Capítulo 3

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Sofía


Estando en el pasillo, antes de llegar a los vestidores para cambiarme e ir con el equipo de atletismo, pego un respingo cuando una mano se ciñe a mi cintura. Preparo la palma de mi mano en caso de que tenga que abofetear a alguien y cuando me doy la vuelta, veo a Leo.

—Me asustaste —guardo con disimulo mi mano detrás de mi espalda.

—¿Quién creías que era, princesa? —me pregunta con una sonrisa. «Y allí está ese apodo de nuevo».

—Nadie, solo me asusté —niego e instauro una sonrisa—. ¿Ocurre algo?

—Hoy los del equipo y el entrenador hablamos con el nuevo y decidimos hacerle la prueba para ver si es un buen armador y él accedió —me cuenta—. No es la gran cosa, pero quería saber si te apetecía venir.

—¿Lucia irá? —digo y Leo hace un gesto que me da a entender que no le emociona mucho la idea—. Alejandro es su hermano y él también es parte del equipo.

Eso nunca falla, y logro mi cometido cuando lo veo suspirar y asentir con resignación.

—Prometo tratar de hacer que se controle un poco —digo, aunque la verdad es que no pienso hacer eso.

Ser mediadora nunca ha sido lo mío, al menos, no entre ellos que nunca se han llevado bien. Leo cada que puede me recuerda que no le gusta que me junte con ella porque puede llegar a ser «mala influencia», cosa que sé que es solo una excusa para no decir que no la tolera.

No veo mal que se preocupe por mí, pero sé que Lucia nunca me haría daño. Me abofetearía si hago una estupidez, sí, pero nada más.

—Mejor no te quito más tiempo, princesa, no quiero que llegues tarde por mi culpa —se acerca y me deja un corto pico en los labios, se da la vuelta y me deja sola en el pasillo.

También doy media vuelta y entro a los vestidores. Me cambio y voy con mi botella de agua en mano hacia la pequeña pista que usamos para entrenar, cuyo terreno casi compartimos con la cancha de fútbol.

—Mira quién llegó —saluda la irritante voz que conozco bien.

—Samantha.

—Dime una cosa —se acerca contoneando las caderas—. ¿Cómo está Leo?

—Eso puedes preguntárselo tú misma —Aprieto los puños a mis costados y zanjo la conversación.

Cuando está por volver a hablar, es cuando el silbato del entrenador nos hace posar la vista al frente.

—Buenos días, estudiantes, espero que hayan disfrutado sus vacaciones… —dice, comenzando el típico saludo ensayado y mecánico que han hecho todos los profesores. «Parecen unas malditas fotocopias».

Vuelvo a prestar atención solo cuando dice algo importante.

—Como muchos de ustedes saben pero quizás otros aún no, casi a finales del curso se realizará la carrera de los tres mil metros en la cual solo uno de ustedes podrá ir a participar para representar al Nova entre todos los otros institutos.

Eso provoca que una ola de murmullos se levante, pero no me sorprende. Desde hace tiempo soy consciente de esa carrera y llevo tiempo saliendo a correr al parque para prepararme, porque tengo planeado participar en ella.

—Irán a representarnos tanto en la carrera masculina como femenina los estudiantes que mejor rendimiento presenten sumado a los puntos de las pruebas que realizaremos a lo largo del curso, que serán mayormente para comprobar su resistencia y velocidad en carreras de larga distancia para prepararlos a todos. ¿Quedó claro?.

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