Capítulo 11

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Sofía


Las calles de la ciudad se encontraban llenas de gente, algo de esperar un sábado a las diez mañana. Ví a personas ir de aquí para allá, varias de la mano de parejas, otras con bolsas en sus manos. Lucia iba con su brazo enrollado al mío, mirando a los lados de la calle por donde no pasan autos y que a los lados está repleta de tiendas para escoger.

Las paredes de la primera tienda a la que entramos estaban pintadas de un color lima que combinaba con el dorado opaco de los exhibidores y de los estantes. Los vestidos eran preciosos, sin duda; habían de todos los colores y tonalidades, con todo tipo de encajes, aberturas y escotes, pero nada que me llamase en serio la atención como para arriesgarme a llevarlo.

Ese día recorrimos cuatro tiendas más, incluyendo una de lencería de la cual no me llevé nada, pero Lucia salió de allí con un juego de bragas nuevas.

Me reí, pero le creí cuando dijo que solo las compró porque se veían cómodas, pues el que su vida sexual deje de ser igual de activa que la de una medusa es demasiado importante como para que no me tenga al tanto de cuando eso cambie.

Por fin, en la última tienda en la que habíamos planeado buscar, habían un montón de vestidos hermosos, pero un vestido en específico llamó mi atención, así que me lo llevé, y Lucia también terminó por llevarse uno para ella bajo la excusa de que no iba a ir en harapos.

Ese día se tradujo en estar con ella como hacía tiempo no lo estaba. No recordaba lo agradable que era, aunque debo admitir que estuve pendiente del móvil, esperando una llamada o un mensaje que nunca llegaron, así que terminé llamando yo, pero Leo nunca contestó.

Lucia se percató y me preguntó un par de veces que qué ocurría, pero evité responderle. Leo siempre dice que nuestros problemas deben quedarnos y resolverse entre nosotros, sin involucrar a terceros, y en parte estoy de acuerdo con él.

Fue en la noche cuando respondió los mensajes que le había enviado esa mañana, y se excusó de que no podía ir a mi casa el domingo porque quería entrenar, y no tuve más que comprenderlo.

Entre recuerdo y recuerdo de mi fin de semana, el sonido del timbre anunciando el descanso retumba en mis oídos. Salgo del salón de Arte y voy hacia las escaleras para ir hacia la cafetería, y dos dedos se entierran justo debajo de mis costillas, uno por cada lado de mi cuerpo. Las cosquillas me recorren, volteo y me encuentro a Lucia.

—Me asustaste —la acuso, pero me ignora y se posiciona junto a mi.

—No voy a poder volver a ver una rana sin evitar recordar sus órganos desparramados en la mesa —simula una arcada y un escalofrío le sacude el cuerpo—. Siento los dedos llenos de baba, y eso que tenía guantes.

—Así que acabas de salir de Biología  —asiento y, por muy asquerosa que sea la situación, su manera de contarla me saca una risa mientras bajamos por las escaleras.

—Y mi compañero tenía la sangre helada —asiente y me distraigo en sus quejas mientras caminamos—. No dudó en rajarle el estómago al animal con el maldito bisturí.

Siento unos movimientos en el salón frente al que estamos pasando y por curiosidad, paro de caminar y Lucia posa su mirada allí dentro, deteniéndose a mi lado. Compartimos una mirada y, sin decir nada, nos acercamos un poco.

Veo a tres chicas dentro y entre ellas, logro reconocer las puntas color azul de… ¿Jimena era que se llamaba?. Ella está en medio de las otras dos, todas de espaldas a la puerta y después de los pies de ellas, alcanzo a ver otro par de zapatos.

—Dime que no está pasando lo que creo que está pasando —me susurra Lucia.

—Déjenme en paz —dice una voz de manera temblorosa cuando quiero contestarle. Una voz que al reconocer, me hace apretar los puños.

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