Izan
La simple imagen del instituto al que me acerco me da ganas de salir corriendo en dirección contraria e ir a cualquier otro lado que no sea allí dentro.
El estacionamiento de este lugar está lleno de autos que me hacen extrañar el mío, pero aún faltan unos días para que terminen con el mantenimiento. Si no fuera porque el trabajo es bueno, la demora del taller sería un problema.
«Adaptarme». Se me hace irónico pensar en eso cuando ya estoy considerando salir corriendo en dirección contraria, pero suspiro y continúo caminando, resignado.
No me pasan desapercibidas las miradas curiosas que atraigo conforme paso junto a los estudiantes de este lugar. El interior está inundado de más de ellos y los casilleros son grises, lo que hace que parezcan viejos.
Vago por el pasillo, avanzando en línea recta sin saber a dónde ir. Los murmullos de los estudiantes a mi alrededor me molestan, todos son sobre si soy nuevo o de dónde coño salí. Sigo caminando hasta llegar a una puerta doble, que abro y maldigo para mi mismo, porque esta debe ser la cafetería.
De inmediato varias de las miradas de algunos presentes van a parar sobre mi cuerpo, para variar. Sin más remedio y para no quedarme parado en medio de la puerta, voy hacia donde se supone que deben servir las bandejas.
Del otro lado de la división hay una mujer de cara redonda, rizos grises que llegan a su mandíbula, trae puesto un delantal y conversa con una mujer que solo me deja ver su cuerpo de espaldas.
—¿Se le ofrece algo, joven? —la de cara redonda me mira—. Sabe que no comenzamos hasta que todo de inicio.
Iba a contestar que no sabía nada sobre cómo operan aquí, pero la otra mujer se gira y me ve de arriba a abajo. Una arruga se forma entre sus cejas cuando parece no encontrarme en su memoria.
—Soy nuevo —hablo por fin y la mujer, que no debe pasar los cuarenta años, me da una sonrisa amable que la hace ver más relajada.
—Entiendo —dice con cordialidad y pone sus manos juntas frente a su cuerpo, en su estómago—. ¿Cuál es tu nombre?
—Izan Müller.
—¿Eres el hijo de Martín Müller? —pregunta la de rizos grises. Asiento, viendo como sus ojos ahora brillan con reconocimiento
La cara de mi padre no es desconocida para el mundo y yo tampoco, teniendo en cuenta que he salido en algunas entrevistas que le han hecho.
—Entiendo —habla la otra mujer otra vez—. Sígueme, Izan, te facilitaré tu horario y te explicaré cómo trabajamos en Nova.
«Nova». Que nombre tan básico para una institución, pero quién soy yo para hablar de eso cuando las empresas de mi padre llevan por nombre nuestro apellido.
La sigo cuando pasa por mi lado; va saludando a los estudiantes que le hablaban y aprovecho para mirar de reojo a algunos. En una mesa en la que hay solo chicos, todos me miran con el ceño fruncido antes de compartir una mirada entre ellos.
Cuando llegamos a la salida de la cafetería, acomodo mi mochila en mi hombro cuando se me resbala y sigo avanzando, viendo a todos lados. Cada vistazo al pasillo me convence más de lo deprimente que es este sitio y que todo este lugar parece salido de mi peor pesadilla, aunque mi anterior instituto tampoco era muy diferente.
Cierro los ojos un segundo y suelto un suspiro. Solo tengo que aguantar aquí unos meses para graduarme. «Y espero que el tiempo pase rápido»
Abro los ojos del tirón al sentir un golpe contra mi pecho y escucho un siseo de dolor proveniente de la otra persona. Doy un paso hacia atrás por el impacto, aprovecho para ver con quien me choqué y me encuentro con que es una chica que, cuando me mira, tardo detallando cada facción de su rostro.
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Espejos grises
RomanceLos institutos siempre han sido uno de los lugares más clichés que puede haber para los libros, eso Sofía lo sabe bien. Pero eso no quita que ella fuera distraída en el pasillo y se chocara con alguien. Él iba rogando que los meses de instituto pasa...
