la habitación de Raphael.

 —Intenté hacerme también una cola, así los dos podríamos pasear con ellas entrelazadas en forma de corazón, pero no me quedó bien —dijo el ángel sin apartar los ojos de la cola de Caín que se movía igual que la de un felino. La había cubierto con el mismo pelaje que el de sus orejas.

 —Los de la Inquisición son unos cachondos, qué imaginación tienen.

 —Yo he puesto parte de la mía.

Dolce InfernoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora